Este viernes daba comienzo un histórico congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), el octavo. Histórico en su significado simbólico: será el primero tras la muerte de Fidel Castro, y en él se producirá por primera vez el traspaso de la secretaría general de manos de los Castro –Raúl Castro, a sus 89 años, siguió al mando, pese a dejar la dirección del régimen- a las de su pupilo, Miguel Díaz-Canel. Simbólico, porque el traspaso de poder entre tradiciones herederas no puede ser más que un cambio nominal: hablamos de asamblearismo en el seno de un partido único que ha regido durante 62 años la vida económica, política y social del país. 

Decía Jose Martí que en política lo único verdadero es lo que no se ve. Partido Único es aquello que se ve, y aquello que se declara. Dictadura es lo que emerge cuando se retiran los eufemismos, aquello que sigue siendo incomprensiblemente invisible para parte de la opinión pública internacional, motivada en ocasiones por perspectivas muy ideologizadas e instaladas en dinámicas más propias de la Guerra Fría que de la escena internacional multipolar del siglo XXI.

Cuba está en el ocaso de un sistema agotado.

Para hacer de éste un Congreso realmente histórico, tendría que acordarse en él un compromiso político, con reformas concretas y con un calendario claro para transitar hacia una verdadera democracia. Sabemos que son pocas las probabilidades de que algo así suceda.

Por el contrario, el Congreso previsiblemente emitirá conclusiones anunciando reformas progresivas y aperturistas, reiterando las habituales narrativas ampulosas, repetidas y eternas promesas de cambio para un futuro que nunca llega. Conclusiones, en cualquier caso, cuya sinceridad -como en una profecía autocumplida- sólo convencerá a quienes ya están convencidos. 

Ahora bien: suceda lo que suceda este fin de semana, este sí es un Congreso que podrá marcar un antes y después. No por lo que ocurra dentro, sino por lo que está ocurriendo fuera.

A pesar de las resistencias del régimen, la sociedad cubana ha cambiado. Ha dicho: se acabó»

A pesar de las resistencias del régimen, la sociedad cubana ha cambiado. Ha dicho: se acabó. A la histórica oposición de los defensores de derechos humanos, de unos activistas y opositores agotados tras años de represión, hoy se suma una sociedad civil cada vez más numerosa, con un perfil joven, artístico y renovado, que aúna fuerzas y energías a través de medios online, facilitado por la disponibilidad -aunque imperfecta- de Internet móvil 3G desde finales de 2018. 

Una sociedad civil sobre la que sigue desencadenándose una represión brutal.  que, lejos de cesar con la pandemia, se ha incrementado, como hemos visto con las al menos 1.798 detenciones arbitrarias registradas por las organizaciones independientes en 2020; con el encarcelamiento que continúa para las tres Damas de Blanco en prisión (Premio Sajarov 2005), la persecución del Movimiento San Isidro y la criminalización de la labor solidaria de la Unión Patriótica, que recientemente ha organizado una huelga de hambre para protestar contra la persecución constante.

Pese a toda esa represión, miles de cubanos utilizan hoy sus redes sociales para recordar al mundo un relato que no solo existe, sino que cada vez está más presente.  

Por eso es más importante que nunca que la Unión Europea, que en 2017 inauguraba su Acuerdo de diálogo político y de cooperación con Cuba, sepa reconocer esta realidad y respalde de manera constructiva los cambios y el proceso de transformación democrática que el pueblo cubano merece, acompañando verdaderamente a la sociedad civil que impulsa estas reformas. Se equivocará profundamente si no lo hace y sigue un rumbo errático, como ha ocurrido en varias ocasiones.

Con aquel Acuerdo, la UE inauguraba una nueva etapa, rompiendo con años de aislamiento en sus relaciones, posición que se reveló ineficaz al no obtener ningún resultado. Éste sigue siendo nuestra mejor herramienta para las relaciones con la isla, pero Europa debe obtener frutos tangibles de un diálogo que no excluya a la sociedad civil con el pretexto de no molestar al régimen. 

El descontento por la continua persecución de libertades y la escasez demuestran el agotamiento del sistema

No hay más vía para Cuba que la transición democrática. El descontento por la continua persecución de libertades y por la escasez, en la mayor crisis económica de los últimos 30 años, con una caída del PIB de más de un 11% tras la pandemia, demuestran el agotamiento del sistema. El régimen debería darse cuenta. No puede mantenerse más tiempo la retórica de los enemigos comunes, la narrativa personalista y caduca, la abusiva y anacrónica identificación que confunde la supervivencia del castrismo con la supervivencia de Cuba. 

Cuando el lunes se clausure el VIII Congreso y salga elegido Díaz-Canel entre vítores y la desgastada consigna de Patria o Muerte, fuera habrá una sociedad que seguirá conquistando las calles –y las redes– con Patria y Vida y que le dirá, al Congreso y a todo el mundo: se acabó. 


Soraya Rodríguez es eurodiputada del Parlamento europeo en la delegación de Ciudadanos