El consenso en los sondeos que pueden hacerse públicos legalmente antes del 4-M da a la candidata del PP 60 escaños, el doble de lo que logró hace dos años.

Isabel Díaz Ayuso necesitará el apoyo de Vox (13 escaños, según la media de los sondeos) para gobernar y es ese el clavo ardiendo al que se agarra la izquierda para cuestionar por anticipado la legitimidad del triunfo de la derecha en la Comunidad de Madrid.

Una izquierda que ha delegado en Pablo Iglesias el liderazgo en cuanto a las ideas fuerza de la campaña. Llevamos días sin oír hablar de impuestos, de desempleo e incluso de la pandemia. ¡Nada de eso importa cuando lo que está en juego es la democracia!

El lenguaje de las élites se ha alejado tanto de la calle que ha perdido toda efectividad. De ahí que los sondeos no hayan registrado ningún movimiento sísmico después de que el pasado viernes el líder de Podemos decidiera dinamitar la campaña para trazar una línea roja entre los demócratas y los que no lo son.

En estos cinco días se ha hablado más de la ilegalización de Vox que de la sanidad. Y eso cuando todavía en Madrid hay miles de personas hospitalizadas y la vida sigue girando en torno a las limitaciones que impone el Covid.

En un esquema típico de laboratorio, Iglesias ha construido el siguiente razonamiento: Vox representa el fascismo; si el PP gobierna con Vox, estará favoreciendo a un partido fascista; por tanto, la única forma de salvar la democracia en Madrid es que gane la izquierda.

Pero, si eso es así, ¿cómo entender que los sondeos sigan mostrando una clara victoria de la derecha? La explicación nos la dará el propio Iglesias en la noche electoral del 4-M. Pero les apuesto algo a que tendrá que ver con los poderes fácticos, el Ibex y los medios de comunicación privados.

El debate de las élites políticas, que está presente no sólo en las declaraciones de los líderes de los partidos, sino también en las tertulias y en los titulares de los diarios, tiene sin duda su efecto, aunque no llega a ser, ni de lejos, el pretendido por los que tratan de rentabilizar la burda manipulación de la realidad. Ejemplo: al habla con nuestra delegada en Barcelona, esta me pregunta: «¿Cómo está el ambiente en las calles de Madrid?» Por ahora la gente no se pega por las calles, aunque a algunos les gustaría que así fuera.

Es verdad que Ayuso comenzó su campaña con un dilema igualmente tramposo: «Comunismo o libertad». Pero pronto, muy pronto, retiró del cartel el «comunismo» para dejarlo sólo en «libertad». Mientras que la candidata del PP aterrizó su propuesta a algo tangible que tiene que ver con la educación y dura experiencia de la pandemia para los pequeños negocios, la izquierda ha elevado el listón hasta un punto que ha perdido toda conexión con la conversación de la calle.

El planteamiento de Iglesias para deslegitimar el posible triunfo de Ayuso es que va a necesitar para gobernar a «un partido fascista» y que, por tanto, la única forma de defender la democracia es votar a la izquierda

Aunque la candidata del PP pretende que hay un «modelo Ayuso», lo que está ocurriendo en la Comunidad de Madrid desde el punto de vista electoral no es distinto de lo que ha ocurrido a lo largo de los últimos 25 años. Lo realmente diferente fue lo que sucedió hace dos años: el PP estaba en retroceso y Ciudadanos en alza. Pero la suma de PP, Ciudadanos y Vox daba prácticamente los mismos porcentajes que cuando ganaban de forma arrolladora Esperanza Aguirre o Alberto Ruiz Gallardón.

El cambio que se ha producido en estos comicios, lo más significativo desde el punto de vista electoral, es el hundimiento del partido de centro. La inmensa mayoría de sus votantes ha vuelto al lugar de donde salió. Y el PSOE ha sido tan torpe que, en lugar de buscar ese voto moderado, se ha echado en brazos de Pablo Iglesias, que, para salvarse, ha hundido al candidato socialista, que de ganar hace dos años, ahora puede perder más de siete escaños.

La victoria de Ayuso, que nadie discute, no tiene una única explicación. Tiene que ver con su gestión, pero también con una apuesta ideológica. Hay algo indiscutible: supo desde el primer momento que uno de sus puntos fuertes era la confrontación con el presidente del Gobierno. Canalizó todos los reproches ciudadanos hacia una gestión de la pandemia bastante deficiente liderada por Sánchez. Y, con habilidad, identificó a su partido y a su figura con un cierto orgullo madrileño, que no tiene nada que ver con un sentimiento nacional, pero sí con un cierto hartazgo de los madrileños a que Madrid tenga la culpa de todo.

Los que vivimos en la Comunidad de Madrid estamos cansados de los planteamiento apocalípticos. Queremos volver a la normalidad en su sentido más amplio, más pleno. Eso, ahora, para la mayoría, lo garantiza mejor que nadie una candidata que sin ser brillante, sin deslumbrar, ha demostrado que ha gestionado pensando en la mayoría y, además, tiene convicciones.