La pandemia de la Covid-19 sorprendió hace más de un año al mundo y subrayó como nunca antes la necesidad de reforzar la cooperación y las organizaciones multilaterales. Sus consecuencias han exacerbado las desigualdades y nos han enfrentado a todos -ciudadanos, gobiernos y organizaciones- con nuestras mayores vulnerabilidades. 

Esta semana, el pleno del Parlamento europeo aprobaba por una gran mayoría un informe, del cual he sido responsable, que emite un claro mandato al Consejo de cara a la Asamblea de Naciones Unidas. Es especialmente relevante por el contexto en el que se produce, recién celebrado el 75 aniversario de la ONU. 

La UE y Naciones Unidas tienen, en esencia, un recorrido común: nacen de las cenizas de la guerra para recordarnos que, frente a un orden global basado en la lucha del más fuerte, el diálogo y la concertación son las vías más deseables y las más eficaces. Ambas surgen como respuestas al populismo y al nacionalismo identitario y excluyente que hoy, 75 años después, vemos resurgir con especial virulencia.

Estamos en un nuevo escenario global en el que aumenta la polarización y emerge un movimiento que cuestiona las bases mismas del multilateralismo y los derechos humanos tras los cuatro años de Donald Trump, que no solo se alejó del sistema de Naciones Unidas, sino que dedicó muchos esfuerzos a erosionarlo.

En el caso de la UE, las complicadas relaciones y el distanciamiento en valores se ha evidenciado de forma explícita con Rusia y China, con importantes consecuencias para nuestras relaciones.

La respuesta del Parlamento Europeo es prácticamente unánime: en tiempos de incertidumbre, hay que volver a las bases»

La respuesta del Parlamento Europeo es prácticamente unánime: en tiempos de incertidumbre, hay que volver a las bases. La carta fundacional de Naciones Unidas hace un llamamiento que sigue siendo revolucionario: reafirma la fe en los derechos fundamentales, la dignidad y el valor de la persona humana, la igualdad de derechos de hombres y mujeres, de naciones grandes y pequeñas.

Y la única vía, ya lo hemos visto, es el multilateralismo. Frente a un multilateralismo selectivo, de quienes utilizan para su propio beneficio las instancias internacionales, defendemos un multilateralismo eficaz: que dé resultados y que se construya sobre criterios concretos -ya consensuados por la comunidad internacional-, fijos y predecibles, con los que nos comprometemos a ser parte de un orden internacional basado en las normas que nos hemos dado en los últimos 75 años. 

La Carta de Naciones Unidas reconoce la jurisdicción interna de los Estados miembros. Pero también afirma que los derechos humanos son universales. La apelación a la “soberanía del Estado” no puede utilizarse para proteger a un país del escrutinio de su comportamiento hacia sus ciudadanos.

Esta noción se encuentra en los fundamentos mismos de la ONU, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el Consejo de DDHH, que tiene la responsabilidad de actuar cuando los Estados no cumplen con sus obligaciones. 

Por eso, abogamos por una reforma exhaustiva del Consejo de Derechos Humanos de la ONU que garantice un compromiso con sus bases fundacionales y evite abusos por parte de regímenes autoritarios, aumentando las sinergias entre la Asamblea, el Consejo de DDHH y el Consejo de Seguridad, y reforzando los mecanismos de acceso a la justicia, incluyendo una fuerte defensa de la independencia de instancias como la Corte Penal Internacional. 

En plena gira europea del presidente Joe Biden y ante la necesidad de restablecer las relaciones transatlánticas después de Trump, es más relevante que nunca interrogarnos sobre el papel que la UE pretende jugar en el multilateralismo. También es tiempo de reconocer el camino que la UE ha recorrido. 

Estados Unidos es un actor clave para los retos del presente y del futuro. Tenemos importantes agendas comunes. Debemos reconstruir el entendimiento y el diálogo, renovar nuestros compromisos. Necesitamos a Estados Unidos como una potencia comprometida con el multilateralismo.

Es momento de asumir el papel indispensable y la responsabilidad que la UE tiene con el mundo»

Pero EE UU y el sistema internacional necesitan también a la UE como espacio predecible. El mandato de Trump evidenció que la UE no puede depender de Washington; por eso emergieron las menciones a la autonomía estratégica europea, la necesidad de reforzar nuestra política exterior y nuestra presencia geopolítica. 

Es momento de reconocer el balance de los últimos años y, frente a la, en ocasiones, excesiva autoflagelación, asumir también el papel indispensable y la responsabilidad que la UE tiene con el mundo. 

Lo hemos visto recientemente en ejemplos muy concretos. Mientras EE UU vacunaba a su población y protegía sus exportaciones de vacunas, desde la UE hemos exportado más de 270 millones de dosis y somos uno de los principales contribuyentes al mecanismo Covax, con más de 2.800 millones de euros aportados. 

La Cumbre sobre la Democracia propuesta por Biden será un excelente momento para reafirmar nuestro compromiso con los valores universales. Y en este marco, la UE debe seguir abogando por una agenda común. Pero también tiene la responsabilidad de acercar a EE UU a esta agenda, dejando muy claro que, ante la ausencia de otros actores, la UE – afortunadamente, y pese a muchos- sigue siendo el gran bastión del multilateralismo. 


Soraya Rodríguez es eurodiputada del Parlamento europeo en la delegación de Ciudadanos.