Iván Redondo no quería irse del Gobierno. En una reunión restringida con empresarios celebrada a mediados de junio expresó sus planes sin titubeos: “Me marcharé en 2023”. Es decir, cuando Pedro Sánchez tiene previsto convocar las elecciones generales. Un par de semanas antes de ese encuentro, el todopoderoso jefe de Gabinete del Presidente había dicho en la Comisión de Seguridad Nacional en el Congreso aquello de “lo primero que tiene que hacer un asesor por su presidente es tirarse por un barranco. Y yo lo hago aquí, ahora y mañana”. Pero, en esta ocasión, ¿se ha tirado o le han tirado?

La salida de Redondo del Gobierno es, sin duda, el hecho más significativo de una crisis en la que, en principio, ni el propio presidente pensaba prescindir de su hombre de confianza y talismán.

Nadie apostó en las numerosas quinielas que se hicieron tras filtrarse que Sánchez pensaba en una remodelación de gabinete antes de las vacaciones por la salida de Redondo que, por su parte, se creía en la cima de su poder. La nota difundida el sábado en la que afirma que en política lo importante es “saber parar” no es más que la explicación de alguien acostumbrado a ganar pero que, en esta ocasión, no ha sabido medir bien sus fuerzas.

Sánchez le debe a su asesor gran parte de lo que es. Redondo le reforzó en la idea, un tanto maquiavélica, de que en política hay que ser audaz y no tenerle miedo a asumir riesgos. Él le animó a presentar una moción de censura contra Rajoy cuando ni Sánchez ni gran parte de la dirección de su partido veían claro el movimiento e incluso creían que terminaría por llevar a Moncloa a Albert Rivera. Él le recomendó repetir elecciones en 2019 para no depender de Podemos y, después, cuando el PSOE no logró una mayoría suficiente para gobernar en solitario, le animó a abrazarse a Pablo Iglesias. Las palabras se olvidan, pero el poder es lo que hace grande a un político.

El presidente le permitió a Redondo crear una estructura como nunca había existido en Moncloa. Era lógico que ese poder real le granjeara enemigos. En el partido le miraban con desconfianza y envidia. Carmen Calvo le tenía celos. En las pugnas entre la vicepresidenta primera y los ministros de Podemos (tanto con Iglesias como con Montero), Redondo siempre se ponía de parte de los morados… Había que preservar la coalición, no era cuestión de ideología, sino de mero pragmatismo. «Ellos ya han tragado demasiado», solía decir cuando levantaba su voz para respaldar alguna medida podemita.

A pesar del resbalón de la moción de Murcia, y del fracaso electoral en Madrid -en ambos tuvo un papel relevante- nadie se atrevía a ir directamente contra él. Porque, era cosa asumida, Iván y Pedro eran uña y carne.

Según la hipótesis más plausible, Redondo quería ser ministro de la Presidencia. Pero Sánchez ya había elegido a Bolaños para ese puesto. Puso su cargo a disposición del presidente y este le aceptó el órdago

El asesor de imagen colaboró con Sánchez en la construcción de un poder presidencialista en el que ni el Consejo de Ministros ni el partido contaban gran cosa. De tal manera que cuando a Redondo se le reprochaba su no militancia en el PSOE, él solía contestar: «Yo milito en el PS: Pedro Sánchez».

Eso se transmitía puertas adentro y puertas afuera. Por eso ningún periodista barajó la idea de que el presidente tuviera en mente prescindir de su alter ego.

Sánchez quería hacer un cambio en profundidad del Gobierno. Nada de maquillaje. Los indultos, los fallos en la gestión de la pandemia, etc. estaban dando al PP como ganador en las encuestas. A mitad de legislatura, y ya sin Iglesias en el Gobierno, era el momento de renovar el equipo. Eso sí, no podía tocar a los ministros de Unidas Podemos, así es como se visualiza que este es un gobierno de coalición, donde el presidente tiene también sus limitaciones.

La figura que debía caer era ni más ni menos que la vicepresidenta primera del Gobierno. Carmen Calvo no es persona fácil. Se creyó que tenía mucho poder y se equivocó. En un asunto como el de la ley trans, en el que ella, como jefa del feminismo ortodoxo, había empeñado su palabra en no ceder ante un concepto tan irracional como la «autodeterminación de género», el presidente no la respaldó. Era un síntoma inequívoco de que su tiempo había acabado.

Calvo iba a salir, eso ya lo sabían hasta los periodistas menos avispados, pero ¿quién ocuparía su puesto? En política, ya se sabe, si una parcela de poder no la ocupas tú, al final la ocupa otro. Así que Redondo, según la hipótesis más plausible, vio abierta la puerta para llevar al BOE lo que ya era casi de hecho: ministro de la Presidencia.

Y ahí cometió un imperdonable error. Porque el presidente ya tenía decidido poner en ese puesto a Félix Bolaños, secretario general de Presidencia, militante del partido, hombre eficaz y discreto y que había demostrado tener mano izquierda, no sólo en la negociación con los independentistas sino, lo que tiene mayor mérito, con la vicepresidenta Calvo.

Redondo no aceptó de buen grado la idea que convertiría a su número dos en su jefe. Bueno, en su segundo jefe. Así que echó un órdago a la grande, entendiendo que eso era una prueba de desconfianza, y puso su cargo a disposición del presidente. Y este se lo aceptó.

Así termina una historia de amor que comenzó en la primavera de 2018 y que dejará su huella sin duda. Ya nada será igual.

Sánchez, al que no le ha temblado el pulso en cortarle la cabeza a su vicepresidenta primera, al secretario de Organización del PSOE y a su jefe de Gabinete, demuestra que en su universo sólo hay un sol, que es él. Y que si te acercas demasiado, puedes acabar quemándote.

La explicación del impulso político y cosas por el estilo forma parte de la propaganda oficial. En definitiva, lo que tiene ahora Sánchez no es un Gobierno más afín al PSOE, sino un Gobierno más cómodo, más fácil de manejar, más presidencialista. Esa es la clave profunda de lo que ha sucedido el pasado sábado.