No hace falta esperar a la final de baloncesto o de fútbol en Japón. España ya ha logrado la primera medalla de oro. Lo acaba de anunciar el presidente del Gobierno en una autocomplaciente rueda de prensa. «España es medalla de oro en vacunación». Lo dijo dos veces, como si sus nuevos asesores de imagen -estamos en la era post-Redondo– le hubiesen recomendado machar ese clavo para buscar un titular optimista que anime a la gente, un tanto deprimida por una quinta ola que vuelve a imponer restricciones y toques de queda, y, porque, ya puestos, pensando en los JJOO, España no puede presumir de medallero.

El resumen del mensaje del presidente para despedirse hasta después de las vacaciones cabe en un par de líneas: el Gobierno cumple sus compromisos; estamos ya en fase de recuperación; somos líderes en vacunación, y todo ello se ha conseguido gracias al diálogo. «Hay que elegir entre recuperación y crispación». Ya sabemos dónde se sitúa el presidente, así que no es difícil adivinar dónde sitúa al PP, al que culpa de incumplir la Constitución por negarse a renovar órganos como el CGPJ, el Tribunal Constitucional o el Tribunal de Cuentas.

El discurso del presidente, pronunciado con una imborrable sonrisa, no es sólo incompatible con la realidad que vive la mayoría de los ciudadanos -aunque es evidente que algunas cosas han mejorado en los últimos meses-, sino que es contradictorio con la decisión más importante que ha adoptado el propio Sánchez en esta legislatura. Si todo va tan bien, ¿por qué ha decidido destituir a la vicepresidenta primera, al ministro de Fomento y número dos del PSOE, y a su asesor de cabecera, entre otros?

Si todo va tan bien, ¿por qué el presidente acaba de cargarse al núcleo duro de su Gobierno? La comparecencia pre veraniega de Sánchez ha sido un ejercicio inútil de propaganda

Sánchez ha prescindido de su núcleo duro, en una crisis de Gobierno sin precedentes, cuando el balance que hace a mitad de legislatura es de matrícula de honor. Algo falla. Sobe todo cuando todavía no hay una explicación oficial, al margen de las filtraciones interesadas, de por qué se han producido esos cambios.

Si las cosas fueran tan maravillosas como afirma el presidente, las encuestas fiables (no las de Tezanos) le darían una mayoría clara al PSOE. Por no hablar de la derrota de Madrid, que logró levantar el ánimo del PP hasta convertirle en una alternativa real y sólida de poder.

El presidente ha repetido en su comparecencia el mantra de que «el diálogo es un valor en sí mismo». Lo que no siempre es cierto. Hay diálogo de sordos, palabrería inútil que no sirve para solucionar problemas, sino para darle hilo a la cometa y aplazar decisiones tal vez dolorosas. El diálogo es un medio, pero nunca puede ser un fin en sí mismo. Es curioso que Sánchez pasara de puntillas sobre Cataluña. Ni siquiera mencionó la palabra «indulto», que, en su esquema de pensamiento, debe ser la plasmación práctica más sobresaliente de su política de diálogo.

Sánchez ha desaprovechado la oportunidad de contar a los ciudadanos las claves de su remodelación de Gobierno, o para explicar cómo va a afrontar la negociación con los independentistas que comienza en unas semanas. Por no decir, ni siquiera dio su versión de por qué España, además de ser medalla de oro en vacunación, lidera el aumento en el índice de contagios de toda la UE.

La propaganda es útil cuando sirve para dar confianza a los ciudadanos, lo que requiere que no se orillen los problemas que para ellos son evidentes. El ejercicio que acabamos de ver en Moncloa no sólo es ineficaz para el fin que se propone -se supone que lo que persigue es que los españoles se vayan de vacaciones pensando que viven en un país estupendo-, sino que puede ser incluso contraproducente. A nadie le gusta que le tomen por tonto.