En el cine de verano del pueblo vacacional de mi infancia y adolescencia las estrellas no estaban siempre en la pantalla sino en ese cielo único donde seguir el rastro de la vía láctea y la órbita de los satélites artificiales. En las noches de perseidas los rastros fugaces se iban enumerando en voz alta con un entusiasmo parecido al del descubrimiento de un tesoro o el avistamiento de tierra tras varios meses de dura travesía.

A veces había que salir corriendo, con la película a medias, entre una lluvia torrencial cargada de truenos. Otras, las menos, ir con manta y acurrucarse unos con otros para no sucumbir al frío en pleno agosto. No siempre resultaba fácil seguir el hilo argumental de la historia. El sonido era deficitario, el ruido de la gente comiendo pipas se convertía en estruendo y el operador de cámara nos obsequiaba con confusiones gloriosas, como aquella vez que reprodujo, por este orden, el rollo primero, tercero y segundo de la película, tiempos en los que la cinta venía enroscada en grandes ruedas metálicas que se montaban en aparatosos proyectores.

Los muertos del tercer rollo seguían vivos en el segundo»

Los muertos del tercer rollo seguían vivos en el segundo. Estoy convencida de que el director hubiera firmado ese montaje de cine experimental antes que aquel bodrio del oeste sin pies ni cabeza, también, hay que admitirlo, sin pretensiones, de cuyo título no guardo recuerdo alguno.

Porque lo mejor del cine de verano eran las películas que las salas convencionales no proyectaban. Historias que, salvo honrosas excepciones -”Toro salvaje”, “La mosca”,  “Stardust Memories”…- no dejaban huella y sólo requerían el tiempo dedicado a su visionado convirtiendo esas dos horas en una liturgia asociada al calor, a las vacaciones, al tiempo libre, a los amigos… en fin, a la vida y a la libertad.

No siempre se acudía cenado, sino a cenar. El cine se llenaba de olores a tortilla y pimientos fritos según abrían las tarteras de plástico. Los adultos podían tomarse una copa al finalizar, los pequeños, un helado que goteaba sobre el suelo de hormigón, alfombrado de cáscaras y de manchas eternas. Había quien se llevaba su silla de casa para estar más cómodo, acaso sestear. Las pausas entre rollo y rollo de película se antojaban eternas y las averías del proyector, un clásico. Pitos, patadas, protestas… Más liturgia.

Al final se reanudaba la proyección, aunque fuera muy muy tarde. Mejor que devolver el dinero de la entrada. Eso nunca. A fin de cuentas lo de menos era la película, aunque no fueron pocos los que descubrieron en esas sesiones nocturnas delirantes su cinefilia o la seducción de un mundo al que acabaron dedicándose profesionalmente años más tarde.

No fueron pocos los que descubrieron en esas sesiones nocturnas delirantes su cinefilia»

Los cines convencionales son intercambiables. Las salas oscuras se nos antojan idénticas, indistinguibles, hasta huelen igual. Es un tiempo en suspenso donde sólo ocurre lo que ocurre en la película. Pero en el cine de verano de mi infancia y adolescencia discurrían dos historias en paralelo, la de la pantalla -una enorme pared de cemento pintada en blanco- y la del patio de butacas, si es que merecía tal definición. Los rostros, las risas, los besos, los gritos, las carreras de los niños entre las sillas, las protestas, los pitos, los aplausos cuando caía abatido el villano…

La mayor parte de los cines de verano estables han languidecido a pesar de los intentos en los últimos años por insuflarles vida. Son esqueletos con un enorme espacio vacío en su interior. En mi pueblo de adopción, los carteles de las películas perdieron su lustre, su brillo, comidos por la intemperie. Nadie se molestó siquiera en recogerlos y tirarlos, como si los dueños del negocio hubieran salido de estampida para salvar su vida por una amenaza inminente, a saber, un pavoroso incendio, un ataque de pirañas, una plaga de langostas, un tsunami, un volcán en erupción o esos muertos resucitados… que de todo vimos en las películas de los veranos de mi infancia y adolescencia.