Las comparaciones son odiosas. Incluso, a veces, contribuyen a deformar la realidad. Es lo que está ocurriendo estos días cuando se establece un paralelismo entre la retirada de Estados Unidos de Kabul con la salida de Saigón (1975) o incluso con la desbandada de Teherán (1979).

La diferencia no sólo tiene que ver con el impacto de la humillación, que ahora vemos en directo en los teléfonos móviles, sino, esto es mucho más importante, con el hecho de que entonces, tanto en Vietnam como en Irán, la potencia rival de Estados Unidos, la URSS, iba hacia el declive económico, militar y político. Ahora, aunque Rusia intente recoger algunas migajas del desastre, la verdadera potencia competidora, China, está en plena expansión económica y militar y su influencia va ganando terreno de forma constante en continentes como África y Latinoamérica.

Mientras que el colapso del comunismo en Rusia se produjo diez años después de la caída del Sah Reza Pahlaví, lo más probable es que dentro de diez años China haya superado como primera potencia económica y tecnológica a Estados Unidos. La diferencia, por tanto, es fundamental. Comparar es relativizar, restar importancia a lo que ha ocurrido durante este mes de agosto de 2021.

Aunque la decisión de la retirada de tropas la adoptó Barak Obama, y la pactó Donald Trump (con el pacto de Doha firmado con los talibanes el 29 de febrero de 2020), el consumador de la misma ha sido Joe Biden, de una forma lamentable, sin que ni siquiera los vencedores hayan cuidado las formas. Si el aeropuerto de Kabul hubiera permanecido abierto unas semanas, permitiendo el tráfico de vuelos comerciales, el desastre de la formación del Emirato Islámico de Afganistán hubiera sido el mismo, pero la vergüenza de ver a miles de personas intentando subir a los aviones, incluso agarrándose a sus trenes de aterrizaje, no hubiese tenido un impacto tan grande y un coste político tan inmediato.

La popularidad de Biden ha caído en picado en los últimos días según las encuestas. Normal. A nadie le gusta ver a los suyos huyendo como gallinas mientras los enemigos se hacen con el control de un país tras un paseo militar. ¿Acaso estaba en el pacto de retirada de EEUU no prestar ayuda aérea a las desmoralizadas tropas afganas ante el avance imparable de los talibanes?

El presidente Biden dio el lunes 16 de agosto unas explicaciones poco convincentes en una comparecencia televisada. Argumentó que Estados Unidos no podía soportar una guerra que el propio ejército afgano no estaba dispuesto a librar. El pueblo americano, dijo, quería la retirada de las tropas, estaba cansado de que su gobierno gastara dinero inútilmente y de soportar una sangría humana (casi 2.500 soldados muertos, decenas de miles heridos durante los 20 años que ha durado la intervención).

Biden no ha medido bien las consecuencias de su humillante retirada. Los servicios de inteligencia auguran un aumento del terrorismo yihadista. Estados Unidos ha perdido credibilidad como socio fiable tras el giro en su política exterior

Pero las encuestas valen de poco cuando se trata de política exterior. El público no se para a pensar qué sucederá después de la retirada, sólo piensa en que pagará menos impuestos y en que sus hijos no tendrán que combatir a miles de kilómetros de su hogar. Pero cuando ven la precipitada huida, ¡ah!, eso ya es otra cosa. La opinión en asuntos tan complejos como la diplomacia, y la guerra no es más que la diplomacia llevada a cabo por otros medios, no es fiable. O, al menos, no debería condicionar la política de los gobiernos. El presidente Baiden (si las circunstancias no lo remedian) será recordado como el que salió corriendo de Kabul. Con todo lo que ello implica.

Yascha Munk, profesor de Estudios Internacionales Avanzados en la Universidad Johns Hopkins (en un artículo publicado el pasado martes en El País) afirma: «Las imágenes de los helicópteros sacando a los diplomáticos estadounidenses de la Embajada de Kabul y de los afganos colgándose de los aviones norteamericanos en un intento desesperado de huir de los talibanes se convertirán sin duda en todo un símbolo. Serán el símbolo de una nueva era de debilidad y contribuirán a definir la actuación de Biden en política exterior».

Una de las primeras cosas que ya han hecho los talibanes (que están intentando mostrar una cara amable en estos primeros días tras la toma del poder) es poner en libertad a antiguos dirigentes de Al Qaeda. Es verdad que en el pacto de Doha de febrero de 2020 (como bien recordaba Carlos Sánchez en un sólido artículo en El Confidencial) los representantes del Emirato Islámico –cuya cabeza visible es el mulá Baradar– se comprometían a «no permitir que ninguno de sus miembros, otras personas o grupos, incluido Al Qaeda, pueda usar el suelo de Afganistán para amenazar la seguridad de EEUU y sus aliados». Pero, ¿puede alguien creerse lo que los talibanes firman en un acuerdo? ¿Tendrá capacidad el Emirato Islámico de Afganistán para garantizar que su suelo -hablamos de un país del tamaño de Francia- no se usa como base de grupos terroristas?

El escepticismo de la comunidad de seguridad internacional es justificable. El triunfo incontestable de los talibanes ha hecho resurgir la moral de otros grupos yihadistas, como, por ejemplo, Hamas, que les ha dado la bienvenida desde su feudo de Gaza. Hasta Irán (cuyo régimen es de profesión chií) se ha felicitado por la derrota de Estados Unidos. Que va a haber un resurgimiento del terrorismo yihadista a medio plazo es algo que no ponen en duda los servicios de inteligencia de Occidente.

La capacidad que tienen ahora los aliados para condicionar la política interior y exterior de Afganistán es mínima. La sharia -ley islámica- se impondrá con todas sus consecuencias, incluida la degradación de la mujer, obligada a llevar el burka y a prácticamente no salir de casa. Retrocedemos, de nuevo a la edad media.

La ayuda que todavía recibe Afganistán de los aliados supone unos 4.000 millones de dólares al año (según la estimación de Graeme Smith y David Mansfield en un artículo publicado por The New York Times). Eso representa, más o menos, el 75% del gasto público del país. Algunos podrían pensar que esa sería un arma útil para frenar los ímpetus de los talibanes. Pero no. La recaudación de impuestos informales, por ejemplo por el uso de carreteras, la venta de fuel o la producción agraria, fundamentalmente opio, que hacen ya los talibanes en las zonas conquistadas superan con mucho esos 4.000 millones de dólares que los países occidentales (Alemania ya ha amenazado con hacerlo) podrían retirar si la República Islámica pisotea los derechos humanos.

No. Los talibanes no temen el bloqueo económico o la retirada de las ayudas de los llamados países donantes. No sólo porque ya generan recursos más que suficientes como para aguantar, sino porque Irán, Pakistán, Rusia y, sobre todo, China ya se han prestado a ofrecer su ayuda de forma inmediata.

Hablábamos de China fundamentalmente porque es uno de los países cuya Embajada permanece abierta y porque que ya pactó con los talibanes el pasado 28 de julio cuáles serían las condiciones del nuevo statu quo. El régimen de Pekin (o Beijing, como ustedes prefieran) no sólo va a incrementar su influencia en la zona, tras prometer ayuda económica y asesoramiento militar, sino que está aprovechando las circunstancias para desgastar la credibilidad de su gran enemigo. El pasado lunes, la publicación pseudo oficial china Global Times titulaba su editorial: «El abandono de Afganistán es una lección para el DPP (Partido Democrático Progresista) de Taiwan».

No es probable que Taiwan corra peligro -al menos a corto y medio plazo-, ni tampoco Arabia Saudí, los dos son países ricos; ni, por supuesto Israel, cuyo potencial militar todavía supera al de sus vecinos. Pero el temor a que Estados Unidos ya no defienda como antes solía hacer a sus aliados es otro de los denominadores comunes de la preocupación que ha generado la caída de Afganistán en manos de los integristas.

No sólo estamos ante un probable resurgir del terrorismo yihadista, ahora con una base mucho más sólida que la que proporcionaba el Estado Islámico, sino ante una retirada estratégica del escenario internacional, con consecuencias imprevisibles para países que confiaban en Estados Unidos para recuperar sus libertades, como Cuba o Venezuela.

La credibilidad política de Occidente ha sufrido un golpe mortal con la caída de Afganistán. Pero, sobre todo, Estados Unidos ha mostrado al mundo su debilidad, su falta de fiabilidad como aliado. Recordaba Pablo Pardo esta semana en un artículo en El Mundo. La frase se le atribuye a Farah Diba (viuda del Sha Reza Pahlaví): «Ser enemigo de EEUU es peligroso; ser amigo puede serlo mucho más».

Hay momentos en los que la Historia cambia de rumbo. Este es uno de esos momentos.