Termina augustus, un mes «sagrado», según decían los romanos. Muchos de ustedes asocian esta época al descanso y la desconexión. Y como todos nos creemos la medida de todas las cosas la mayoría cree que el mundo también se para hasta reanudar el curso. No es así.

Lo sé desde que era niña. Mi padre no paraba en agosto, no podía. Solo se permitía tomarse las tardes de un par de semanas del mes. Y para él era todo un lujo. Era autónomo, ya saben, y cerrar quince días era no tener ingresos. 

Quizá como homenaje inconsciente siempre he trabajado en agosto. Si no todo el mes la mayor parte. Y les aseguro que siempre ha sido un no parar. En la época de prácticas era el momento de aprender de los grandes, como tuve ocasión en la SER en Valencia (aún me emociona escuchar a Amparo Cots) y luego en RNE en la sección internacional de la mano de Nuria Sans y Aurora Mínguez, entre otros maestros. Años más tarde, en 2008, recuerdo un agosto en el que éramos tres con la becaria en la sección y estalló la guerra en Georgia. Mi compañera Silvia Taulés aceptó ir, aunque no tenía experiencia en conflictos, y demostró su gran valía.  

Estos días me he acordado de quienes han ayudado a apagar los incendios, de forma real y metafórica»

Estos días me he acordado de quienes han ayudado a apagar los incendios, de forma real y metafórica. De todos los que han contribuido a que el desastre en zonas como Navalcruz no fuera a más, o de quienes estuvieron pendientes de los damnificados del derrumbe en Peñíscola. De quienes cuidan de nuestra salud y de quienes hacen que disfruten los que están de vacaciones. De los que asisten a los que no llegan a fin de mes, cada vez más después de la pandemia, y de los que recorren las calles con botellas de agua para los que viven a la intemperie. Y de los que acompañan a los mayores en las residencias, tras casi dos años de desolación. 

También, y muy especialmente, de quienes han asistido en la sombra a los afganos que habían colaborado con el gobierno y el ejército español y desesperados buscaban una vía de salida del país. Los talibanes amenazaron a todos los que habían trabajado con las fuerzas internacionales antes de llegar al poder y, aunque ahora prometen una amnistía, pocos se fían. 

Estos días mucha gente que nunca saldrá en los medios ha recabado datos de estos afganos y ha luchado para que pudieran empezar una vida sin miedos. Otros lo han hecho en primera fila, militares y diplomáticos, y han demostrado gran entrega al servicio público. La tarea aún no ha terminado porque aún queda mucha gente atrás.  

Hablamos en este medio con dos colaboradores afganos, Fawad y  Lida, que temían por sus vidas y las de sus familias. Han estado entre los afortunados que salieron de Kabul. Ahora hay que poner el foco en los que se han quedado y están en peligro. A muchos nos han llegado mensajes de afganos angustiados porque sienten que su país va a la deriva. 

Durante años conocí lo que ocurría en Afganistán gracias a Mònica Bernabé, la reportera española que más tiempo ha vivido en ese país. Mònica se desvivió por contar la situación de las mujeres especialmente y se preocupó por los traductores y colaboradores afganos cuando a nadie parecía importarle.

Recuerdo cuando me dijo que empezaban a ser frecuentes los secuestros de extranjeros y por ello informaba cada día a la embajada de su paradero. Le pedí que a la vez me lo contara y así empezamos a tratarnos más allá de lo profesional. Siempre se presenta como reportera y suele decir que en Afganistán hacía lo mismo que en El Raval pero con más riesgo de que te caiga una bomba. Nunca dicta doctrina, menos aún da recetas con moralina.

Para saber de los que quedan y de su destino hace falta que nos sigan informando desde Afganistán y que continuemos pendientes de lo que allí ocurre cuando el foco esté en otro lado»

Para saber de ellos y de su destino hace falta que nos sigan informando desde Afganistán y que continuemos pendientes de lo que allí ocurre cuando el foco de la atención internacional se haya trasladado a otro lado. Contar con medios sobre el terreno es vital para saber lo que pasa, para escuchar la voz de los que son víctimas, para ver sus rostros. 

Afganistán no puede ser una serpiente de verano, uno de esos acontecimientos sobre los que ponemos el foco cuando los medios no estamos pendientes de las declaraciones de los políticos de turno. Necesitamos apoyar la labor de reporteros como Mònica Bernabé y como Ricardo García Vilanova, símbolo de esa generación de grandes periodistas que va a los sitios cuando todos se vuelven. Ya sabrán cuál es el próximo destino de Vilanova.   

Mònica y Ricardo representan lo mejor de mi profesión. Son íntegros, honestos y humildes. Como esa gente anónima que trabaja en agosto para que nuestro mundo no se pare.