Es la periodista española que más años pasado en Afganistán. Siete años y ocho meses. Mònica Bernabé (Barcelona, 1972) me puntualiza que no son ocho años sino siete años y ocho meses. Es así: rigurosa, honesta y nada diva. Cuando le preguntaban por su labor como «periodista de guerra», ella solía evocar sus principios como reportera local en su Barcelona natal. «Soy periodista. Y hago lo mismo en el Raval que en Kandahar», decía sin darse importancia. Reconoce que la ofensiva de los talibanes ha sorprendido a todo el mundo, aunque la deriva de Afganistán era conocida. Y la responsabilidad de la comunidad internacional es mayúscula: «Creamos un monstruo», en relación a los pactos con los señores de la guerra sobre los que se quiso levantar un edificio con los pies de barro.

Ahora trabaja en el Ara, donde fue jefa de internacional para pasar a hacer investigación. Fue freelance con El Mundo y por su cobertura de Afganistán ganó el Premio Julio Anguita Parrado en 2010 y el Cirilo Rodríguez en 2013. Ha escrito Afganistán. Crónica de una ficción, fundamental para entender el país asiático y Mujeres Women. Afganistán con el reportero Gervasio Sánchez.

Mònica Bernabé, con la portada de su libro ‘Afganistán. Crónica de una ficción’.

Es de las periodistas que te reconcilian con la profesión: por su humildad, su entrega y su defensa de causas que ayuda a que no sean perdidas, como brindar a los colaboradores del gobierno y el ejército la posibilidad de refugiarse en España. La campaña que impulsó en 2013 dio sus frutos y una treintena de colaboradores de las tropas pudieron afincarse en nuestro país. Ahora está gratamente sorprendida por el interés del gobierno español en traerse a todos los colaboradores. Es una tarea compleja que no será posible sin contar con los talibanes. Quienes han colaborado con extranjeros están aterrados:» Me lo decía un traductor que ha trabajado para los extranjeros. Ahora nadie se fía de nadie por si acaso te pueden delatar a los talibanes», relata. 

En su labor como periodista en Afganistán se empotró varias veces con las tropas estadounidenses y con las españolas. Realmente le costó más trabajo hacerlo con las españolas. Pero vio de cerca el trabajo del Ejército español allí. «Me pregunto cómo deben de sentirse los familiares de españoles que perdieron la vida en Afganistán. O mutilados. Iban a mejorar ese país y luego resulta que esto acaba así y además no nos importa. No hemos hecho lo posible para evitarlo. No sé cómo me sentiría». 

Lo peor para esos soldados muertos, o para los mutilados o heridos, es que parece que no ha servido para nada todo lo que hicieron»

Los españoles estaban en la provincia de Badghis y allí se encargaron de poryectos como la ampliación del hospital de Qala-e-now y lo dotaron de equipamiento, como contó en sus crónicas Bernabé. También construyeron una base militar enorme que luego cedieron al ejército afgano. «Pusieron en marcha proyectos como instalar dos generadores en la ciudad que facilitaban que hubiera al menos cuatro horas de electricidad al día». Y eso era en la capital. El resto de la provincia estaba aún peor. Ya la última vez que fue la periodista a Badghis empezaba a deteriorarse la situación y el hospital tenía problemas como la falta de gasolina para que las ambulancias salieran a por los enfermos.

«Lo peor para esos soldados muertos, o los mutilados o heridos, es que parece que no ha servido para nada todo lo que hicieron. Han salido de ahí y todo se ha venido abajo», señala la autora de Afganistán. Crónica de una ficción. En la misión de Afganistán murieron 102 soldados españoles, entre ellos los 62 que fallecieron cuando volvían a España en la tragedia del Yakovlev-42.

¿Cómo han podido los talibanes hacerse con el poder de una manera tan fulminante? «Era obvio que la administración era un desastre, pero la mayoría de los expertos preveían una guerra civil. Nadie predijo que los talibanes iban a llegar hasta Kabul tan rápidamente y sin apenas resistencia. «Se ha subestimado la Inteligencia de los talibanes. Los afganos dicen que los extranjeros tienen el reloj pero nosotros el tiempo. Han esperado su momento». 

El pacto de sangre con ‘los señores de la guerra’

A su juicio, «el principal error ha sido el pactar con los señores de la guerra, facciones islamistas que arrasaron Afganistán a principios de los 90. Eso no iba a ninguna parte». Suele ilustrar este pacto con un ejemplo: es como si hubiéramos encargado a Hitler la reconstrucción de Alemania después de la Segunda Guerra Mundial. «Los afganos veían en la televisión al vicepresidente de Afganistán, el general Dostum. La gente no veía a la administración como algo que tuviera que ver con ellos. Se dedicaron a enriquecerse y hacían ostentación con sus cochazos, mansiones, sus milicianos…».

Y añade que llegaba gran cantidad de ayuda internacional pero sin supervisión real. «Buena parte del dinero se esfumaba. Llegaban millones y millones porque había que invertir pero no se sabía dónde iba el dinero». Pone un ejemplo: se compraron escáneres para el aeropuerto de Kabul pero no había electricidad así que seguían revisándose las maletas de forma manual. O se dedicaba dinero al «empoderamiento» de mujeres que tenían que parir como animales. «No se atendían los derechos más básicos», dice la reportera. Por eso en su libro Bernabé habla de cómo se había creado una ficción que no tenía nada que ver con la realidad.

Así, recuerda cómo se fue instaurando la idea de que los extranjeros se irían y por tanto había que aprovechar el momento. «Los afganos decían que la mentalidad de la gente había cambiado. Antes pensaban que un funcionario corrupto era un ladrón. Y se pasó a creer que quien no lo hacía era tonto. Era un sálvese quien pueda», explica.

Lo llamativo es que los estadounidenses sabían lo que estaba pasando. Hacían informes que confirmaban que había miles de soldados fantasma o maestros fantasma, que cobraban y no existían, pero no hicieron nada.

Menos aún sobre los señores de la guerra. Recuerda Bernabé cómo lo intentó Francesc Vendrell, enviado de la UE para Afganistán. «Planteó crear una comisión de la verdad y apartar a los señores de la guerra. Pero se dejó de lado a partir de 2007 cuando se aprobó una ley de amnistía que les eximía de culpa. No podían ser juzgados en Afganistán por sus crímenes. Una comisión independiente, años más tarde, hizo un informe sobre violaciones de derechos humanos por los señores de la guerra y después de dos años de investigaciones se concluyó pero no se hicieron públicas sus conclusiones. Estados Unidos presionó porque había gente del gobierno implicada y eso podía desestabilizar el país. Sabían que tenían el lobo en casa».

Los talibanes van a intentar ganarse el favor de la comunidad internacional.. cuando el foco se desvíe de Afganistán harán lo que quieran»

¿Son estos talibanes más moderados que los que tomaron el poder en 1996? «Tienen un discurso de cara a la galería y no hay que distorsionar sus palabras. Los talibanes dijeron en su primera rueda de prensa que su ideología continúa siendo la misma, pero reconocieron que tienen más conocimiento y más experiencia. Van a intentar ganarse el favor de la comunidad internacional. No dijeron que vayan a respetar los derechos de las mujeres sino que podrán trabajar según lo que permita la ley islámica, sin especificar. Intentan dar imagen de moderación, pero cuando el foco se desvíe de Afganistán harán lo que quieran. Ahora todo el mundo quiere acoger a una mujer afgana en su casa pero de aquí a cuatro días nadie se acordará. Porque si somos tan solidarios tenemos miles de afganos que llevan años esperando para entrar en Europa. Podemos empezar ya mismo». 

Negro destino para las mujeres

Si hay un tema en el que ha estado implicada Mònica Bernabé, ese es el de las mujeres afganas. Incluso tuvo durante 16 años una ONG para ayudarlas. Cuando fue a Afganistán por primera vez en el año 2000 fue lo que más le sorprendió. Bajo el régimen talibán, las mujeres eran la nada. No podían hacer nada sin el permiso de un hombre. Y nada es nada.

«Estaban encerradas en su casa. No había colegios para niñas. Era un país arrasado por la guerra No había casi mujeres por la calle y estaba todo destruido», recuerda la coautora de Mujeres. Women. Afganistán

‘¿Qué les decimos a las jovencitas afganas que han estudiado o estaban estudiando? ¿Que se queden en casa? Porque salir del país no es nada fácil»

«Las mujeres siempre han dependido en Afganistán de la decisión de sus maridos, hermanos o padres. Una mujer, salvo en familias superprogresista, no podían decidir por ellas mismas si querían trabajar, estudiar o ir al médico.  Pero es cierto que una minoría había empezado a participar en la vida pública y se había hecho hincapié en que estudiaran. ¿Qué pasa ahora con esas jovencitas que han estudiado o que estaban estudiando y no sabían que era un talibán? ¿Les decimos que se queden en su casa? Porque salir de Afganistán no es nada fácil. Los vecinos, salvo Pakistán, han cerrado las fronteras y conseguir un visado es imposible. ¿A dónde van? ¿A un campo de refugiados?», comenta indignada la reportera.

A Bernabé no le gusta hacer predicciones porque le parece futurología. Deduce que puede mejorar la seguridad, ya que los atentados y secuestros eran obra de los talibanes, ahora en el poder. «Dicen que habrá más seguridad que con el gobierno anterior. Claro, eran ellos los que provocaban los actos violentos», apunta. Pero no se atreve a anticipar si habrá guerra civil, si bien la resistencia ha sido mínima, salvo en el bastión del Panshjir. Los señores de la guerra se han entregado como corderitos.

¿Qué se puede hacer realmente por los afganos? «Traer el máximo de gente posible. Ojalá pueda hacerse. Se quedará gente atrás. No hay duda. Habría que poner condiciones a los talibanes y obligar a que las siguieran para que haya un mínimo respeto de los derechos humanos». 

La primera vez me impactó muchísimo la situación de las mujeres durante el régimen talibán porque no podían hacer nada. Estaban encerradas en su casa. No había colegios para niñas. Era un país arrasado por la guerra No había casi mujeres por la calle y estaba todo destruido. 

Desde que regresó de Afganistán, vuelve al menos una vez al año. «Es importante seguir explicando lo que pasa allí. Me dio rabia y me sigue dando rabia la hipocresía internacional. Consentimos lo que nunca consentiríamos en nuestros países. Los periodistas tenemos que estar allí. Ahora hay un apagón informativo en todo lo que no es Kabul, prácticamente. Si no hay periodistas sobre el terreno, daremos carta blanca a los talibanes».