Le ha salido un grano al Partido Socialista que de momento no parece que amenace en exceso pero que empieza a despuntar sin que esté claro cuál va a ser su destino final.

Ese grano inicialmente inofensivo que se llama Yolanda Díaz puede tener mucho peligro dependiendo de hacia dónde quiere dirigir su proyecto, porque proyecto político personal tiene, eso está ya muy claro y ella misma lo reconoce públicamente en cuanto le preguntan cosas como si va a encabezar las listas de Unidas Podemos en la próxima convocatoria a elecciones generales. Lo recoge en su crónica Cristina De la Hoz:  “No hablo de ser candidata, que no toca, sino de levantar un proyecto de país para la próxima década y alternativo. Lo voy a hacer y voy a asomarme a la posibilidad de generar ilusión y esperanza. Me lanzo ya a levantar este proyecto de país”. No hace falta esmerarse demasiado pare leer entre líneas que la señora Díaz ha venido para quedarse en las primeras filas de la acción política española.

El problema para el PSOE -que de momento no es más que un temor difuso- no es que la actual vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo y Economía Social pase a ocupar la candidatura de UP en las próximas elecciones, lo cual no es en absoluto seguro y sobre lo que ella sigue sin dar ninguna pista, sino que al frente de esa o de otra formación política de nuevo cuño tenga la capacidad suficiente de arrastrar el voto de mucho votante de izquierdas descontento con la pésima imagen cosechada por Podemos y más próximo a su mensaje y a su proyecto que a la gestión desempeñada por Pedro Sánchez y su equipo de Gobierno.

Y no se equivocan porque la señora Díaz, militante del Partido Comunista de España, se está haciendo con logros muy rentables para su imagen pública como responsable de un área gubernamental muy sensible para el electorado de izquierdas. La prueba está en las excelentes relaciones que mantiene con los dos sindicatos mayoritarios, a cuyo lado toma posiciones perfectamente alineadas con ambas organizaciones.

A la sombra del Gobierno del que forma parte está consiguiendo logros notables como la aprobación y prolongación de los ERTE o la subida del Salario Mínimo Interprofesional en 15 euros desde este mes de septiembre, lo que suma un total de 65 euros desde 2019.  Esta subida la ha anunciado Yolanda Díaz además sin el conocimiento, a tenor de sus propias declaraciones, de la vicepresidenta primera Nadia Calviño y con la oposición de las organizaciones empresariales. 

Es decir, es un éxito personal permitido por el presidente y celebrado naturalmente por las capas laborales más bajas que son las que se van a beneficiar de ese incremento, todo lo simbólico que se quiera pero que anota en el haber de la señora Díaz. 

También se beneficia ella, aunque indirectamente, del hachazo contra las eléctricas anunciado por la vicepresidenta tercera y ministra de Transición Ecológica Teresa Ribera, en la medida en que esas decisiones, adoptadas por sorpresa, forman parte del planteamiento defendido desde el comienzo de la crisis energética por Podemos, del que ella forma parte dentro del Gobierno.

Yolanda Díaz marca perfil propio y atiende a un electorado potencial que, de presentarse al frente de cualquier otra formación que no sea el PSOE, puede arañar a este partido un buen puñado de votos»

La vicepresidenta segunda se ha beneficiado asimismo de lo que es un fracaso en toda regla pero que tiene amplia clientela y es la retirada del proyecto de ampliación del aeropuerto de El Prat. No en vano se presentó ante la opinión pública acompañada de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, para manifestar su apoyo a quienes se oponían a sacrificar el espacio natural de La Ricarda, en claro desafío a su propio Gobierno, que respaldaba el milmillonario proyecto.

Es decir, que Yolanda Díaz marca perfil propio y atiende a un electorado potencial que, de presentarse al frente de cualquier otra formación que no sea el PSOE, puede arañar a este partido un buen puñado de votos. Y en las condiciones en que se están dibujando los sondeos hasta el momento, ese puñado podría convertirse en decisivo.

Tiene sentido por eso que en La Moncloa hayan levantado la antena y observen con cierta alarma, todavía poca, pero con mayor prevención, la buena consideración que la vicepresidenta segunda tiene entre los ciudadanos consultados: el CIS dice en su último estudio de opinión que supera en una décima al propio Pedro Sánchez, hasta ahora el político mejor valorado.

Y tiene sentido: la vicepresidenta segunda no ofrece la imagen desastrada de Pablo Iglesias ni hace declaraciones extemporáneas y provocadoras con el propósito de desestabilizar, la especialidad del antiguo líder de Podemos.

Es verdad que ha escrito un elogiosísimo prólogo para  una reedición del Manifiesto Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels con motivo del centenario de la fundación del PCE en el que, entre otras cosas, se atreve a asegurar que en ese texto “late, hoy como ayer, una tan vital como apasionada defensa de la democracia y la libertad”. 

La ministra de Trabajo afirma también que “el Manifiesto Comunista es uno de esos libros mágicos e inagotables, nacidos para perdurar, que consiguen retratar la realidad y, al mismo tiempo, transfigurarla».

Sus consideraciones han provocado la indignación y el rechazo de muchos sectores en el país y el PP ha registrado en el Congreso esta pregunta al Gobierno: “¿Cómo justifica la vicepresidenta segunda del Gobierno su apología de una consigna política que ha causado cien millones de muertos?». 

Sin embargo, estos son detalles que conocen los “muy cafeteros” y los muy enterados de los intersticios de la vida política, pero la realidad es que a la mayoría de la población la figura de Yolanda Díaz no le genera rechazo alguno: tiene buen aspecto, es educada, sonríe, habla sosegadamente y está siempre dispuesta a dialogar y a negociar por muchas dificultades que se alcen ante ella.

Es decir, sería una perita en dulce si se sumara a la candidatura del PSOE y abandonara su militancia en el PCE. Pero no hay ningún indicio de que eso vaya a suceder en ningún caso. Más bien aparecen ciertos indicios -sólo indicios- de que podría liderar un movimiento de izquierdas que trascendiera con mucho los límites de Podemos. 

En esa línea encajarían estas declaraciones suyas efectuadas tras un encuentro con Mónica Oltra, líder de la coalición Compromís y actual vicepresidenta de la Generalitat Valenciana: “Creo que podemos mejorar la vida de la gente, escribir un nuevo contrato social a muchas manos, plurales, mestizas, diversas y probablemente contradictorias, porque la gente no quiere que pensemos igual, sino que caminemos juntas en beneficio de la sociedad”.

De modo que, en los dos años largos que quedan de legislatura lo previsible es que la candidata-no candidata de Unidas Podemos vaya afianzando su figura pública a costa de la parte socialista del Gobierno y avanzando su posición política entre su electorado natural hasta decidir qué proyecto encabeza.

Si yo fuera dirigente del PSOE, tanto en Ferraz como en La Moncloa, también estaría empezando a preocuparme.