Antes, en los Congresos, se debatía sobre ideas, sobre propuestas; incluso sobre los nombres que iban a ocupar la dirección del partido. Ahora no.

El 40º Congreso del PSOE se ha cerrado como quería Pedro Sánchez: la exaltación a un liderazgo indiscutible, sin mácula.

Para conseguirlo ha habido que hacer un trabajo fino. Recordemos que Sánchez fue defenestrado de la secretaría general hace ahora cinco años, aunque parezca casi un siglo. No olvidemos que Rodríguez Zapatero apoyó a su contrincante en las primarias, la ahora irrelevante Susana Díaz, y que Felipe González cuestionó no sólo su «no es no» a Rajoy, sino su política sobre Cataluña o su alianza con Podemos para gobernar.

Zapatero ya había hecho el aggiornamento: a él sí le gusta el Gobierno de coalición. No sólo eso: ha logrado colocar a uno de sus hombres, Óscar López, en el centro neurálgico del poder como jefe de Gabinete del presidente. La unidad tiene un precio.

Con González la cosa ha costado más trabajo. Ha sido necesaria la mediación de asesores de altura, como Miguel Barroso, para que aceptara asistir al Congreso de Valencia. Luego hablaremos sobre ese asunto.

No ha habido más hilo conductor de este 40º Congreso que la idea primigenia, la socialdemocracia, el papel de González y Zapatero en la modernización de España, y el del propio Sánchez como heredero legítimo de esa estirpe de grandes reformadores. De hecho, el momento culminante y más emotivo de la jornada no fue el discurso del secretario general, sino el homenaje a Alfredo Pérez Rubalcaba, un hombre incuestionable y querido por todas las familias socialistas (¿existió el Congreso de Sevilla en el que le ganó por los pelos a Carme Chacón?).

Sánchez subió al escenario. tras ese momento nostálgico, exultante con la atronadora música Twisted Sister (We’re Not Gonna Take It) de fondo. Durante casi una hora no paró de reivindicar la fortaleza y vigencia de la socialdemocracia y de referirse a los logros de González y Zapatero. Sabía que había logrado el objetivo perseguido: la foto de la unidad, el abrazo con González quedará para la historia. Pero…

El partido queda supeditado a la acción del Gobierno. Se cambian los estatutos para dar entrada a seis ministros en la Ejecutiva y se dobla el número de avales para presentarse a primarias.

1º Lo que ha hecho González con su asistencia al Congreso es sólo un gesto. No un cheque en blanco, ni siquiera su visto bueno a las cesiones que ha hecho Sánchez a las políticas populistas de Podemos.

Las palabras del carismático ex presidente –la petición expresa de libertad de expresión para abandonar las falsas unanimidades– no sólo fueron un aviso a navegantes, sino que su demoledora descalificación de las tiranías -en referencia implícita al régimen de Maduro– hicieron daño a Zapatero, quien luego dejaría constancia de ello en una comida con afines.

2º No se puede aprobar un balance de gestión sin votación y sin ni siquiera un turno de palabra previo. Eso no lo hacía ni Alfonso Escámez en las juntas del Banco Central, bien afeitadas por su hombre de confianza, Luís Blázquez.

3º Se ha cambiado la definición de España: de ser «plurinacional», como propuso el propio Sánchez en 2017, se ha pasado al término «multinivel», pero sin explicar por qué, ni a qué responde esa nueva terminología. La Constitución habla de «nacionalidades» y «regiones» ¿No basta con eso? En fin, Sánchez abandona un concepto al que Zapatero recurrió para atraerse las simpatías de los nacionalistas para inventarse otro que le permita volver a calificar al PSOE como el «partido que ama más a España» (como dijo el secretario general en su discurso).

4º Se supedita por completo la acción del partido a la acción del Gobierno. Por ejemplo, en el terreno fiscal. El PSOE ha renunciado a establecer un criterio sobre una futura reforma impositiva y lo ha supeditado a lo que diga una comisión de expertos creada a instancias del ejecutivo.

5º El Congreso no se ha posicionado -al margen de la declaración de la ministra Teresa Ribera de que el «corazón del PSOE es rojo y verde»- sobre una política energética que ha provocado la mayor subida del precio de la luz de este siglo.

6º Del canto a la militancia de otros tiempos se ha pasado a cambiar los estatutos para multiplicar por dos el número de avales necesarios para presentarse a las primarias. La justificación: consolidar la fortaleza del partido.

7º Incluso se han modificado los estatutos, sin dar tres cuartos al pregonero, para que en la Ejecutiva puedan entrar nada menos que seis ministros. En el 39º Congreso se aprobó un artículo (el 557) que impedía a un afiliado desempeñar simultáneamente más de un cargo institucional o público. Pero se ha impuesto la real politik: en la dirección tenían que estar los más fieles al presidente y, entre ellos, había seis miembros del Consejo de Ministros. ¡Oh fatalidad!

8º En el único debatillo que ha habido en estos tres días, y del que ha salido la promesa de abolición de la prostitución, no queda claro si el PSOE asume plenamente los planteamientos de su socio de Gobierno o bien las tesis del feminismo de izquierdas más tradicional.

Pero, en fin, no se le pueden pedir peras al olmo. Como decía uno de los delegados, «aquí no hemos venido a discutir, hemos venido a pasarlo bien».