En los últimos meses, la República de China (Taiwán) ha experimentado una notable mejora en su visibilidad internacional. Además, lo ha logrado en espacios geopolíticos como el territorio europeo donde sus posibilidades de proyección habían menguado ostensiblemente en los últimos años (solo el Vaticano la reconoce diplomáticamente). Hoy Taiwán cuenta con apenas 15 aliados en todo el mundo.

El informe aprobado por el Parlamento europeo el pasado 20 de octubre es un clarividente catalizador de esta nueva situación. En efecto, una abrumadora mayoría de eurodiputados se posicionó a favor de fortalecer los lazos con Taipéi y, en paralelo, desautorizando la política taiwanesa de Xi Jinping. La declaración se produce en un contexto marcado por el incremento de las desavenencias de Pekín con algunas capitales (Vilna, Praga, Estocolmo…) y con pronunciamientos activos de grupos relevantes como el Partido Popular Europeo, el más numeroso.

Estos días, el ministro de Asuntos Exteriores, Joseph Wu, realiza un viaje público poco habitual a Europa a la par que una potente misión comercial trata de dinamizar los vínculos a este nivel. Algo está cambiando. 

¿Qué causas explican este giro? La primera razón que hemos de señalar es la propia actitud de Pekín en relación al contencioso bilateral. Hasta ahora, habíamos constatado que el recurso a la demostración de fuerza militar por parte de China continental era contraproducente en la isla pues contribuía a reforzar la percepción de alejamiento cívico de la Gran Tierra y a solidificar el apoyo a los grupos políticos y sociales contrarios a la reunificación. Pasó en 1996 y acontece ahora también. Sin embargo, a esa reacción se han unido la crítica y la movilización de terceros países, amplificándose el círculo de rechazo.

La segunda tiene que ver con el giro estadounidense hacia Pekín. Las muestras de apoyo a Taiwán por parte de la Casa Blanca se han multiplicado desde 2016. La aprobación de la Ley de Iniciativa de Protección y Mejora Internacional de los Aliados de Taiwán (conocida como Ley TAIPEI) en 2020, supuso la interposición de un dique en la sangría de aliados que amenazaba con desbordarse.

El consenso bipartidista en torno a Taiwán es de las pocas cosas que unen a demócratas y republicanos en Washington. Esto se ha visto acompañado de la definición de nuevos instrumentos para superar el aislamiento, como el llamado Marco Global de Cooperación y Formación, lanzado para promover la participación internacional de Taiwán.

En tercer lugar, la propia imagen de la isla y el repunte de su valor estratégico. Ello es perceptible tanto en su gestión de la pandemia de la Covid-19 como también en su papel en la fabricación y comercialización de semiconductores (65 por ciento del total global). En la misma línea habría que considerar la exaltación de los valores liberales y democráticos de su sistema político que sitúa en abierta contradicción con aquellos que inspiran a China continental y que a la postre cercenarían la vigencia del principio “un país, dos sistemas” en Hong Kong alimentando la renuencia taiwanesa. La adscripción a la comunidad de “valores e ideas afines” trae consigo, en el contexto de la intensificación de la tensión entre China y Occidente, la multiplicación de los gestos de solidaridad con Taipéi y de condena de Pekín.

La idea de que la magnitud de los desafíos globales es tan grande que la comunidad internacional no puede permitirse el lujo de prescindir de un Taiwán que representa la 21ª economía del mundo

En cuarto lugar, la idea de que la magnitud de los desafíos globales y la urgencia de acometerlos es tan grande que la comunidad internacional no puede permitirse el lujo de prescindir de las contribuciones de un Taiwán que representa la 21ª economía del mundo y es el 15º exportador mundial. Es el caso concreto de la salud pública, el medio ambiente y el cambio climático, la cooperación económica o la red de seguridad policial internacional. Estos ejes marcan el rumbo esencial de las reivindicaciones de Taipéi a la hora de instar la participación en la Organización Mundial de la Salud, la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, en plataformas regionales como el CPTPP, la Organización de Acción Civil Internacional o la Interpol.

A la participación de Taiwán en estos foros, Pekín objeta su peculiar status internacional en virtud de la resolución 2758 de la ONU –proclamada hace ahora 50 años- y la negativa del actual gobierno en Taipéi a aceptar el principio de «una sola China» (asumido durante el periodo de gobierno del Kuomintang entre 2008 y 2016 facilitando una tregua diplomática temporal y cierto nivel de inserción internacional a título de «observador»).

La cuestión es que lejos de circunscribirse el disenso a los términos bilaterales al uso, lo que se está generando actualmente es un efecto arrastre de determinados países y actores internacionales que aun sin instar el reconocimiento diplomático formal optan por reforzar alternativamente su compromiso con las autoridades de la isla.  De este modo, aspiran a amortiguar las consecuencias del veto de Pekín.

En el caso de organizaciones intergubernamentales como la Interpol, con estatuto de colaboración con las Naciones Unidas pero ajena formalmente a su sistema, la importancia de las brechas de seguridad en ámbitos como el blanqueo de capitales, la ciberdelincuencia, el tráfico internacional, etc., aconsejaría la definición de fórmulas alternativas que posibilitaran el acceso al sistema mundial de comunicación policial o a las bases de datos criminales, por ejemplo. 

Es mucha la tela que queda por cortar y se aventura una dura pugna con intensa proyección global. Lo menos que puede decirse tras años de lo que se antojaba un repliegue imparable de Taipéi es que, en esto, aún queda partido por jugar. 


Xulio Ríos es director del Observatorio de Política China. Su último libro publicado es La metamorfosis del comunismo en China, Factoría K de Libros.