Por primera vez en la historia de nuestra democracia, las elecciones de hoy en Castilla y León van a resultar determinantes para el diseño de futuro de uno de los líderes de los dos grandes partidos nacionales: Pablo Casado.

Y no es que a Pedro Sánchez le sea indiferente el resultado de los comicios de hoy, que no lo es. Pero quien ha puesto toda la carne en el asador para convocar estas elecciones anticipadas, que habrían de jugar el papel de un peldaño más de los varios que tiene preparados para facilitarle el acceso al Gobierno de España, es el presidente del Partido Popular. 

De modo que es desde su particular punto de vista desde el que deberemos examinar los resultados que esta noche arrojen las urnas.

Si el PP perdiera frente al PSOE o si ganara pero no pudiera gobernar se abriría una crisis dentro del partido que haría temblar los cimientos del pedestal de Casado

Naturalmente, para el presidente del Gobierno, el solo hecho de romper una inercia de más de 30 años de gobiernos de la derecha en esa comunidad ya supondría un éxito formidable aunque eso no le asegurara de ninguna manera una victoria futura en las próximas elecciones generales.

La verdad es que no es previsible a estas horas que el PSOE gane al PP en estos comicios. Pero que existe esa posibilidad lo demuestra que el propio Pedro Sánchez, que no tenía intención de participar en la campaña más que lo mínimo imprescindible, ha cambiado de estrategia y ha multiplicado su presencia en el territorio.

La razón de ese cambio la formularon hace dos días los propios socialistas: “Hay partido”, dijeron. Eso significa que no está descartado que el PSOE consiga sumar apoyos de los pequeños partidos provincialistas y quizá el de un Ciudadanos cuyo futuro electoral inmediato es ahora mismo una incógnita.

Sabiendo el candidato Francisco Igea, como sabe, que no va a poder mantener los 13 escaños de los últimos comicios, se debate en la duda de si va a ser capaz de lograr algo más que el único escaño -el suyo- que le otorgan algunos de los sondeos publicados, o incluso que puede perder hasta ése y desaparecer como fuerza política también en el territorio castellano y leonés. 

También está en el aire el futuro de Podemos, que ha luchado hasta el último minuto para sobrevivir con los dos únicos diputados conseguidos en las elecciones de 2019 y que, hay que decirlo una y otra vez porque es extraordinariamente llamativo, no ha contado con la ayuda de la que se supone que está destinada a ser la líder de la formación morada en el futuro. Yolanda Díaz solo se ha molestado en acudir una sola vez y a un pueblo de Valladolid que tiene alcalde de Izquierda Unida. 

Con la suma de todos estos elementos, teniendo en cuenta siempre la radical incompatibilidad de Ciudadanos con Podemos, podría quizá el PSOE formar gobierno, una réplica de la fórmula Frankestein que tantos dolores de cabeza le está dando al presidente Sánchez en el Gobierno nacional.

El éxito para el PSOE sería que habría cortado de raíz la estrategia de Pablo Casado al que habría asestado un golpe de muy considerables dimensiones. Pero lo que se juega hoy aquí es el proyecto electoral escalonado que ha puesto en marcha el presidente del Partido Popular envalentonado tras el éxito arrollador de Isabel Díaz Ayuso en las elecciones anticipadas convocadas por ella el 4 de mayo pasado.

Y se juega también el proyecto político acariciado y formulado públicamente según el cual no sólo Díaz Ayuso, no sólo Alfonso Fernández Mañueco, no sólo Alberto Núñez Feijóo, no sólo Juanma Moreno Bonilla sino él mismo en el futuro, cuando sea presidente del gobierno, se dispone a gobernar en solitario. Eso traducido a la práctica política significa que no tiene intención de gobernar con Vox. Ni en las autonomías ni en ese futuro hipotético gobierno de la nación.

Y esa es precisamente una de las cosas que está en duda hoy porque la precampaña y la campaña del PP ha ido de más a menos y la de Vox ha ido de menos a más. 

La primera mitad de la campaña popular fue, en opinión de muchos, un error porque quiso emular la de Isabel Díaz Ayuso en Madrid que, como se sabe, lleva confrontando con el Gobierno central desde el comienzo de la pandemia y porque ella se lanzó a proponer, a partir de esa confrontación, una disyuntiva que en Castilla y León es muy dudoso que tenga el mismo eco y por lo tanto la misma respuesta: la disyuntiva entre socialismo y libertad.

La realidad de Castilla y León es muy distinta a la realidad madrileña y sus problemas, sus conflictos y sus necesidades no tienen nada que ver con los que sufre la Comunidad de Madrid. Por eso, en mitad de la campaña el PP cambió de registro y se metió más de lleno en los problemas de la tierra.

Vox simplemente se ha hecho presente. Ha dicho “aquí estamos” y con un candidato perfectamente desconocido para la mayoría y la presencia constante en el territorio de Santiago Abascal, ha ido subiendo en los sondeos -más que por su programa, porque está recogiendo el cabreo de muchos votantes-hasta constituir una auténtica amenaza para los propósitos del presidente del PP.

Ahora queda por saber cómo responden los electores, pero si Vox alcanza los 10 diputados ya ha dicho que reclamará entrar en el gobierno castellano y leonés. Eso desbarataría de un solo golpe las estrategias tanto de corto como de largo plazo de Fernández Mañueco y del propio Pablo Casado.

Porque, salvo lo declarado abiertamente por Isabel Díaz Ayuso “Mejor pactar con el partido de Ortega Lara que con quienes pactan con los que lo secuestraron”, el resto de los dirigentes del PP huyen de la mera proximidad con Vox como de la peste.

Y no es tanto por incompatibilidades ideológicas -que las hay y muy importantes- como porque no albergan ninguna duda de que un pacto de esa naturaleza les sería restregado por la cara por el PSOE y otros partidos de izquierda que parece que no tienen ningún reparo, sin embargo, en pactar con partidos contrarios a la Constitución y defensores de la ruptura de España, o con un partido, como es Bildu, que pone al frente de sus filas a un líder de la banda terrorista ETA.

Esa desigualdad en la consideración política de la decencia profunda de ciertos pactos la tiene perdida desde hace mucho el Partido Popular, siempre temeroso de que sus juzgadores le arrebaten el calificativo de moderado y lo condenen por a las calderas del infierno donde se cuece «la ultraderecha». Pero el hecho es que Vox está ahí y que, al menos en los sondeos, sus perspectivas son excelentes. Ése es el dilema -qué hacer respecto de Vox- que previsiblemente se le va a plantear al PP a partir de la noche de hoy.

Pablo Casado se juega también en estas elecciones la fortaleza de su liderazgo al frente de su partido. Si su partido perdiera frente al PSOE o si ganara pero no pudiera gobernar se abriría una crisis dentro de su formación política que podría hacer temblar muy seriamente los cimientos de su pedestal de presidente del PP.

Según hablen las urnas y según resuelva el PP su gobierno en este territorio, se puede abrir en el PP un período incierto y lleno de tensiones internas que a saber en qué acabarían terminando. Aunque Mañueco quisiera desviar la cuestión diciendo aquello de que «en estas elecciones me la juego yo, no Pablo Casado» es un hecho que Casado se juega mucho, pero mucho, en las elecciones de hoy. Así que, por el bien de su futuro, más le vale ganar esta noche con la suficiente holgura como para que el PP siga gobernando en Castilla y León.