Si algo sabe hacer bien el PP es organizar congresos. Este le ha salido extraordinario. El factor campo ha influido. Sevilla no sólo ha sabido crear el marco idóneo para el advenimiento del nuevo líder, sino que Juanma Moreno Bonilla se ha erigido en su principal valedor. De tal forma que el PP post Casado emerge como un partido en cuya dirección pesan casi tanto los hombres de confianza del presidente de la Junta de Andalucía como los que vienen de la mano de Alberto Núñez Feijóo.

Ni en tiempos de Rajoy la facción gallega había tenido tanto peso en Génova, ni en tiempos de Arenas el PP andaluz había alcanzado tal cota de influencia en la dirección nacional.

Veamos el cogollito del poder. A Cuca Gamarra (secretaria general) la propuso Feijóo; a Elías Bendodo (coordinador general), Moreno Bonilla; a Esteban González Pons (vicesecretario general), Feijóo; a Juan Bravo (política económica), Moreno Bonilla; a Miguel Tellado (organización territorial), Feijóo. Carmen Navarro (políticas sociales) es un nombramiento de consenso y un gesto hacia el PP de Castilla La Mancha. Pedro Rollán (coordinación autonómica) es el premio de consolación para el PP madrileño.

Isabel Díaz Ayuso, sin embargo, no hará un ruido. Su equipo se muestra conformista, aunque no feliz. La presidenta madrileña ha logrado que Feijóo le garantice la celebración del próximo congreso de Madrid en fecha próxima, donde saldrá elegida presidenta por abrumadora mayoría. Pero, sobre todo, ha conseguido quitarse de encima la sombra de la sospecha, ese mal rollo que alimentó el desaparecido Teo García Egea y que llevó al partido a los días aciagos del mes de febrero y, como culminación, a la salida de Casado y a la celebración de este XX Congreso.

Decía Victoria Prego ayer en estas páginas que en Sevilla los que escucharon a Núñez Feijóo se dieron «perfecta cuenta de que el presidente gallego es el líder que les puede sacar, que les ha sacado ya, de la postración interior pero además que les puede llevar a ser, de nuevo, el partido que gobierne España tras las próximas elecciones». Seguro que tiene razón. Pero esas mismas personas que le aplaudieron a rabiar, o casi las mismas, fueron las que aclamaron a Casado en la Conferencia Nacional del PP que se celebró no hace tanto (el 2 de octubre pasado) en Valencia.

Es verdad que, objetivamente, Núñez Feijóo ofrece más garantías que Casado. Ya hemos hablado de su experiencia de gestión, de que sabe ganar elecciones, etc. El presidente gallego llega a Génova con casi cuatro años de retraso, pero, eso sí, con un apoyo de casi el 100% de los compromisarios. La militancia del PP ve en él la posibilidad de triunfo, pero ahora le toca lo más difícil, ganarse la confianza de la calle.

Me gusta que haya definido su manera de hacer oposición: dureza pero no descalificación; posibilidad de pactos de Estado con el PSOE; puesta en valor del estado autonómico; bilingüismo; alejamiento del populismo patriotero, etc. Eso le acerca más a la «España real», como el propio Feijóo dijo en su discurso tras ser elegido presidente. Una España que, por ahora, no es tan cainita como sus políticos.

Tras el Congreso de Sevilla, ahora le esperan al líder del PP los meses más difíciles de su carrera política

Pero eso no es suficiente. España se encuentra en una situación de emergencia. El PP tiene que presentar ante la sociedad una alternativa realista, creíble, de Gobierno, lo que pasa por una serie de medidas económicas duras, muy diferentes a las que está aplicando el Gobierno. El líder de la oposición tiene que decir cuál es su postura no sólo sobre la invasión de Ucrania, sino sobre el papel que debe jugar España en la OTAN y sobre los gastos de Defensa. Tiene que dar a conocer las líneas maestras de su política exterior, incluido el Sáhara.

Va a tener que tragarse sapos. Por ejemplo, si cierra la renovación del Consejo General del Poder Judicial, lo que supondría un cambio radical respecto a la posición de Casado. Sánchez, por otro lado, no se lo va a poner fácil. Los pactos de Estado necesitan de la voluntad de las dos partes y el presidente tiene unos socios que van a estar en contra de normalizar la relación con el PP, suponiendo que Sánchez esté dispuesto a pactar con el PP.

La línea Feijóo no tiene nada que ver con el ideario de Vox, pero la realidad es que en Castilla y León el PP gobierna -cuando se pueda formar gobierno- con Vox y, probablemente, en Andalucía, tras la próximas elecciones, también tenga que echar mano de Vox para gobernar. Y, a no ser que se produzca un cataclismo, tras las próximas generales tendrá que elegir: o pactar con Vox, o permitir otro gobierno Frankenstein.

Vox, lo queramos o no, nos guste o no, está ahí y ha venido para quedarse, y todas las encuestas le dan como tercera fuerza y en alza.

Seguramente Feijóo es la mejor medicina que puede aplicar el PP para reducir la fiebre de Vox, pero no se le pueden pedir peras al olmo. En apenas año y medio que queda para las generales no hay tiempo para que el PP tenga opciones de gobernar en solitario. Definir una estrategia que compagine el debilitamiento del partido de Abascal con la habilidad de no cabrear a sus votantes es algo ciertamente difícil. Es, de hecho, uno de los grandes fracasos de Casado.

Al nuevo presidente del PP le esperan unos meses difíciles, de vértigo, con todos los partidos deseando que se pegue un tortazo, pero es en los tiempos recios donde se ve la talla de los verdaderos líderes. Desde estas páginas le avisamos -y no será por nosotros-: no va tener los cien días de gracia que ha pedido en Sevilla.