La decisión que modificó la posición española sobre el Sáhara nada tiene que ver con la diplomacia. Conocida hace tres meses gracias a Marruecos –ya es empezar muy mal que fuera ese país, en sus propios términos, vocabulario e intereses, el que el que dio la noticia— arrastra gravísimas consecuencias nacionales, geopolíticas y energéticas. Es asombroso que no haya habido hasta ahora nadie que asuma esa responsabilidad, como fue asombroso que no se diera ninguna explicación a un giro radical en la política exterior de los últimos casi cincuenta años.  

El pasado 18 de marzo supimos, y no precisamente a través de La Moncloa, que el presidente del Gobierno había escrito unos días antes una carta al rey de Marruecos en la que valoraba el plan marroquí de hace 15 años de una autonomía para el Sáhara Occidental como «el más serio, creíble y realista para la solución de esta disputa». De un plumazo, Pedro Sánchez, poco amigo de «lo que estorba», prescindió de esa continuidad en política exterior, de las resoluciones de Naciones Unidas, del estatus de las partes en el conflicto –Marruecos es ocupante, mientras que el legítimo representante de los saharauis es el Frente Polisario– y de las responsabilidades de la potencia administradora, España. También tiró a la papelera el punto del programa electoral del PSOE de 2019, que hablaba del respeto a la autodeterminación del pueblo saharaui. 

Dejando de lado –aunque no es fácil— aquella misiva mal traducida del francés, salpicada de erratas y errores y filtrada en esas condiciones a un medio de comunicación, la maniobra anticipó desde el principio el carácter amateur y aventurero de toda una operación que poco a poco exhibe sus resultados: una crisis política, económica y comercial con Argelia de peligrosas ramificaciones, la implicación de Bruselas en esta crisis en plena guerra de Ucrania y en medio del desquiciamiento del sector energético europeo y el desequilibrio geoestratégico en el Mediterráneo. Una chapuza política cocinada en La Moncloa. Es evidente que el excelente cuerpo diplomático español, que cuenta con prestigiosos profesionales en el Mediterráneo, ha sido excluido e ignorado – tanto en la forma como en el fondo- en este golpe de timón de nuestra política exterior.

Las explicaciones del Gobierno sobre estos despropósitos han sido pocas, pero malas. La apariencia es que a Marruecos se le da todo a cambio de nada»

Las explicaciones del Gobierno sobre estos despropósitos han sido pocas, pero malas. La apariencia es que a Marruecos se le da todo a cambio de nada. Desde luego se le regala el cambio en la postura histórica española de casi 50 años sobre el Sáhara sin resultados prácticos, sin contrapartidas aparentes. Con veladas alusiones a la presión de las corrientes migratorias, que se supone que será controlada; sin garantías en cuanto al futuro de Ceuta y Melilla y bajo la fuerte sospecha de que el Gobierno ha sido víctima de un chantaje con las escuchas de Pegasus

Mientras no se conozca la verdad, lo normal es que las dudas existan; lo normal es que nos sigamos preguntando el porqué de este caos. 

Son muy insuficientes las generalidades que apunta la mencionada carta en el sentido de que era necesario cerrar la crisis diplomática que se arrastraba con Marruecos, lo cual es una obviedad para cualquier gobierno español. Es evidente que España ha actuado con debilidad ante Marruecos, que se cobró la cabeza de la ministra de Exteriores tras la crisis motivada por la atención hospitalaria al líder del Frente Polisario Brahim Ghali, hace 14 meses. Esa torpe operación se vio sucedida por la avalancha de inmigrantes en situación irregular en Ceuta en mayo de 2021 prácticamente empujados por el Gobierno marroquí. En esas fechas, las comunicaciones telefónicas del presidente del Gobierno y de algunos ministros eran espiadas vía Pegasus. 

Después del giro drástico sobre el Sáhara y con todo este telón de fondo, tanto Sánchez como la vicepresidenta Teresa Ribera y el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, reiteraron que no iba a haber problemas con Argelia: «La relación está asegurada», dijeron. A las pocas semanas ha ocurrido lo que ya sabemos: Argelia retiró a su embajador y cerró uno de sus gasoductos destinado a España, anunció el encarecimiento de los precios del gas y suspendió el Tratado Bilateral de Amistad y Cooperación

La debilidad que sintió Marruecos la olfateó también Argelia, que se lanzó a insultar al ministro Albares y a pedir su cabeza. Albares prefiere no contestar a los insultos, dice que el objetivo es «el diálogo y la diplomacia» -¡la diplomacia!- y recuerda que es un problema de la UE, y que Bruselas ha criticado enérgicamente las decisiones que discriminan a un socio comunitario. Sin duda es así.  Por eso es más increíble todo este desatino de gestión gubernamental, que no consultó sus pasos ni con la UE ni con la oposición; en realidad, ni con el propio Gobierno, porque la mitad de sus miembros no estaban al tanto del giro radical sobre el Sáhara. 

Bruselas respalda a España en público, como debe ser. En privado, me consta que los europeos están tan perplejos como los españoles ante esta exhibición de aventurerismo aficionado»

Y Bruselas respalda a España, claro, pero en público, como debe ser. En privado, me consta que los europeos están tan perplejos como los españoles ante esta exhibición de aventurerismo aficionado. Porque a nadie se le escapa la inoportunidad de este desaguisado, precisamente en pleno incendio de Ucrania y del terremoto en el este del continente. Justo cuando el Mediterráneo debería actuar como contrapeso y factor de estabilidad política y energética, pasa lo contrario. 

Y cuando todo favorecía la posibilidad de que España jugara un papel de liderazgo en la región con los actores implicados ocurre lo opuesto. Mientras tanto, China intenta expandir en el Magreb el nivel de liderazgo que ya ha conseguido en el resto de África y en Latinoamérica, y Rusia amplía su influencia en el Mediterráneo tratando de fortalecer sus alianzas. Y Albares -como quien mira al dedo que apunta a la luna- intenta esconder sus responsabilidades apuntando a las relaciones ruso-argelinas para justificar una catástrofe anunciada en política exterior. 

La geopolítica, como la naturaleza, odia el vacío, y ahí está la ironía: sin garantías de que su apuesta por Marruecos dé resultados, el vacío que España se ha ganado a pulso con Argelia ha sido rápidamente ocupado por las nuevas relaciones de este país con Italia, Alemania y Francia. 

¿Hay alguien al mando? 


Soraya Rodríguez es eurodiputada en el Parlamento Europeo en la delegación de Ciudadanos