Semana decisiva. La ruptura de las negociaciones para la renovación del CGPJ augura un año cargado de tensión, con un calendario electoral endemoniado, con dos citas que determinarán el futuro político del país, y en un escenario económico muy complicado.

Precisamente porque el foco ha estado centrado en esa inesperada ruptura, dos datos han pasado de puntillas por las portadas de los informativos. El primero, la Encuesta de Población Activa (EPA) que se conoció el jueves por la mañana. Lo primero que revela la EPA del tercer trimestre es un frenazo del empleo, que, en términos anuales, ha pasado de crecer al 4% a un modesto 2,5%. Estamos hablando, ¡ojo!, del trimestre de verano, tradicionalmente bueno por ser la temporada alta para el turismo. La economía española generó 77.700 empleos, cuando lo habitual en verano es crear en torno a 200.000 empleos. Y, lo peor de todo, de esos empleos 77.700, dos tercios (52.300) se crearon en el sector público (52.300), fundamentalmente en los sectores de sanidad y educación.

Ese mal dato del empleo auguraba un parón económico que, efectivamente, se confirmó con el dato del Instituto Nacional de Estadística (INE) correspondiente a este tercer trimestre, y que se conoció el viernes de mañana, cuando los dos grandes partidos se tiraban los trastos a la cabeza por la ruptura de la negociación para renovar el órgano de gobierno de los jueces. El crecimiento en el tercer trimestre ha sido de un o,2% (veníamos de crecer un 1,5% en el segundo trimestre). Una parte importante de ese crecimiento ha tenido su origen en el consumo, que subió un 1,1% en el verano libre de Covid tras dos años de restricciones. Las exportaciones también han crecido, pero paradójicamente porque España ha exportado electricidad subvencionada por el Gobierno a Francia y Portugal.

Todo apunta a un cuarto trimestre de crecimiento negativo y a un primer trimestre de 2023 también en rojo. Por ejemplo, el BBVA Research prevé una recesión técnica con crecimiento negativo del 0,3% en esos dos trimestres consecutivos.

El escenario central del Banco Central Europeo (BCE) para la UE es exactamente ese: recesión técnica con crecimiento negativo en el cuarto trimestre de este año y el primero de 2023. Es decir, que el entorno no va a ayudar a España, sino más bien lo contrario.

Por otra parte, es verdad que la inflación se ha relajado algo (7,3%) este mes, por el menor coste de la electricidad y el gas. Pero la inflación subyacente se estanca en el 6,2%, lo que augura un panorama de elevados precios a medio plazo, lo que obligará al BCE, que ha subido los tipos al 2%, a seguir encareciendo el precio del dinero, a riesgo de agudizar el peligro de recesión.

A final de este año y a principios del que viene se negocian una gran cantidad de convenios en los que, con la inflación cercana a dos dígitos, los sindicatos intentarán que los salarios no pierdan poder adquisitivo. Los llamados ‘efectos de segunda ronda’, que ahora, según el Banco de España, no se perciben empezarán a notarse en el primer semestre del 2023.

A la recesión económica que se avecina hay que sumar una situación política irrespirable, en la que el Gobierno y la oposición han cerrado definitivamente toda posibilidad de acuerdo

Todo ello suponiendo que la guerra en Ucrania se mantenga en unos niveles como los actuales y no pase a mayores.

Pedro Sánchez cree que tiene en su mano los resortes suficientes como para que la crisis económica se note lo menos posible y así poder remontar las encuestas e incluso tener aspiraciones a volver a gobernar junto a sus socios actuales.

De hecho, el Presupuesto de 2023 es un instrumento para ese fin. Un aumento de gasto como el que contemplan las cuentas públicas cuando se avecinan meses de crecimiento negativo sólo se justifica por la necesidad de ganar las elecciones al precio que sea, aunque ello suponga incrementar de manera alarmante la deuda y el déficit.

A Sánchez no le va a temblar el pulso si tiene que apretar el acelerador del gasto más allá de lo que contempla ese Presupuesto abultadamente expansivo.

La economía puede ir mal o bien, lo importante es que se gestione con un criterio sensato, pensando no en el cortísimo plazo, sino en como salir del atolladero sin hipotecar en exceso a los que vengan después.

Y, no lo duden, lo que ha ocurrido con la negociación de la renovación del CGPJ marcará a fuego la relación entre los dos grandes partidos durante el próximo año, haciendo imposible cualquier acuerdo para afrontar de una forma consensuada los difíciles momentos a los que nos vamos a enfrentar.

El choque frontal entre el Gobierno y la oposición va a exacerbar las tensiones sociales y no va a favorecer acuerdos para amortiguar la crisis con los consiguientes sacrificios que habría que asumir. Un ejemplo, con una subida de las pensiones como la que ha aprobado el Gobierno y unos salarios públicos que subirán en torno a un 4% (teniendo en cuenta todos sus componentes), al sector privado le va a ser muy difícil sustraerse a esa elevación de costes, independientemente de la situación de las empresas.

Sánchez ha contribuido a hacer un peligroso cóctel en el que se mezcla la extrema derecha, los empresarios, los banqueros y las eléctricas, todos ellos, los privilegiados, pastoreados por un Núñez Feijóo que no defiende los intereses de la mayoría, de la gente, o como se repite ahora machaconamente, la «clase media trabajadora».

Un Sánchez, no lo olvidemos, que va a tener que seguir haciendo cesiones a sus socios y coaligados, Podemos (o la marca que sea), ERC, Bildu, etc.

El líder del PP debería haber contemplado todos estos elementos antes de dar por muerta la negociación sobre el CGPJ. A él le interesaba más que a nadie marcar su perfil de hombre de Estado. Al tirar por tierra el acuerdo (entre otras cosas por presiones internas) ha mostrado una debilidad en su liderazgo que le lastrará mucho más de lo que él piensa.

Por eso pienso que lo que nos espera en el próximo futuro es una depresión, no sólo en su sentido económico, sino en el más profundo, aquel que avoca al pesimismo, y que se produce no cuando hay que afrontar una situación difícil, sino cuando no se percibe una salida al final del túnel.