Opinión EL GOLPE

Las lágrimas de Irene Montero y la vida de Pedro Sánchez

Belarra y Montero se abrazan en el Congreso.

Belarra y Montero se abrazan en el Congreso. EFE

Los presupuestos se debaten y aprueban entre la bronca y el bostezo, con los socios contando las monedas en sus panderetas, como tunos; con calvas clamorosas y antipatrióticas en el Hemiciclo, como calvas en un concierto de Rosa de España, y con Irene Montero llorando porque se metieron con ella exactamente como Pablo Iglesias se metía con Ana Botella. Los presupuestos van saliendo con un soniquete de lotería de Navidad, de sueño y sobresaltos entre los hojaldres y cascabeles nacionales, con los diputados viendo el Mundial y con el presidente de color berenjena, con traje como de Willy Wonka, yendo de su escaño azul de chocolate Suchard a las nubes. “La innovación en la nube como oportunidad para España” era precisamente un sarao en el que estuvo Sánchez, quizá para reivindicar el concepto como propio, mientras en el Congreso el personal se preparaba para apretar botones como Homer Simpson en el curro.

Los presupuestos se aprueban, las leyes se cambian o se pisan, y la sedición será ya como la polio, una cosa triste, lejana y aparatosa, como un buzo antiguo. Es curioso porque los presupuestos vienen con números ya caducados por la propia velocidad de la crisis, pero el más actual y peligroso de los delitos alrededor de nuestra política, que es alzarse contra la autoridad y los tribunales, ha desaparecido como el corsé. La utilidad de lo caducado, la supresión de lo eficaz, así funciona la cosa en la nube sanchista. Se tramitan como salvación unas cuentas inventadas, como se tramitan como salvación leyes retóricas, pero se eliminan las pocas protecciones que tiene el Estado de derecho ante los enemigos declarados del Estado y del derecho. Y todo esto nos lo cuelan en tardes larguísimas, taurinas, llenas de un barullo de votaciones, enganchones, siestas, esprines y carrusel deportivo, que quizá es una manera de intentar que la confusión pueda con la lógica y hasta con la indignación.

Los presupuestos se debaten y se aprueban junto con otras morcillas y premuras, todo en una velocidad de cuesta abajo que parece la velocidad de cuesta abajo del sanchismo. Vienen los alegres presupuestos con alegres adioses también, el adiós a la sedición, que les parecía una cosa como el pie de trinchera, una enfermedad austrohúngara de tiempos austrohúngaros, y el adiós a la Guardia Civil en las carreteras de Navarra, que las parejas de civiles les parecían Quijotes y Sanchos de un españolismo de queso y porrón. Para que lleguen los presupuestos tienen que desaparecer delitos y hasta tienen que desaparecer físicamente los que persiguen el delito, sin que esto tenga que parecerle sospechoso a nadie, que eso es crispar o es exagerar.

Cuando Pablo Iglesias acusaba de lo mismo a Ana Botella, no era violencia política sino sólo verdad reveladora y hasta redentora

El Estado adelgaza en autoridad y en dignidad pero engorda en impuestos, que también estas tardes festivaleras traían el impuesto a la banca, a las eléctricas y quizá a la papada, que yo creo que sería el más igualitario y redistributivo de todos los impuestos. La verdad es que los impuestos, así en bruto, con su peso de botín y de rico desherrado, no importan tanto como adónde van, pero ése es otro asunto. El caso es que, entre las curiosidades o contradicciones de Sánchez con el dinero y con su justicia evangélica, está eso de que hayan salido beneficiados los gigantes del streaming. Yo creo que no es sólo para aumentar la confusión y el despiste (Netflix llama más la atención que un guardia civil perdido por los caminos con longaniza y hogaza, como el Algarrobo, ese glotón con glotonería hasta de aliteraciones). Puede que Sánchez sólo intente que por fin pongan en algún sitio su serie, que teniendo en cuenta cómo cuida él la producción y la figuración, yo la imagino grandiosa, algo entre El ala oeste de la Casa Blanca, Juego de tronos y Con ocho basta.

Con algo de drama y algo de aburrimiento, en este largo debatir, refunfuñar o sobreactuar del Congreso no faltó ni la redención entre lágrimas de Irene Montero. Montero estaba grogui con su ley fallida, su altanería irredenta y sus jueces machirulos, y en eso que Vox la rescata ofreciéndole su papel favorito, el papel de víctima. Montero, sola en su bancada azul, parecía una troyana o una Escarlata O’Hara señalando al fascismo y prometiendo enterrarlos en el mar o algo así, en plan Alberti desbocado. Se quejaba Montero de “violencia política”, que lo es, pero parece que es una violencia que sólo funciona en un sentido. Cuando Pablo Iglesias acusaba de lo mismo a Ana Botella, no era violencia política sino sólo verdad reveladora y hasta redentora. Igual que cuando insultan a Ayuso, algo que merece siempre la indulgencia plenaria de la izquierda. El caso es que, hasta como víctima, o precisamente por víctima, Montero no puede sino seguir demostrando que para ellos la violencia, el machismo, la moral, los derechos, la paz, la verdad, y todo en realidad, son sólo armas políticas vacías de significado.

Los presupuestos se aprueban, las leyes se desangran o se revuelven contra las propias leyes, aplauden los indepes y llora Montero como en una telenovela de rancheros. Los presupuestos se aprueban, el Código Penal se lo come el perro, los ricos recibirán su merecido y los pobres seguramente recibirán lo de siempre, o sea poco. Hasta se debatirá la ley Trans, como para aportar su jeroglífico de constelaciones de género a la confusión de estas largas sesiones. Un barullo, vamos, que ya no sabe uno si Sánchez quiere que los guardias civiles se cambien de sexo o quiere regalarle a Netflix un bono para que sus prebostes viajen en esos trenes vacíos pero henchidos de la España de Sánchez, vacía pero henchida.

Sánchez está de oferta, Sánchez tiene prisa, Sánchez está que lo tira. En el Congreso como una batidora, se han debatido y aprobado no presupuestos ni leyes, sino la supervivencia de Sánchez, que requiere mucho y lo requiere rápido. En estas largas y promiscuas sesiones, el presidente de traje berenjena, traje como de Joker, se jugaba nada menos que la vida. Y seguir con vida nunca es caro, sobre todo cuando pagan los demás.

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