Lucha por el poder en Ciudadanos mientras las encuestas dan al partido naranja un 2% de los votos y ningún escaño.

En abril de 2019 -todavía no han pasado cuatro años- a C’s le votaron 4,1 millones de personas, obtuvo 57 escaños y se quedó a sólo 9 de los que logró el PP, entonces en pleno declive.

De rozar el cielo, a la nada. ¿Qué ha ocurrido para que un partido que levantó una enorme expectativa, sobre todo entre la juventud, se haya evaporado con tanta rapidez?

Sin duda, el principal responsable de esta decepción es el fundador del partido, Albert Rivera, ahora dedicado a la vida privada tras su paso discreto por un despacho de abogados, creyó que su oportunidad para arrebatarle el liderazgo del centro derecha al PP estaba al alcance de su mano y se olvidó de que a él le habían votado para que los nacionalistas no chantajearan al Gobierno.

En la debacle de Ciudadanos se juntan varios factores: no sólo la ambición personal de un hombre que midió mal sus posibilidades, sino también un problema de definición ideológica, no saber exactamente si se trata de un partido socialdemócrata -que lo llegó a ser, al menos, en sus comienzos- o liberal. Esa inconsistencia en los principios pasa factura cuando los vientos ya no soplan a favor.

A un partido se le vota por utilidad o por afinidad ideológica. Ahora, Ciudadanos está en un vacío existencial. Su irrelevancia le ha hecho desaparecer de uno de sus feudos, Andalucía, y amenaza con barrerlo del mapa en las elecciones municipales y autonómicas del mes de mayo.

En la apuesta de Bal no sólo hay una batalla por el liderazgo, sino un pulso por situar al partido en la equidistancia, de tal manera que pueda pactar con el PSOE y con el PP, al mismo tiempo

La victoria de Ciudadanos en las elecciones en Cataluña de diciembre de 2017, justó tras el intento de golpe de los independentistas, fue la constatación de que los catalanes no independentistas vieron en el partido de Rivera y Arrimadas el bloque más sólido para parar a los separatistas. La utilidad. A Ciudadanos le votaron personas que antes habían votado al PP y al PSC. Fue un acierto de Rivera convertir a Ciudadanos en un partido nacional, un error pensar que se podía repetir en España lo que había sucedido en Cataluña.

Tras las elecciones de noviembre de 2019 (en las que Ciudadanos se quedó con 10 escaños) Rivera dimitió y Arrimadas asumió el liderazgo del partido. Una herencia envenenada.

Arrimadas coqueteó con la sugerencia de Pablo Casado de fusionar al PP con C’s, una idea que nunca llegó a concretarse. Pero, al mismo tiempo, Ciudadanos apoyó en 2021 la moción de censura del PSOE contra el PP en Murcia y estuvo a punto de hacerlo en Madrid, cosa que no llegó a suceder porque Isabel Díaz Ayuso adelantó las elecciones. Eso fue un desastre, porque mucha gente no sabía muy bien a qué jugaba Ciudadanos.

Ahora Ciudadanos afronta su refundación. Arrimadas propone una nueva estructura orgánica, una copia del modelo del PNV; se habla de cambiar las siglas y el color que ha identificado al partido en los últimos años… Y en medio de ese debate, un tanto estéril, surge la figura de Edmundo Bal, portavoz parlamentario, brillante abogado del Estado, que quiere disputarle el liderazgo a Arrimadas.

No es sólo un lucha de egos -en todas las disputas por el liderazgo siempre hay una guerra de egos- sino un pulso por reorientar ideológicamente al partido. La prueba de ello fue la votación del Grupo de C’s a favor de la «ley del sí es sí», contra la opinión de la líder del partido.

En conversación con Bal este me insiste en que él es de centro: «Algunos de mis amigos de la Facultad, que son de izquierdas, que votan al PSOE o incluso a Podemos, me dicen que soy un ‘facha’; mientras que algunos amigos que votan al PP me dicen que soy un ‘rojo’. Pues bien, eso demuestra que estoy en el centro». Bal quiere que no haya socios preferentes, como ahora, sino que Ciudadanos pueda pactar con todos, exceptuando a Bildu y ERC. Y eso es cambio radical sobre lo que propone Arrimadas, que cree que Ciudadanos no puede pactar ni dar oxigeno a este PSOE en ninguna circunstancia.

Un ex dirigente de Ciudadanos tilda a Bal de «socialdemócrata disfrazado». «Él nunca ha estado cómodo pactando con el PP, lo que ocurre es que es un ‘anti sanchista’, pero si hubiera otro líder en el PSOE no sería de extrañar que pidiera ingresar en el Partido Socialista».

Bal insiste: «Es que yo no soy de derechas y Ciudadanos tiene que volver a colocarse en el centro». ¿Liberales o socialdemócratas?

Muchos de los que votaron a Ciudadanos en 2017 en Cataluña, después, en 2021, votaron a Vox. También hubo trasvase de voto de Ciudadanos al PP en las últimas elecciones autonómicas en Madrid, sobre todo en los barrios de clase media.

En la cena de Navidad que se celebró el viernes en un local de Cuatro Vientos, en Madrid, el ambiente fue más bien frío, aunque todos, incluido Bal, llamaron a la «unidad». Sin embargo, lo que los militantes tendrán que decidir en las primarias del mes de enero no es sólo quién va liderar el partido en las elecciones generales del año que viene, sino con qué ideología va a presentarse ante los electores.

Si la gente no ve a Ciudadanos (o como lo quieran llamar) como un partido útil e ideológicamente definido, es muy difícil que logre apoyos. Es el ser o no ser de un partido que levantó expectativas y esperanzas en millones de personas y que ahora puede estar a punto de desaparecer.