Un grupo, no muy numeroso la verdad, de estudiantes intentó reventar ayer el acto en el que se declaró «alumna ilustre» de la Facultad de Ciencias de la Información a la presidenta de la Comunidad de Madrid.

Los protagonistas del escrache llamaron a Díaz Ayuso «fascista» y «asesina», entre otras lindezas. Todo muy acorde con la visión que de ella tienen los líderes podemitas. Nada que sorprenda. Por muy malo que fuera el expediente académico de la presidenta de la Comunidad (cosa que desconozco), parece un exceso calificarla de «asesina»; pero, en fin, son cosas que pasan en la Universidad.

Curiosa fue la reacción al altercado de Juan Lobato, candidato del PSOE a presidir la Comunidad de Madrid en las próximas elecciones, y, por tanto, contrincante directo de Díaz Ayuso, quien la acusó de «ir a la Universidad a provocar». Eso me recuerda al típico comentario machista sobre las mujeres que visten falda corta. Los centros universitarios, dijo, «deben ser espacios donde no entre la política». Eso, que se lo diga a profesores como Juan Carlos Monedero o Pablo Iglesias, que dan clases en la Complutense y no paran de hacer política.

Pero aún fue más sangrante la reacción del ministro de Universidades (¡sí, aunque no lo crean, hay un ministro de Universidades!), Joan Subirats, que apoyó la protesta estudiantil, encuadrándola en el marco de la «libertad de expresión», y culpó a Ayuso de la «degradación de la Universidad pública».

Subirats es el promotor de la Ley Orgánica del Sistema Universitario (Losu), que ahora se encuentra en tramitación en el Senado, y en la que ni siquiera se ha fijado una obligación concreta por parte del Estado en la financiación de la Universidad pública. Tan sólo se apunta la aspiración de alcanzar el 1% del PIB en algún momento.

En esa misma Ley, ERC y EH Bildu introdujeron una enmienda que permite a los claustros adoptar posicionamientos ideológicos sobre temas sociales, políticos o económicos. Algo que, por ejemplo, ya hizo la Universidad en Barcelona cuando se produjo el 1-O, y cuyo pronunciamiento fue recurrido ante el Tribunal Supremo, que lo declaró ilegal por contravenir la libertad ideológica y de expresión.

El ministro de Universidades Subirats apoya el escrache a Díaz Ayuso, en el que un grupo de estudiantes la llamó «fascista» y «asesina»

Subirats quiere una Universidad de izquierdas, un terreno donde sólo quepan los planteamientos de los partidos que hoy componen el Gobierno -él está en el Consejo de Ministros en representación de la cuota de los comunes de Ada Colau– y de sus socios independentistas. Díaz Ayuso no cabe en ese marco estrecho en el que un liberal, como ella, queda inmediatamente asimilado a un «fascista» o a un «asesino».

La Universidad española lleva mucho tiempo a la cola de las mejores universidades europeas. Los gobiernos -en esto son tan responsables los de derechas como los de izquierdas- han tratado a la Universidad como un refugio para amiguetes o como una forma de devolver favores. El problema de la Universidad no es tan sólo de falta de medios (que lo es), sino de concepto. En lugar de fabricar universidades como churros, se tendría que haber optado por menos centros y mucho más especializados, a los que atraer a profesores y catedráticos de reconocido prestigio.

Para lograr esa aspiración, que implicaría retener talento y ofrecer oportunidades a los grandes investigadores que hoy están repartidos por todo el mundo, tendría que producirse un pacto entre los grandes partidos. Algo que hoy parece un sueño irrealizable. En lugar de eso, se ha apostado por una universidad (con minúscula) cada vez más ideologizada y menos ambiciosa intelectualmente.

El episodio de ayer en la Complutense y las reacciones que provocó son una muestra de esa pobreza intelectual.