Opinión

EL GOLPE

Bildu y los mariachis de ETA

El coordinador general de EH Bildu, Arnaldo Otegi, interviene durante la celebración del 12º aniversario de la creación de EH Bildu EP

Bildu llevará en sus listas a 7 asesinos de ETA y a otros 37 colaboradores de la banda terrorista, o sea como siempre, que no es que acaben de descubrir ahora al etarra con hatillo de sangre para esos ayuntamientos suyos con fuente municipal de sangre como de chacolí. Sólo el olvido puede llevar a que una noticia así, que en Euskadi es como hablar de la lluvia, genere sorpresa. Lo que es extraño es que la era de la paz zapateril aún no haya dado recambio para estos vinateros de la sangre, que allí les deben de parecer artesanos, como caldereros o esparteros que aún tienen que enseñar el oficio tradicional a la chavalería. Quiero decir que para haberse convertido todos en gentes de paz y democracia, celebrando esta época de paz y democracia, aún le dan mucha importancia y le muestran mucha fe al cartelón con etarra patibulario, a la aureola del etarra asesino, al preso con su saco tintineante de huesos, como la maraca de un mariachi del asesinato. Sólo un partido de mariachis seguiría llevando a tanto mariachi, digo yo.

Ahora que todo el mundo ha visto Maixabel, todos como con un ramo de lágrimas temblonas en el regazo, hay que recordar que la verdadera Maixabel, delante del verdadero Ibon Etxezarreta (está en el documental El final de ETA), resumía toda la psicología etarra en la manera en que Otegi justificó que mataran a Juan María Jáuregui: “había tomado partido”. Este 7 de mayo, por cierto, se cumplió el aniversario del asesinato de José Luis López de Lacalle, al que acribillaron cuando iba con una bolsa de periódicos en una mano y un paraguas rojo en la otra, como si mataran de un escopetazo a una alegoría. Otegi dijo entonces que con ese asesinato “ETA había querido poner sobre la mesa el papel de los medios de comunicación”. Si alguien que dice que “tomar partido”, o sea tomar tus propias decisiones, te puede hacer merecedor de la muerte, o que se puede asesinar a alguien para poner en una mesa una alegoría abatida, con alas de periódico arrancadas; si alguien que dice todo esto sigue ahí, donde estaba, perenne y sólo un poco más gordo, como el mariachi del guitarrón, es porque los suyos siguen sin ver inconveniente, reproche, ni siquiera mala publicidad en esas opiniones ni en esos recuerdos.

Bildu sigue siendo el partido de esa ETA de mariachis, una ETA que no ha desaparecido sino que se ha subsumido en la política, el folclore, el posibilismo y el peñismo"

En las listas de Bildu va lo que va, o sea todos estos mariachis de ETA, heroicamente fondones y calvotes como viejos tunos de la muerte, porque Bildu sigue siendo el partido de esa ETA de mariachis, una ETA que no ha desaparecido sino que se ha subsumido en la política, el folclore, el posibilismo y el peñismo. Otegi sigue ahí, sencillamente, porque no se ha movido, sigue pensando lo mismo y defendiendo lo mismo, como casi todos los suyos, o sea que tomar partido tiene consecuencias merecidas, que la patria sigue justificando la crueldad y la violencia, y que se pueden poner pajarillos sanguinolentos encima de la mesa como aviso, como chantaje o como publicidad. Es cierto que ya no son muertos, pero siguen siendo vidas. Las vidas de la gente que no opina como ellos, las vidas de los que siguen siendo aislados, acosados, humillados, expulsados, enterrados en su soledad casi peor que enterrados en la piedra. Y si no, váyanse a esos pueblos de ongi etorri y eterna retrospectiva de ETA, como si fuera la alfarería de la tierra expuesta orgullosamente en museos y fresqueras.

Viendo Maixabel puede dar la impresión de que toda la ETA, al final, termina como Ibon Etxezarreta, llorando cinematográficamente ante el monolito o la memoria del hombre al que él mismo asesinó (por un momento pensé que la cámara se iba alejar del túmulo y del abejeo de flores y lágrimas y que veríamos a Zapatero contemplando la escena desde la lejanía, ese cliché del cine). Por supuesto, ETA no acabó toda como Ibon. Ibon quedó y queda no entre los héroes de la paz sino entre los traidores a la patria. Como síntesis de la película, o mejor de la realidad, más que las escenas de perdón o arrepentimiento yo prefiero cuando se anuncia aquel “cese definitivo de la actividad armada”, con ese lenguaje como de infantita malcasada que terminan adoptando, ridículamente, estos arrogantes y fanáticos gudaris. Entonces, alguien del círculo de amigos de Maixabel comenta aliviado que por fin se acabó (lo siguen comentando, en barras, tertulias y editoriales, todavía ahora, o más que nunca ahora). Pero pronto otro advierte que no, que no se ha acabado, porque ellos, allí, no existen. 

Explicaba Ibon Etxezarreta, el real, que él no puede pedir perdón porque lo que hizo es “imperdonable”. Lo malo de esta gente de Bildu no es que hayan pedido perdón con la boca pequeñita, con la boca torcida o con la boca de asco, o que no lo hayan pedido siquiera. Lo malo es que no consideran todo aquello imperdonable. Al contrario, lo consideran lo más perdonable del mundo, lo consideran incluso heroico, tanto que aún tienen a sus asesinos y a sus soplones en cartelones, listas, tablaos y ferias de muestras, etarras que aún venden y aún inspiran, como si fueran futbolistas locales, como si Joaquín se presentara para concejal. Aunque basta con ver y recordar a Otegi, que resume como nadie la persistencia de la psicología etarra, algo que a ellos sólo les parece como la persistencia de la ranchera.

Con pistoleros, con vecinas, con curas o con mariachis, aún hay gente allí que no tiene derecho a existir, y eso no puede considerarse ni paz ni mera política. Bildu no puede considerarse mera política. Y eso que no es política ya saben ustedes lo que es, porque lo fue siempre y seguramente lo será durante mucho tiempo. Fíjense que ni se esfuerzan por que lo olvidemos, por que dejemos de verlos como etarras, que aún se pasean de etarras sin problema y sin pudor, como el mariachi se pasea de mariachi.

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