Los españoles se han acostumbrado a nadar a diario en un agua cada vez más caliente, y a lo mejor alguno termina por achicharrarse mientras recita soflamas y traga al ritmo de una hormigonera. Qué les voy a contar. Pero, pese a la abundancia de infamia, no conviene perder de vista la frontera que separa el bien del mal y mantener una actitud crítica con respecto a los elementos contaminantes con los que convivimos. El pasado 7 de octubre, Gonzalo Miró, cuyo sueldo procede del bolsillo de ciudadanos de toda sensibilidad política, realizó una intervención desde su programa en La 1 en la que se refirió de esta forma a la famosa comida del expresidente valenciano en el restaurante El Ventorro: “No sabemos qué pasó en esa comida tan larga de Carlos Mazón, no sabemos si estaba despierto, estaba dormido, si tenía los pantalones puestos o quitados o cuál era su tasa de alcohol en sangre…”.

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Unos días después, el 22 de ese mes, Javier Ruiz contactó en su programa --Mañaneros 360-- con una mujer, de nombre María del Mar, a la que presentó como una sanitaria de un hospital de Sevilla. El periódico ABC publicó el pasado jueves que esa señora era en realidad cocinera y que, por tanto, Ruiz había manipulado para acentuar su línea editorial sobre el caso de los cribados del cáncer de mama.

¿Rectificó el presentador? En absoluto. Como acostumbra, realizó el típico juego de trilero y llamó de nuevo a esa mujer para intentar convencer a la audiencia de que, pese a haber sido pinche de cocina durante más de 20 años para ese centro hospitalario, ahora ejercía de administrativa. ¿Era sanitaria? Evidentemente, no, pero, aun así, Ruiz se negó a pedir disculpas. Por cierto, la señora apareció sin bata y reconoció que era liberada sindical de UGT.

Dimisiones en la BBC

Unas horas después de ese momento, Tim Davie y Deborah Turness dimitían como director general de la BBC y como consejera delegada de BBC News; y lo hacían después de que el diario The Telegraph publicara un informe interno en el que se señalaban varios casos de mala praxis. En uno de ellos, se apreciaba cómo los noticiarios de la televisión pública británica manipularon un vídeo para transmitir que Donald Trump había incitado a la violencia durante el Asalto al Capitolio. El documento también incidía en que varios colaboradores del servicio árabe de la BBC habían cubierto de forma parcial noticias sobre la guerra de Oriente Medio para dotarlas de un tono más crítico con Israel.

En RTVE ni siquiera ha habido un debate interno a este respecto: ha adoptado esa postura porque es la que marcó el Gobierno. Pedro Delgado criticó durante la retransmisión de la última etapa de La Vuelta la intransigencia de los manifestantes. La respuesta del realizador fue cortar su intervención y dar paso a publicidad. Mientras, alguno de sus corresponsales ha sido premeditadamente parcial durante estos dos años sin que nadie le haya exigido equilibrio en sus informaciones. Incluso se utilizó esta empresa pública española para exigir el boicot a Israel en Eurovisión, sin tener en cuenta los cambios que esa decisión podría suponer para España en la Unión Europea de Radiodifusión (UER).

Digamos que no ha existido en ningún momento ningún afán de mantener una posición neutral en este conflicto porque se consideró que la legitimidad estaba del lado de uno de los bandos. Cada ciudadano español tiene derecho a pensar lo que considere oportuno a este respecto e incluso a colgar una bandera palestina o israelí en su balcón si así lo siente, pero una televisión pagada por todos debería hacer el esfuerzo, al menos, por ser objetiva al abordar esta cuestión.

Reaccionarios, contra las teles públicas

Es cierto que la oposición española utiliza como arma política lo que sucede en RTVE y lo hace de forma torticera, dado que sus comportamientos no han sido distintos cuando ha gobernado -a la hora de llenar asientos o seleccionar temas- ni lo son en las televisiones autonómicas y provinciales que controla. Lo que sucede es que la izquierda sanchista --aliada en este asunto con la radical-- atribuye cualquier queja ante la evidencia a un intento del 'bloque reaccionario' de deslegitimar estos servicios públicos. Lo de siempre: frente a la crítica justificada, responde con una reacción sensacionalista y populachera. Lo que critican de la derecha radical lo aplican en su día a día en su debate.

Siempre es más fácil detectar esta cuestión cuando gobierna el contrario. Así que quienes se niegan a observar el escandaloso control que ejerce el Gobierno de RTVE, hasta haberla convertido en un medio al servicio del Gobierno y contra la oposición, seguramente manifiesten menos dudas al leer las críticas que ha recibido Giorgia Meloni en Italia por su obsesión enfermiza por controlar la RAI, que llegó al extremo de cancelar un monólogo en el día de la Liberación de Italia por cuestiones editoriales.

En Alemania, las críticas a la CDU por el control de los noticiarios de la ZDF o por la falta de transparencia son también abundantes. En el terreno doméstico, se ha normalizado que un exsecretario de Estado de Comunicación ejerza de presidente de la agencia pública de noticias; o que la televisión pública subcontrate a productoras para que elaboren magacines en los que -aprovechando que se pueden cargar las tintas contra su productora- se utilicen como arma política, rebasando todos los límites de lo informativo, lo ético y lo decente.

El futuro de estos medios

¿Cuál debe ser el futuro de estas empresas? El debate más interesante en este sentido se ha abierto en Reino Unido, al hilo de la necesidad de renovar la Royal Charter, que marca los objetivos que debe cumplir este medio. Hay portavoces que han expresado sus dudas acerca de si está desfasado el canon que pagan los hogares británicos para financiarlo, dado que cada vez más personas se informan y se entretienen a través de Netflix y de YouTube, dentro de un mercado de la información que está cada vez más segmentado y es más variado y numeroso. Ahí confluyen, cada vez más, la buena y la mala información y desinformación. Ahí hay acceso a infinidad de fuentes originales, pero también a infuencers que participan dentro de la estrategia de desestabilización del Kremlin contra las democracias occidentales, incluso vestidos con uniforme militar. El contexto es, por tanto, más complejo, pero no se puede decir que los ciudadanos no tengan acceso a más información.

Pero, a la vista de que los gobiernos no suelen renunciar a influir en la línea editorial de estos medios -especialmente, en momentos convulsos-, ¿tiene sentido que existan con la forma tradicional? ¿No sería más inteligente re-concebir RTVE para 'influir' más en Hispanoamérica -donde Rusia y China echan el resto- que en el contaminado mercado local, donde nunca, y digo nunca jamás, ha conseguido ser neutral? ¿Para qué alterar el mercado de los medios de comunicación con 1.200 millones de euros anuales que pagan las nóminas de 2.000 periodistas que no levantan la voz ante la obscena manipulación gubernamental de estos días? ¿Su trabajo es más independiente de 'los accionistas' que el de los reporteros de medios privados?

Son debates interesantes que conviene plantear dentro de un país cuya televisión pública vive sus momentos más bajos. Merece la pena terminar con un ejemplo. Es el del empresario audiovisual Pablo Iglesias, que, gracias a su influencia política en el partido que fundó, ha conseguido colar varios contertulios en las mesas de La 1 y de La 2. Hace unos días, alguien de ese partido llamaba a quien firma estas líneas “miserable fascista” por señalar que una de ellas, Laura Arroyo, del partido y de Canal Red, se refirió como “acto de autodefensa” a los disturbios que se habían producido en la Universidad de Navarra por la visita de Vito Quiles.

Mientras en la BBC hay dimisiones por acusaciones documentadas de manipulación, en la RTVE de José Pablo López se legitiman este tipo de posturas extremistas, mientras Félix Bolaños diseña en la sombra y se acumulan denuncias del Consejo de Informativos señalando la evidencia, y es que los presentadores de sus programas de info-entretenimiento ni siquiera se esfuerzan por disimular lo evidente.

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