A medida que se van conociendo los detalles de la tragedia de Adamuz aumenta la sensación de que la gestión del Ministerio de Transportes ha sido un auténtico caos.

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Una vía renovada hace nueve meses, según dijo Oscar Puente el martes en Más de Uno, se encontraba en malas condiciones. Aunque en un primer momento el ministro dijo que la rotura de la vía no se sabía si era "causa o efecto" del descarrilamiento del tren Iryo, la nota de la Comisión de Investigación del accidente de Adamuz que se hizo pública el viernes establece que "las muescas detectadas en las ruedas del lado derecho de los coches 2,3,4 y 5 del tren Iryo son compatibles con el hecho de que el carril estuviese fracturado".

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La rotura de la vía, por tanto, sería la causa y no el efecto del descarrilamiento del Iryo, cuyos tres vagones traseros invadieron la vía contraria, provocando unos segundos después del descarrilamiento la colisión con el tren Alvia con destino a Huelva. Resultado de la catástrofe: 45 muertos y decenas de heridos.

La compañía responsable de la infraestructura ferroviaria es Adif. Por tanto, la responsabilidad de no haber detectado esa "fractura" en la vía es de la empresa que depende del Ministerio de Transportes. ¿Por qué no se detectó ese fallo cuando se habían notificado incidencias durante los últimos meses justo en ese tramo de vía? Por ahora lo desconocemos. Tampoco ese extremo se aclaró en la comparecencia del ministro el pasado viernes.

Pero, por desgracia, ese no ha sido el único fallo en el desastre de Adamuz. Ha habido una cadena de errores que han sacado a la luz algunos agujeros de seguridad en la alta velocidad que no tienen justificación.

Llama la atención que el centro de control de Atocha, que, en principio, debe tener controlados en su pantalla a todos los trenes que hay en funcionamiento, no activara la emergencia respecto al Alvia a pesar de que cinco minutos después de la primera llamada del maquinista del Iryo se contactó con la interventora del tren que viajaba hacia Huelva y ésta informó de que tenía una herida en la cabeza. ¿Por qué los servicios de emergencia emplearon tanto tiempo en auxiliar a los pasajeros del Alvia cuando esos mismos servicios sólo tardaron un cuarto de hora, desde que el centro de control de Atocha avisó al 112, en llegar al lugar del siniestro para atender a los pasajeros del Iryo?

La investigación en marcha, tanto la de la Comisión del ministerio como, sobre todo, la judicial, irán aportando nuevos datos en los próximos días, pero ya hay una conclusión que se puede extraer de los datos que conocemos: el accidente de Adamuz no ha sido fruto de la causalidad, sino de un cúmulo de errores.

A diferencia de lo que ocurrió en la Dana, donde se produjo un desastre natural que se gestionó mal; aquí la causa de la catástrofe ha sido la mala gestión.

En el caso de la Dana hubo un desastre natural mal gestionado; el siniestro de Adamuz ha sido consecuencia directa de una mala gestión. Por tanto, la oposición debe exigir responsabilidades

No se le puede negar a Puente su disposición a comparecer. Pero, a veces, tan malo es no salir como salir demasiado.

Cuando todavía estábamos bajo el shock de Adamuz, el martes 20 de febrero, un maquinista de un tren de cercanías falleció en Gelida (Barcelona) como consecuencia del choque con un muro de contención de la AP-7. Ese mismo día, Renfe limitó la velocidad del AVE Madrid/Barcelona en 150 kilómetros del recorrido. A la mañana siguiente se levantó la limitación, pero luego la volvió a limitar.

Fue el miércoles por la tarde cuando Puente compareció ante todos los medios -ya lo había hecho en diversas emisoras de radio y televisión-. En esa comparecencia no le acompañó el presidente de Adif, Luis Pedro Marco. La explicación que dio Transportes a esa inexplicable ausencia fue que "es el ministro el que quiere asumir la comunicación en primera persona". Durante más de dos horas, Puente intentó dar explicaciones, pero no aclaró nada relevante e insistió en que la posibilidad de la rotura de la vía como causa del descarrilamiento era sólo una hipótesis entre otras muchas.

Cuando un periodista le preguntó en esa misma comparecencia de quién dependía el estado del muro que se derrumbó causando la muerte de un maquinista y decenas de heridos en Gelida, Puente no supo qué contestar; incluso dijo que había dudas sobre ello.

El viernes, sin embargo, sí apareció junto al presidente de Adif y el secretario de Estado, José Antonio Santano. Incluso ya sabía que el muro dependía de la dirección general de Carreteras.

Una vez asumida la tesis de la rotura de la vía como la más probable y tal vez la única plausible, Puente se descolgó con una afirmación sorprendente: "Las roturas de las vías son problemas recurrentes". Es decir, que lo que era algo "muy extraño" el lunes se convertía en algo casi normal el viernes.

A pesar de las evidencias y de las contradicciones, hay que perder toda esperanza de que el ministro de Transportes vaya a dimitir en los próximos días. Casi se diría que está disfrutando con su papel estelar, además de ser el mejor parapeto para el presidente del Gobierno.

Ante la sucesión de tragedias que han provocado 46 muertos (45 en el siniestro de Adamuz, uno en el de Gelida), la petición de responsabilidades no sólo es pertinente, sino que es una obligación por parte de la oposición. No sólo porque las víctimas y sus familiares así lo exigen, sino porque el esclarecimiento de los hechos puede evitar que se vuelvan a repetir esos lamentables accidentes.

El descarrilamiento de Adamuz ha dejado tocada la imagen de España y también la del Gobierno. Los siniestros siempre tienen consecuencias colaterales en el plano político. No hay más que recordar lo que ocurrió con la Dana.

En el caso que nos ocupa, aún es peor, porque la responsabilidad afecta a un ministerio que está bajo la lupa de la investigación judicial por graves casos de corrupción, que han llevado al ex ministro Ábalos a la cárcel y que tiene como imputada a la ex presidenta de Adif, Isabel Pardo de Vera. Tampoco ayuda en este caso que el ministro Puente se haya caracterizado por su actividad como tuitero provocador y un punto macarra.

En dos semanas se producirán elecciones en Aragón y entonces podremos comprobar si la mala gestión en Transportes ha tenido una repercusión electoral. Lo más probable es que el PSOE (cuya lista encabeza la ex ministra Pilar Alegría) tenga un mal resultado; incluso el peor de su historia. Lo que apuntan ya los sondeos es a una subida del PP y, sobre todo, a un aumento espectacular de Vox.

Santiago Abascal ha sido precisamente el político que ha cuestionado al Gobierno por el desastre de Adamuz desde el minuto uno. Núñez Feijóo ha sido más prudente y no compareció públicamente hasta la mañana del viernes.

El líder del PP ha pedido la comparecencia de Pedro Sánchez la próxima semana en el Congreso para dar explicaciones. Pero todavía no ha pedido dimisiones. Entiendo que Feijóo quiera distinguirse del PSOE a la hora de rentabilizar las desgracias (como ocurrió en Valencia o en Andalucía), pero tiene que ser consciente de que el país en estos momentos exige una explicación clara de lo sucedido y la asunción de responsabilidades.

Cuidar las formas no es incompatible con la contundencia. Si el PP no lo hace, lo hará Vox.