El desánimo en el PSOE es papable. Ni siquiera los más hooligans de Ferraz ocultan que a pocas horas de que se abran las urnas en Andalucía la debacle puede ser histórica. Ya conseguir alcanzar los 28 o 29 escaños (uno o dos menos de los que cosechó Juan Espadas en el que fue el peor resultado electoral del PSOE andaluz) se considera, si no un éxito, sí un mal menor. Si, además, Juanma Moreno no alcanza la mayoría absoluta y se queda en 53 o 54 escaños, los socialistas creen que sería suficiente como para salvar la cara de la ex vicepresidenta y candidata a palos a presidir la Junta.

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María Jesús Montero, que hasta hace poco era número dos del Gobierno y que sigue siendo número dos del partido, está a punto de sellar su finiquito como posible alternativa a Sánchez e incluso como peso pesado del partido en la etapa que se abrirá cuando el PSOE pierda las generales. Aunque ahora parezca mentira, su nombre sonó como posible sustituta de Pedro Sánchez en aquellos días de reflexión en los que el presidente paró el reloj del Gobierno en gesto insólito.

Reconocen sus antaño palmeros que "María Jesús no ha hecho una buena campaña" y, al final, "ha metido la pata con lo de los accidentes laborales" para referirse a la muerte en acto de servicio de los dos guardias civiles cuando perseguían a una narcolancha en la costa de Huelva. La candidata se ha pasado dos días intentando sacar la pata, pero lo que ha conseguido es liar aún más la cosa. La duda es si esa definición sui generis fue sólo un error o revela el distanciamiento real que existe entre el Gobierno y la Benemérita, que se ha hecho patente en varios episodios de enorme repercusión mediática.

Primero fue la destitución de Manuel Sánchez Corbí como jefe de la UCO, tras un encontronazo con el ministro del Interior; luego fue la destitución de Diego Pérez de los Cobos al frente de la Comandancia de Madrid -revocada por el Supremo-, tras otra pataleta del ministro; después la nula empatía con los familiares de los agentes asesinados en Barbate; y, para terminar, la existencia de una operación, pilotada por la socialista Leire Díez -más conocida como la fontanera de Ferraz- para acabar con el teniente coronel Antonio Balas de la UCO, responsable de las investigaciones que afectan a dirigentes socialistas y familiares del presidente del Gobierno. Por mencionar los casos más sonados.

Hay en el Gobierno la sensación de que la Guardia Civil está en su contra y eso explicaría algunas cosas, como la no asistencia de Grande Marlaska al sepelio de los dos guardias muertos en Huelva o también esa falta de consideración de Montero al calificar la muerte de los agentes como "accidente laboral".

Montero ha basado toda su campaña en la crisis de los cribados de cáncer de mama como una prueba de que la Junta está dilapidando los servicios públicos. Pero incluso en ese aspecto, la candidata del PSOE ha tenido mala suerte. El pasado 8 de mayo, el tribunal de lo contencioso administrativo de Sevilla condenó al Servicio Andaluz de Salud precisamente por un error en la detección precoz del cáncer de mama, que provocó la muerte de una mujer de 54 años en el Hospital Virgen de la Macarena de Sevilla en 2011,... cuando Montero era consejera de Salud.

La debacle del PSOE se da por hecha, pero Moncloa y Ferraz pretenden responsabilizar en exclusiva a Montero para salvar a Sánchez

Si los datos internos que maneja el PSOE para su candidata no son precisamente esperanzadores, los que tiene el PP son dramáticos: no le dan a los socialistas más de 25 escaños, mientras que Juanma Moreno se mueve entre los 54 y 55 escaños.

En Moncloa y en Ferraz, donde dan por hecho el descalabro, ya han comenzado la operación de control de daños. Pero no para salvar a Montero, sino a Sánchez. La tesis que se transmite a los periodistas es que el resultado no afecta al presidente, que las andaluzas no son ningún plebiscito, porque no es él quien se presenta a las elecciones y además, esgrimen, el PSOE ya tuvo un resultado mucho mejor en las últimas elecciones generales de 2023 (33,48% del voto) que en las autonómicas de 2022 (24,09%).

Los asistentes al mitin de Pulianas (Granada) el pasado miércoles pudieron comprobar como, una vez que Sánchez y Montero se dieron los abrazos de rigor en el escenario, mantuvieron una cierta distancia. El presidente estuvo bastante frío con la candidata, detalle que no pasó inadvertido para los que se encontraban en las primeras filas del evento.

"Si el resultado termina siendo calamitoso, Sánchez terminará diciendo que no conoce a Montero", bromea un conspicuo asesor andaluz del PP.

A Montero le toca ahora sufrir en carne propia lo que otros ya soportaron en otros tiempos: la indiferencia, cuando no el desprecio del líder. La ex vicepresidenta se encargó de resaltar el sacrificio que hacía al abandonar su puesto en Madrid (se calificó a sí misma como "la mujer con más poder en la historia de la democracia española") para ir a pelear contra la derecha y la ultraderecha en Andalucía. El presidente se empeñó en ello por un doble motivo: creía que era la mejor posible y, además, su candidatura evitaba una guerra interna fratricida en el seno del PSOE andaluz.

El fiasco obligará a Montero a permanecer en Andalucía por lo menos hasta las próximas municipales o las generales. El presidente no le permitirá volver a Madrid en esta legislatura. Un duro castigo para alguien que ha bebido los vientos por el líder al que, al menos hasta hace poco, idolatraba.

María Jesús Montero no es, efectivamente, el Ferrari que se necesita para batir a Juanma Moreno, pero ella no es la única responsable de los malos resultados que vaticinan todos los sondeos. La derrota por goleada en Andalucía no es una excepción, sino la regla, como ya se ha visto en Extremadura, Aragón y Castilla y León. Lo que ocurre es que esta derrota supera a todas las demás por la relevancia de Andalucía, una comunidad donde el PSOE tuvo su granero y en la que gobernó de forma continuada durante más de tres décadas.

El fiasco del PSOE no se le puede atribuir en exclusiva a su candidata, sino que es una prueba fehaciente del estado comatoso en el que se encuentra el partido. Mucho más daño han hecho al socialismo andaluz las políticas destinadas a favorecer a Cataluña para contentar a ERC. Como tampoco ha ayudado ver al ex ministro Ábalos y a su asistente Koldo García sentados en el banquillo en el Tribunal Supremo y comprobar el aluvión de pruebas que apuntalan sus comportamientos machistas y corruptos.

Querer excluir a Sánchez de la derrota en Andalucía es un esfuerzo vano. Los primeros que van a dirigir sus miradas al presidente son los dirigentes del partido, que dentro de un año tendrán que enfrentar unas elecciones municipales bajo el síndrome de las derrotas cosechadas en cuatro autonomías. Esa operación inútil sólo servirá para confirmar que el líder está dispuesto a dejar en la estacada incluso a sus más fieles vasallos con tal de salvar su pellejo.