La, según él, amiga de Rodríguez Zapatero y presidenta no electa de Venezuela, Delcy Rodríguez, está pendiente de las cosas que se dicen de ella en España y le ha pedido a Baltasar Garzón que prepare una querella contra Víctor de Aldama si no se retracta de los chanchullos que le ha atribuido a la presidenta. En realidad, la acusación parte de hace bastante tiempo, dado que Aldama lo dijo en el programa de Iker Jiménez del 5 de febrero pasado y, un día antes, lo había dicho en el espacio de Antonio Naranjo.
Es razonable que cualquier gobernante esté "vigilante", aunque en algunos casos esa vigilancia es selectiva. Por ejemplo, Esperanza Aguirre reconoció en su momento su error de no vigilar a Francisco Granados, condenado la semana pasada a unos años de prisión por una de las piezas del caso Púnica. La misma Esperanza Aguirre que sí "vigiló" lo suficiente a Francisco Granados para descubrir que filtraba información a medios para dejarse bien a sí misma y dejar mal a otros. Interesante y selectiva vigilancia, pendiente de detectar a filtradores, pero ciega para detectar corruptos.
Delcy Rodríguez lleva siendo protagonista de informaciones españolas desde 2020. La propia Delcy llegó a aparecer con Nicolás Maduro en la televisión venezolana riéndose del Delcygate; ahora parece que se ríe menos y prefiere probar con los picapleitos del despacho de Garzón. Pero quizá el punto de mayor interés sobre la capacidad de "vigilancia" del Gobierno venezolano no esté tan centrado en España, sino en lo que "vigila" del propio mapa mediático venezolano.
Mediáticamente nada ha cambiado en la Venezuela chavista
Esta semana se cumplen seis meses desde la intervención de EEUU que extirpó de Venezuela a Nicolás Maduro y, teóricamente, empezó una extraña transición. A efectos mediáticos no ha habido ninguna consecuencia detectable.
Cuando en 1998 Hugo Chávez llegó al poder en Venezuela, lo hizo con el apoyo de gran parte de los medios de comunicación. Pero, a raíz de los cambios constitucionales y de convertir el país en un régimen chavista, el comandante convirtió a los medios de comunicación privados en sus enemigos. Los cuatro canales de televisión privada (Venevisión, RCTV, Televen y Globovisión), así como los periódicos El Nacional y El Universal, entre otros, eran atacados casi a diario por Hugo Chávez desde la televisión pública, donde los ridiculizaba como "los cuatro jinetes del Apocalipsis". Y los seguidores más fanáticos del presidente, como el grupo de la activista Lina Ron, comenzaron su acoso público y social contra ellos. Tras el intento de golpe de Estado de 2002 y, especialmente, tras ganar el referéndum revocatorio de 2004, Hugo Chávez decidió que era el momento de enseñar los dientes.
La retirada de la licencia de RCTV a Marcel Granier fue el mayor símbolo público del poder de Hugo Chávez. Tras lo cual, Venevisión y Televen decidieron que querían salvar su negocio y pactaron con el chavismo para evitar seguir su camino, sacando de la parrilla los programas de mayor oposición. Napoleón Bravo fue apartado de Venevisión por Cisneros. Durante la siguiente década, Globovisión fue el principal foco de oposición mediática a Chávez, que programó espacios en su televisión pública cuyo único objetivo era ridiculizar a este canal y a sus principales presentadores (Alberto Federico Ravell, Leopoldo Castillo, Carla Angola, etc.). El Gobierno llegó a intervenir las propiedades de sus principales accionistas, que huyeron al extranjero, y al final se produjo un cambio de propiedad accionarial que supuso el fin de la línea antichavista del canal.
El control del papel fue la principal baza del Gobierno chavista para meter en cintura a la prensa escrita. Solo aguantó El Nacional, con su editor huido del país, porque también en El Universal se produjo un oportuno cambio de propiedad que hizo chavista al medio.
En seis meses de Gobierno de Delcy Rodríguez (con los ultras del chavismo pidiendo el fin de la interinidad), todos los medios de Venezuela han mantenido una actitud cautelosa ante la nueva situación. Ninguno de los periodistas que huyeron del país para hacer programas desde Miami ha regresado: Napoleón Bravo hace Gente en Ambiente; Leopoldo Castillo hace El Ciudadano; Carla Angola hace Carla Angola TV, etc, pero todos desde el exilio. Tampoco Venevisión, Televen o El Universal han recuperado la actitud de periodismo crítico que tuvieron antaño. Y no se han creado grandes proyectos mediáticos nuevos aprovechando esta etapa de cambio y que, se supone, marca el final del autoritarismo chavista.
Por no hablar de que la televisión pública sigue siendo una cadena con ridículos espacios de propaganda como Con el Mazo Dando, de Diosdado Cabello. Parece que todos los medios siguen sintiéndose "vigilados" por el régimen.
Si en algún momento el Gobierno de Venezuela quiere que su "transición democrática" sea tomada en serio, tendrá que procurar que, de cara a esas futuras elecciones libres, el cambio también se note en el sector de la información.
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