Cuando el viernes se declaró la emergencia nacional por los incendios en Ávila y Madrid, sucedió algo que merece ser celebrado, no lamentado, y es que España activó inmediatamente los mecanismos de protección civil europeos. Horas después, aviones Canadair de Italia y Grecia estaban preparados para sobrevolar nuestro territorio. Hospitales de campaña en alerta. Recursos de media Europa preparados para responder. Es precisamente en estos momentos cuando la Unión Europea deja de ser una abstracción de Bruselas y se convierte en lo que realmente es: un acto de solidaridad institucionalizada que salva vidas.
Esa es la realidad de una arquitectura de respuesta común que funciona. Y funciona porque, durante decenios, hemos decidido que algunos problemas son demasiado grandes para resolverlos solos. En 2011, tras décadas de incendios devastadores azotando diferentes regiones europeas, la Comisión Europea creó el Mecanismo de Protección Civil, que puso en común una flota de extinción de incendios. Once aviones y seis helicópteros desde Croacia, Francia, Grecia, Italia, España y Suecia. Fue un acto de inteligencia política: el reconocimiento explícito de que un incendio en Sicilia puede requerir recursos de Estocolmo, y que eso no es un problema sino una solución.
Trece años después, ese mecanismo sigue evolucionando. Ahora incluye helicópteros de evacuación médica, hospitales de campaña desplegables, suministros farmacéuticos, equipamiento de búsqueda y rescate. Es un catálogo vivo de respuestas rápidas que Europa ha decidido que son críticas para sus ciudadanos. Y que, cuando llega la crisis, están disponibles en horas, no en semanas.
Cuando Francia, hace pocos días, pidió la activación del Mecanismo de Protección Civil, la respuesta fue inmediata: Portugal, Croacia, Chequia y Eslovaquia. Naciones que no son vecinas, que hablan idiomas diferentes, que compiten en otros terrenos, pero que reconocen una verdad fundamental: un desastre en un territorio europeo es un desastre europeo.
Hay quienes miran la Unión Europea y ven solo comisiones, reglamentaciones, pérdida de soberanía. Ideas impulsadas por parte de la llamada alt-right y facciones ultras. Son personas que no han necesitado que aviones extranjeros vuelen sobre sus cabezas para defender lo que tienen. Cuando declaramos emergencia nacional y activamos mecanismos europeos no estamos fracasando. Para eso construimos la Unión Europea: para enfrentar juntos lo que ninguno puede enfrentar solo. Y es que la solidaridad europea no es una abstracción. Es concreta. Es tangible. Es la diferencia entre tener aviones apagafuegos cuando los necesitas y no tenerlos. Entre poder evacuar civiles en helicópteros médicos europeos o esperar a que se organice un operativo nacional que tardará bastantes horas más. Entre tener hospitales de campaña activados en veinticuatro horas o improvisar en condiciones de crisis.
España forma parte de ese mecanismo. Aporta aviones, recursos, personal. Pero también se beneficia cuando lo necesita. Eso es justicia distributiva aplicada a la supervivencia común. Desde principios de año, en Europa se han registrado 1.254 incendios. Son 254.388 hectáreas quemadas. Ocho megatoneladas y treinta y un kilotones de CO2 emitidas. Son datos de la Comisión Europea, y merecen ser leídos no como una derrota sino como evidencia de por qué necesitamos instituciones que funcionen. Esos números no son españoles. Son europeos. De la misma manera que el fuego en Ávila afecta al suministro eléctrico de Castilla, el humo de Grecia contamina el aire de Italia. El cambio climático no respeta fronteras administrativas, de modo que la respuesta tampoco puede hacerlo.
La Unión Europea miró esos números hace años y decidió que la respuesta tradicional, donde cada nación con su capacidad, cada región con sus medios no era suficiente. Decidió crear algo que funcionara más rápido, que fuera más robusto, que permitiera que los recursos fluyeran donde más urgencia existía. Hay un argumento seductor que circula: que la gobernanza multinivel es lenta, que los mecanismos europeos no sirven, que es mejor que cada uno se defienda. Es un argumento que suena bien en los momentos tranquilos. Suena distinto cuando están quemándose diez mil hectáreas al día.
Cuando miramos cómo funciona la solidaridad europea en una crisis real, como los incendios, vemos cómo hacemos juntos lo que no podemos hacer separado"
La Unión Europea ha construido una arquitectura que responde en horas. Cuando declaramos emergencia nacional el viernes, en pocos días ya tenemos aviones de otros países operativos. Eso no es suerte, es institucionalidad bien diseñada. Significa protocolos de activación claros. Significa que Italia y Grecia tienen aviones preparados precisamente porque saben que pueden ser necesarios en España. Significa que Croacia y Chequia tienen recursos desplegables porque están integrados en una lógica de respuesta común, no de autodefensa aislada. Cuando miramos cómo funciona la solidaridad europea en una crisis real, vemos un hecho que merece celebración: la Unión Europea no es perfección, pero es lo que prometía ser en sus orígenes. Un mecanismo para hacer juntos lo que no podemos hacer separados.
España tiene capacidad de extinción. Tiene recursos. Tiene experiencia. Pero durante estos años, ha aprendido, y nosotros hemos visto confirmado, que ninguna nación europea, por sí sola, tiene los medios para enfrentar los desastres que el cambio climático despliega cada verano. Por eso cuando se pide ayuda, Europa responde. Por eso se debe considerar que la Unión Europea es imprescindible. No porque seamos débiles, sino porque hemos entendido que la fuerza real está en las redes, en los mecanismos comunes, en la arquitectura institucional que permite que el fuego en Ávila sea combatido por aviones que despegan desde Atenas.
Guillem Pursals es doctor en Derecho (UAB), máster en Seguridad (UNED) y politólogo (UPF), especialista en conflictos, seguridad pública y Teoría del Estado.
1 Comentarios
Normas ›Comentarios cerrados para este artículo.
Te puede interesar
Lo más visto
hace 2 semanas
Esgrime el autor una serie de titulaciones, pero le faltan muchos conocimientos aún para saber de lo que escribe sobre incendios, cambio climático (mejor calentamiento global, porque el clima no cambia de un año para otro). Le ilustraré un poco.
Los incendios de verano han comenzado a proliferar de manera muy violenta y lo habitual es que haya noticias de nuevos fuegos casi todos los días en julio y agosto.
Como otros años, se habla de decenas de miles de hectáreas calcinadas, ya sean forestales o cultivadas. Pero es muy difícil que vegetales y leñosos ardan de manera espontánea a pesar de las elevadas temperaturas máximas que proliferan estos días.
La temperatura de ignición espontánea (o autoignición) es el calor mínimo necesario para que una sustancia arda por sí sola en el aire, sin usar cerillas ni llamas. El material alcanza esta temperatura internamente mediante reacciones químicas, como la oxidación o la fermentación.
Sin embargo, en el caso de la madera forestal sólida se requieren altas temperaturas para arder sin llama externa debido a su densidad y al proceso de pirólisis (descomposición por calor).
Así, un tronco o una rama forestal necesitan unos 350°C para iniciar la ignición espontánea y no los 40°C-46°C que adquiere el aire ambiental durante una ola de calor como las que estamos padeciendo. Para las coníferas, harían falta unos 280°C y los robles o encinas podrían arder de manera espontánea a unos 300°C.
Por tanto, si no hay una llama piloto inicial que esté presente, el monte no se quema solo, caballero, pues si bien es cierto que en España se dan algunos (pocos) casos de incendios forestales causados por rayos procedentes de tormentas, los datos estadísticos muestran que, aproximadamente, el 55% de los incendios forestales son provocados de forma intencionada.
Si a esto se le suman los accidentes y negligencias (como las quemas agrícolas descontroladas, barbacoas en el campo, chispas provocadas por maquinaria o vehículos o colillas de cigarrillos), el ser humano está detrás de cerca del 95% del total de los siniestros.
En ese sentido, debería revisarse el Código Penal para castigar muy duramente a los pirómanos, así como a las personas que, con sus conductas imperdonables, provocan tantos daños y perjuicios en términos de vidas inocentes, recursos y bienes de todo tipo.
La temperatura del ambiente, la velocidad del viento o la humedad relativa del aire influyen a la propagación de los incendios, pero no son culpables de su origen, desde el punto de vista técnico. Y el supuesto cambio climático menos porque, hasta el momento, sólo se puede hablar de calentamiento global.