Lo sucedido en Ceuta en los pasados 30 y 31 de julio era perfectamente previsible para cualquiera que hubiera seguido de cerca el devenir de las relaciones hispano-marroquíes durante las últimas décadas. Conviene destacar entre esos antecedentes la persistencia visceral de las pulsiones nacionalistas, siempre amalgamadas por tres características que ayudan a describir la posición estratégica de las dos ciudades: el victimismo en la reclamación; el irredentismo en su persecución, y la atemporalidad de lo que se demanda.
Que lo que ha pasado hubiera sido fácil de predecir y, lo que es más importante, que pueda afirmarse que otros episodios parecidos o más graves seguirán son, seguramente, las principales lecciones que haya no ya que aprender, sino que interiorizar de los sucesos de este verano.
Las políticas fronterizas marroquíes se caracterizan por una más que evidente hostilidad. Por ello, cualquier resignificación de la vida ceutí y melillense o reconsideración al alza de los fundamentos de su prosperidad provocará, la mayor parte de las veces, extemporáneas reacciones de las autoridades marroquíes. Es importante, por tanto, asentar en ambas poblaciones una europeidad jurídica y cultural, oponiéndose con firmeza a que, como ya es demasiado habitual desde que el Gobierno español olvidase la importancia del consenso parlamentario y social en estas cuestiones medulares, la política exterior española mercadease con el futuro de las dos ciudades para satisfacer demandas magrebíes.
Ceuta y Melilla no dejarán nunca de sufrir la presión de Marruecos, como tozudamente confirman los hechos. Véase si no el rosario de concesiones arrancadas al Gobierno de Madrid desde 1956, año en el que Marruecos consiguió la independencia: Tarfaya, Sidi-Ifni, Sáhara. Es un descorazonador pronóstico que se justificaba en tres vicios del alma que emponzoñan la política exterior española: impotencia, al no tener el poder militar necesario para respaldarla; incompetencia, al carecer de una acción exterior sostenida y consistente; y, finalmente, indolencia a la hora de percibir la íntima asociación que hay entre gastos de defensa y bienestar.
Los asirios –siglos IX a VII a. C.– se aseguraron la lealtad de sus reinos tributarios con simples amenazas de deportación masiva, lo que alternaron con otros sutiles medios de coerción. Más tarde, a partir del siglo V, el imperio aqueménida evitaría la guerra con Grecia recurriendo a parecidas argucias. Muchos años después y durante tres siglos, el continuo hostigamiento de los corsarios al comercio con las Indias raramente desembocó en una declaración de guerra continental, por mucho quebranto que esa insidiosa beligerancia causase a la hacienda de la monarquía hispánica.
Rabat hizo alarde de que la ocupación de Ceuta y Melilla no solamente está a su alcance, sino también de que tal cosa depende solo de su voluntad. Y esto es lo más preocupante
Lo híbrido y las escaramuzas en lo que hoy se conoce como zona gris forman parte de la experiencia colectiva de los militares, aunque muchos parezcan haberlo olvidado. Aquí lo único nuevo son las etiquetas y los intentos de sistematización de lo que antes se tenía por amagos, insidias, extorsiones, intrigas o desinformación.
La adscripción de acciones a esa categoría académica, por tanto, no puede tomarse, deducido de su supuesta novedad, como justificación de la mediocridad de las respuestas que eventualmente adopten o dejen de adoptar quienes tengan la inexcusable obligación de precaverse contra tales bellaquerías. En la ciencia militar lo necesario para fundamentar las decisiones se obtiene de muy diversas maneras.
En el nivel táctico, el más elemental de las operaciones militares, una unidad que recibe la orden de atacar una colina puede informarse sobre quién espera allí apostado ordenando hacer fuego contra la posición. La falta de reacción sería un indicio de que el camino está expedito; en otro caso, la respuesta será reflejo tanto de la voluntad de lucha del defensor como de las disposiciones que eventualmente hubiera adoptado para su defensa. Es lo que técnicamente se conoce como «reconocimiento por el fuego».
Con parecida praxis, Marruecos buscó tantear una respuesta española en 2002 (Perejil), encontrándose con la desagradable sorpresa de que la colina estaba ocupada. Mohamed VI había accedido al trono poco antes, así que aquel fracaso, reproducido masivamente en los medios de comunicación, tuvo que ser una dura lección para el joven monarca.
Casi veinte años después –la contumacia es consustancial con el irredentismo nacionalista–, más de 10.000 africanos fueron lanzados contra la valla que los separaba de España y de la UE. En esta ocasión, el extemporáneo recurso de Madrid a la «tradicional amistad» hispano-marroquí sirvió a quienes ordenaron el asalto para concluir que la colina estaba mal defendida o, simplemente, había sido abandonada.
Discúlpese que no se cite entre los antecedentes ni la Marcha Verde de 1975 ni la crisis de 2014. En el primer caso, porque la brevedad de este artículo desaconseja extenderse en las peculiaridades contextuales de aquel desastre; en el segundo, porque medió un incidente que fue considerado entonces una afrenta real, lo que probablemente desencadenaría una respuesta más visceral que programada.
El de julio ha sido el tercer ensayo, y aquí el patrón es lo que tiene interés. También ha sido el más importante hasta el momento, cuando una población de entidad muy semejante a la ceutí invadió la ciudad. Hay que convenir que Marruecos –y viene de antiguo– ha vuelto a exhibir una sobresaliente y descarnada capacidad para modular o aprovechar a su conveniencia los flujos humanos, lo que queda subrayado por el hecho de que, menos de dos días después, la mayor parte de los que consiguieron violentar la frontera con tanto esfuerzo y sacrificio, también de vidas humanas, hubiese desandado el camino. Estándose muy lejos de desdeñar el significado de estos datos (la rapidez y método con que se llevó a cabo el repliegue), queda claro que Rabat hizo alarde de que la ocupación de Ceuta y Melilla no solamente está a su alcance, sino también de que tal cosa depende solo de su voluntad. Y esto, sin duda, es lo más preocupante. Y todo a pesar de que se ordenase la intervención de las Fuerzas Armadas asentadas en Ceuta, lo que, sin embargo, abre otro debate de inusitada gravedad.
El empleo de unidades militares para impermeabilizar las fronteras encaja perfectamente en sus misiones constitucionales. Sin embargo, ver a los soldados sin armas o habiéndoles prohibido usarlas, equiparlos con petos y defensas y ocuparlos en ayudar a los asaltantes a salir del agua, es la mejor representación gráfica de lo que supone la renuncia al carácter disuasorio de la intervención de quienes son el mejor y más cualificado actor de la violencia legítima estatal.
La posición estratégica actual de Ceuta y Melilla tendría que haber obligado al Gobierno a asumir el coste o sacrificio de renunciar al despliegue de la última ratio regis en tanto que no fuese imperiosa la necesidad de su intervención. Y esto porque se tenía que haber sospechado que el alcance del respeto a la proporcionalidad en el uso de la fuerza o el simple recelo a asumir los costes políticos de su aplicación eran parte fundamental de la respuesta que quería obtener Marruecos.
Las Fuerzas Armadas están para restituir el estatus alterado, y no para cooperar a que se vulnere, por muy humanitaria que parezca esa actitud
La participación de los Ejércitos en misiones que, siéndoles propias, tienen que ver con elementos consustanciales de la nacionalidad, y hacerlo privados de sus armas o con precisas instrucciones de no usarlas, solo sirve para enajenarles la estima de sus conciudadanos, degradando de paso el carácter disuasorio de su intervención. Es el Gobierno el que debe emplear en cada caso los medios que parezcan más adecuados, en la confianza de que, si finalmente fuera necesario, siempre se podría recurrir a las FFAA, último recurso estatal. Con independencia de que sea evidente que la sensibilidad humanitaria siempre impregnará la actuación militar, también lo es que no debe hacerlo hasta el extremo de ofuscar la misión que se les haya encomendado. Las FFAA están para restituir el estatus alterado, y no para cooperar a que se vulnere, por muy humanitaria y benemérita que a alguien le pueda parecer esa actitud. Tal cosa, y de esto es de lo que se viene hablando, altera irreversiblemente el fundamento de la paz entre los pueblos, que no es otro que el efecto atribuido a la disuasión.
Conviene dejar constancia cuanto antes de que nada de lo dicho hasta ahora puede interpretarse en el sentido de abogar por la inhibición de los Ejércitos, y mucho menos de estar haciéndolo por el uso prematuro o indiscriminado de la fuerza, sobre todo en un caso como el que nos ocupa y contra una población que, en su mayoría y probablemente sin saberlo, también estaba siendo víctima de la manipulación de su propio Gobierno. Más bien es otra cosa distinta, esto es, que sabiendo que el empleo ordinario de tan cualificado recurso no era posible y que su presencia forzosamente solo podría ser cosmética, las unidades deberían haber permanecido aprestadas en sus bases por si las cosas fuesen a más, lo que hubiera sido compatible con que se dedicasen algunos efectivos a reemplazar a los agentes de las FCSE en misiones de seguridad y vigilancia rutinarias, ayudando así a liberar recursos que podrían haber incrementado el número de los dedicados a la supervisión y ayuda humanitaria, únicas actividades que a la vista de los hechos habían sido autorizadas.
Llegados a este punto, no parece superfluo hacer un inciso para recordar que las FFAA cuentan con unidades especializadas de policía militar, cuya participación satisfaría de paso los requisitos legales que se le reclama a quienes pretendan ejercer de agentes de la autoridad. Bien parece que la presencia de soldados en la frontera, disociados de sus singulares medios y específicas formas de actuación, solo fue el recurso utilizado para aliviar la desazón de la ciudadanía, producto de una inexplicable imprevisión a la hora de reforzar desde la Península a los efectivos de las FCSE destinados en Ceuta. Esto es algo que, sin duda, habrá que investigar.
Resultaron extravagantes las imágenes de los militares ocupados no en impedir el asalto a la frontera, sino en procurar que los asaltantes lo hicieran sin poner en peligro su integridad física
Deducido de lo anterior, resultaron extravagantes las imágenes de los miembros de las FCSE y de las FFAA ocupados no en impedir el asalto a la frontera, sino en procurar que los asaltantes lo hicieran sin poner en peligro su integridad física.
En el año 2019 se ordenó la retirada de las concertinas de la valla en la frontera, lo que se hizo con la declarada finalidad de que no se hiriesen quienes tratasen de violentarla. Era ese un material disuasorio cuya colocación fue ordenada durante la primera legislatura del presidente Rodríguez Zapatero, y que es de amplia aceptación y utilización en muchos países, también en Marruecos. Con el mismo razonamiento, es obvio que las caídas desde una valla alta cuando se esté intentando forzar el paso siempre serán más peligrosas que las que eventualmente puedan producirse si la valla mide solo un metro. Llevando el ejemplo hasta el esperpento, la solución más inocua y bienintencionada aconsejaría sustituir todo lo anterior por una simple raya blanca pintada donde sea preciso señalizar la frontera.
Estamos, por consiguiente, ante un nuevo ejemplo de la exacerbación irracional del sentimiento humanitario en las sociedades modernas. Por muy rebuscados que se consideren los argumentos anteriores, no es posible obviar que se está hablando de la integridad territorial de una nación. De una cuestión nuclear sobre la que pivota la supervivencia de las sociedades europeas, al menos tal y como las conocemos hoy.
Asistimos, pues, a la reformulación de la paradoja de la manada, cuando las indispensables circunstancias que tienen que concurrir para la tipificación de un delito –o la aplicación de la coerción necesaria para impedirlo– se perfeccionan por el tamaño del grupo, y no por la acumulación de conductas individuales violentas. Bastará con la mera agregación de individuos para que, prevaliéndose del número, se alcance el umbral crítico que justifique la auto desactivación de las fuerzas del orden, quedando expedito el quebrantamiento de la ley. Es necesario que en el seno de la sociedad en su conjunto, incluyendo en ella a los tres poderes, se revise en profundidad el concepto de violencia al uso, acomodando la respuesta legítima estatal a lo que no es sino un profundo desafío existencial.
Marruecos siempre busca en el pretexto no el origen de su beligerancia, sino el trampantojo perfecto para enmascarar su interés primigenio: terminar con la presencia continental de la España africana
Muchos análisis se pierden en aquello que permita entender satisfactoriamente el mecanismo interno que genera las inamistosas reacciones de Rabat: las siempre pospuestas visitas de Estado a Ceuta y Melilla, Brahim Ghali, relaciones con Argelia, descolonización del Sahara; o aquellas otras circunstancias que eventualmente puedan suponer un estímulo a la inmigración irregular: regularizaciones masivas, concesiones de nacionalidad a saharauis o sentencias de los tribunales. En todos los casos se corre el riesgo de confundir el guion con el attrezzo, la causa con el contexto. A veces es sano renunciar a la táctica para volver a la estrategia; obviar los árboles para no perder de vista el bosque. Marruecos siempre busca en el pretexto no el origen de su beligerancia, sino el trampantojo perfecto para enmascarar su interés primigenio: terminar con la presencia continental de la España africana. Después vendrán las Canarias o el antiguo imperio andalusí, vaya usted a saber, sobre todo cuando no se está dispuesto a hacer lo necesario para defender la integridad territorial de España, un elemento esencial del Estado y seminal de nuestra propia identidad.
Quienes tienen en sus manos los destinos del susceptible vecino del sur saben hoy, después del último ensayo, que la reacción de España bien merece el calificativo de medrosa cuando de defender lo suyo se trata, como ya se ha expuesto. La posición estratégica actual internacional de Marruecos ya les es, por fin, propicia. Esto último, mérito exclusivo de una política exterior nefasta y otra de defensa negligente. De forma consciente o no, el Gobierno español hizo compatible su petulante negativa a participar equitativamente en los costes de la defensa transatlántica con el descaro en las acusaciones de insolidaridad a sus aliados en cuanto se vio en necesidad, aliñando todo ello de los argumentos más obsequiosos dedicados a Marruecos. Esa política, además de una falaz reinterpretación de los hechos, ha tenido el efecto de volver las iras de todos contra quien se reconoció, por interesada exculpación de su vecino del sur, como responsable absoluto de no haber sabido hacer lo preciso para taponar la brecha. Por supuesto, EEUU le tenía ganas a quien se ha arrogado irresponsablemente el título de campeón mundial anti-Trump y sus aliados más cercanos; pero es un mérito exclusivo del Gobierno de España que todas las naciones europeas (todas menos Francia, Luxemburgo, Portugal e Irlanda) hayan querido aprovechar este incidente para demostrarle a Pedro Sánchez que la condescendencia, los desplantes y la falta de solidaridad tienen su precio.
Un no muy lejano ensayo se hará simultáneamente en las dos ciudades españolas de África, y con las multitudes que asalten las vallas bien salpimentadas por agentes gubernamentales desprovistos del uniforme. Por supuesto, en «misiones de control de la muchedumbre», se dirá, aunque después, una vez en el interior de cada ciudad, sean los encargados de conducir a los asaltantes donde convenga. Esa vez o una de las que sigan, ya no se irán. Puede que ya sea tarde y que nada tenga ya solución. Pero, si a pesar de todo se desease que la historia fuese escrita de otra manera, el Gobierno haría bien en recomponer cuanto antes las relaciones con sus tradicionales amigos y aliados, ocupando a continuación la colina. Darle a las afrentas de quien te maltrata la respuesta que es debida, sobre todo y principalmente diplomática, suele ser un remedio infalible para evitar males mayores, al tiempo que, constituyendo sólido fundamento de una sincera amistad entre naciones, permite distinguir entre ellas a las que todavía conserven un ápice de dignidad.
Juan Carlos Domingo Guerra es general de División del Ejército de Tierra retirado
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