Hay un principio elemental que la moral republicana y la severidad jacobina fijaron para siempre: quien encarna al Estado no tiene vida privada cuando la comunidad se tambalea. No es un privilegio sino una servidumbre cívica absoluta. Esa misma exigencia define la ética democrática anglosajona, desde Westminster hasta Ottawa. En el Reino Unido o en Canadá, un primer ministro que califica un suceso en su frontera de «ataque a la integridad territorial» de la nación y a las veinticuatro horas hace las maletas para marcharse de veraneo a un palacete insular habría tenido que dimitir antes de deshacer el equipaje. No por la presión de las encuestas, sino por la pura inviabilidad moral de su permanencia. Sencillamente, la decencia institucional no se lo habría consentido.
En España, en cambio, Pedro Sánchez declaró la gravedad máxima de la patria y, acto seguido, se recluyó en La Mareta. Mientras el Estado encajaba la herida, el presidente entretenía los días de agosto recomendando en sus redes sociales listas de canciones y lecturas estivales, con esa ligereza narcisista de quien se cree enteramente a salvo de las consecuencias de sus propios actos. La frivolidad no era un descuido: era una declaración de impunidad.
"La frivolidad de Sánchez es una vergüenza internacional que erosiona la credibilidad de un país de manera silenciosa, pero irreversible"
La quiebra de la ejemplaridad es devastadora en el plano interior, pero resulta demoledora hacia afuera. Cuesta poco imaginar el contenido de los cables diplomáticos que las embajadas occidentales habrán remitido a París, Londres, Berlín o Washington. Despachos redactados con el asombro y la frialdad de quien certifica una descomposición insólita: el líder de una de las principales economías de la Unión Europea proclama que su país sufre una agresión exterior, se niega a comparecer de urgencia, preserva intacto su mes de descanso y comparte selecciones musicales mientras sus aliados contemplan el espectáculo con perplejidad. Es una vergüenza internacional que erosiona la credibilidad de un país de manera silenciosa, pero irreversible.
Tanto la tradición jacobina como la probidad del parlamentarismo británico parten del mismo axioma: el gobernante no es un señor feudal con derecho a blindarse tras las comodidades del cargo, sino el primer servidor público sujeto al escrutinio implacable de los ciudadanos. Cuando la frontera quiebra, el mandatario se sitúa en primera línea, rinde cuentas y asume la gravedad física del momento. Eludir esa carga para sestear bajo la coartada de un descanso intocable degrada la presidencia y humilla la dignidad del Estado ante el mundo.
5 Comentarios
Normas ›Comentarios cerrados para este artículo.
Te puede interesar
Lo más visto
hace 3 semanas
Oiga y no solo eso…
Cuando volvió de lo que considero como un derecho de imposible incumplimiento…
Que hizo?
Se iba a ir a Andorra a seguir con sus vacaciones….
Finalmente no lo hizo, nunca sabremos porque dado que era tan grande la barbaridad que en su entorno o el mismo nos venderá la moto…
Pero lo peor es que a pesar de todo aquellos que le apoyan lo seguirán haciendo hasta el final y eso forma parte de lo que llamo un estado fallido…
No hay moral, no hay conciencia, no hay principios, no hay ideologías…
Solo hay intereses, pasta, poder…
hace 3 semanas
Aquí la cuestión es porque se mantiene, o le mantienen, en la presidencia del gobierno de la nación, a una persona que no encarna en modo alguno al Estado.
El ejemplo que estará causando allende las fronteras dice mucho, no solo de él, sino también del pueblo Español y su manera de aguantar otro Napoleón, pero éste más perverso y dañino que el original.
hace 3 semanas
La cuestión aquí es que Pedro Sánchez no encarna al Estado.
Él encarna un modelo a construir donde no cabe otra alternativa que no sea otra que la suya propia.
Ya lo definió claramente su ministro Puente…es el p.u.t.o. amo, y eso es totalmente incompatible con un modelo de funcionamiento con otras opciones, no ya solo en su partido, o lo que quiera que quede en unos meses, sino con la mentalidad y actitud de estadista.
hace 3 semanas
Perfectamente explicado.
Artículos como éste, tan bien escrito, son más necesarios que nunca: la incoherencia entre la gravedad del diagnóstico de primera hora y el inmediato inicio de esas largas vacaciones, mantenidas, según lo previsto, hasta el último día, será uno más de los hechos por los que este gobernante pasará a la Historia.
Es otra prueba, por si faltaba alguna, de su arrogancia, su frivolidad, su irresponsabilidad, su falta de ejemplaridad y su inmoralidad absolutas, pero con un valor diferencial: ahora hasta los suyos se han dado cuenta de que la imagen proyectada en el mundo entero ha sido devastadora.
Qué difícil les va a resultar ahora defender lo indefendible.
hace 3 semanas
Es preocupante que el presidente considere su cargo como el de un funcionario más.
Por supuesto que tiene derecho a vacaciones, pero para cualquier empleado público con responsabilidad en un cargo, el descanso está supeditado a las necesidades del servicio y más aún ante circunstancias excepcionales, en las que hay que estar al pie del cañón, no por obligación, sino por dignidad, profesionalidad y ejemplo.
La consecuencia habitual de dejación de funciones ante circunstancias de extrema gravedad, es la pérdida de confianza y por tanto el cese.