Óscar Puente, ministro aplastado por la realidad como por su osamenta, comparecía ante la versión de bolsillo del Congreso, que parecía una cafetería de tanatorio, con su luz de frigorífico y sus efluvios de café de tierra de maceta. Ya lo sabíamos, pero Puente volvió a demostrarnos que ellos sólo gestionan los escombros, el duelo y luego, ya, el olvido. Se diría que por su ministerio no pasaban los trenes, sólo bomberos, floristas, entierros y un perito que parece el barrendero municipal, que ya no puede remediar nada sino hacer desaparecer los restos de la vida y de la noche bajo la tumba de los árboles y los coros de los mirlos. Los ministerios ya no son de su ramo, o sea el de Transportes de transportes por ejemplo, sino que todos son ya sólo ministerios del desastre. Viendo cómo Puente presumía todavía de despliegue, medios y sensibilidad, está claro que lo que ellos creen que hay que gestionar bien no son sus competencias sino el fracaso de sus competencias. No se trata de que el país funcione, sino de que cada desastre del país quede bien atendido, con su florista, su enfermero, su barrendero, su psicólogo, con su periodista de luto y su ministro de luto, que lo que parece tanta gente de luto en los entierros ajenos son chóferes o cobradores del frac. Puente dimite, pero dimite sin culpa, dimite de punta en blanco, dimite como los chorros del oro, dimite y hasta la dimisión parece otra estafa.
Incluso en la dimisión insiste Puente en lo suyo, repitiendo lo de Adamuz, que su calvario sin duda era repetirlo todo, muertos, excusas y traje negro con polilla en la flor. El calvario de Puente empezaba por tener que montar un ministerio en un solo día, como una barraca de feria, como una tómbola de muñecas repollo, siquiera para ocuparse de la lotería y la horticultura de los muertos. Hasta un minuto antes de cada tragedia, su ministerio era algo así como una batcueva de adolescente o solterón que sólo le servía para postear, para la cogorza, para el comecocos y para el pimpón. En cuanto sucedía la tragedia, porque las tragedias lamentablemente suceden, como dijo Sánchez, que aun neroniano es como nuestro Marco Aurelio; en cuanto sucedía la tragedia, decía, Puente dejaba de tuitear, el ministerio se daba la vuelta como la mesa de pimpón que se convierte en escritorio, y entonces es cuando empezaba su trabajo. Claro que su trabajo ya no servía para nada. O no le servía al ciudadano, aunque a Sánchez sí. Hay que recordar que el desmantelamiento del país no se debe a la inacción o pereza de Sánchez, sino que es algo planeado y necesario. Sin eso, Sánchez no tendría para pagar chantajes, sobornos, bardos, esbirros, manos derechas con la mano larga y sobrinitas de manos derechas con ombligo de azúcar. Descargar de responsabilidad al amo por esto era el primer deber de un sanchista.
Se ha ido Puente sin admitir que algo haya tenido que ver con él, ya ven la elegancia o la cobardía. Pero queda Sánchez, paseándose ante los huesos, escombreras y espejos rotos de España
Óscar Puente parecía que dormía en un ataúd, o quizá en una cama con forma de Rayo McQueen, hasta que la catástrofe lo despertaba, el ministerio se montaba como la mesa del desayuno y empezaba su trabajo. Empezaba por comparecer con cara de recién despertado (realmente lo estaba, lo habían despertado ministro cuando se acostó pubescente o gafe, influencer o tragapérrer) y seguía por eludir responsabilidades y buscar un cabeza de turco (si hay un bogie misterioso o un controlador despistado, es todavía mejor que esa evidencia y ese descargo de que un ministro no suelda las vías ni da órdenes a los maquinistas). Luego, ya, todo era chatarrería y luto, sacar la corbata negra del cesto de las serpientes y pasarles la bayeta a los raíles como a las lápidas. El sistema ferroviario lo tienen hecho unos zorros, pero el protocolo para los desastres les queda hasta hermoso, como un funeral de marine. Puente decía mucho lo de “dar la cara”, pero un ministro que sólo está para poner su cara de pajarraco en los entierros no es un ministro sino un incompetente, además de un cenizo. Un ministerio no puede ser una empresa de pompas fúnebres, con el ministro llevando el cirio y diciendo frases de velatorio al dar la mano de ramajo. Hasta Puente se ha acabado dando cuenta, y aun así yo creo que él ve su dimisión como el último servicio del esbirro de calabozo.
“Usted es ministro para evitar accidentes, no para explicarlos”, le dijo Ester Muñoz a Puente, mientras el ministro parecía matarse bebiendo el café frío de los muertos. El ministro había traído, con sus coronas de flores, sus mediasnoches de velatorio y sus fotos de madre de bombero muerto, una cronología de los hechos y unas hipótesis convenientes y absolutorias, como para hacer ya el documental de catástrofe. Quizá es a lo que se dedicaba no sólo su ministerio, sino todo el sotanillo de la Moncloa, a producir documentales exculpatorios en los que siempre queda hueco para el marciano, para el fantasma o para la derecha (la verdadera privatización de lo público es la que ha hecho el sanchismo con las empresas, instituciones y organismos del Estado). Mientras, los gobernantes, los ministros, los hombres de Sánchez que parecen hombres de Paco, no es que sean meros testigos espantados y anonadados, sino que son incluso víctimas. El calvario, ya saben, de alguien que se acostó tuitero y amaneció con estos marronazos de escombros y muertos, de alguien que se tiene que poner luto como si se tuviera que poner cornamenta, alguien al que le piden la dimisión como si le vocearan en la esquina “el venao, el venao”. Por cierto, encima se atreve a pedírsela Feijóo, que no respeta nada, ni a los ministros con calvario. Ahora su calvario ha terminado, aunque no el nuestro.
Todo esto ya lo hemos vivido, sufrido y diría que olvidado. Escombros, duelo y olvido, ése es el ciclo del sanchismo, sea con trenes, con mangazos, con fontaneros, con la corrupción, con el amor, con el putiferio, con la muerte y hasta con sus ministros, que se esfuman en la niebla pero sin responsabilidad, apenas poéticamente. Nuestros trenes funcionan a base de avemarías y soponcios, como viejas de pañoleta, pero eso no tiene nada que ver con el ministro del ramo. Nuestros trenes, que nos hacían un poco japoneses en Sevilla, ahora resulta que dependen de un señor que se duerme con la tele puesta, como el señor que manejaba el tiovivo, y tienen que ir al paso de las vacas para mantenernos vivos, pero eso no tiene nada que ver con el ministro del ramo. Diez meses, dos catástrofes y 115 muertos después, la gente mira los vagones del tren como si fueran ataúdes de catálogo, pero eso no tiene nada que ver con el ministro del ramo. Se ha ido Puente sin admitir que algo haya tenido que ver con él, ya ven la elegancia o la cobardía. Pero queda Sánchez, paseándose ante los huesos, escombreras y espejos rotos de España como ante los huesos, escombreras y espejos rotos del Guernica. Gobernar no, pero les está quedando un entierro precioso de todo el país, como de infante de España o como de ministro de Sánchez.
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