Sánchez intenta sobrevivir entre cadáveres políticos o cadáveres sin más, pero ya van siendo muchos muertos los que lo rodean, cosa que nos hace sospechar que quizá también él está muerto, como un faraón muerto o como Bruce Willis muerto. El sacrificio de Óscar Puente, que no sé si ha sido un sacrificio folclórico o científico, como el de una doncella con entrecejo peludo o como el de un tití, no ha borrado ningún cadáver y además ha añadido el propio del ministro, que ya viaja en carretón, como los otros, hacia una Moncloa que va a terminar en cementerio mediterráneo. Yo creo que por eso Sánchez vuelve a mirar fuera, se anima con la derrota de Trump como antes se animó con la vitoria de Lula, mientras aquí los muertos le agarran por la canilla o por la mandíbula, que en nuestro presidente ya hace mucho que parecen robadas a los muertos, como las joyas de Zapatero. Sánchez apenas tiene a Trump para animarse, lo que pasa es que Trump va camino de ser otro muerto más, está a punto de cumplir el ciclo de los populismos, que termina cuando el personal se da cuenta de que no sirven para gobernar, sólo para calentar. Se le olvida a Sánchez también que no hay nadie aquí que se parezca tanto a Trump como él, con sus conspiraciones de jueces, periodistas y poderosos embozados en capotes. Incluso con Trump, a Sánchez todo le recuerda a la muerte.
Óscar Puente, dimitido, sacrificado o envenenado en directo en su comparecencia, como si lo mataran en el palco de la ópera, es otro muerto en la vitrina de muertos de Sánchez. Parece que a los magos del sotanillo de la Moncloa les ha parecido que pueden reconducir la campaña a partir de aquí, dándonos un cambiazo de ministros, de entierros, de palabras y de responsabilidades en los ministerios, los entierros y las palabras. Pero Puente no da el tipo de mesías sacrificial, a pesar que dijera eso del calvario y quizá muchos en el sotanillo vieran, de repente, un cristo de Berruguete en él, perfecto para las beatas de cordoncillo del PSOE. De hecho, esas beatas y beatos de cordoncillo y escapulario del PSOE ya alaban la “dignidad”, la “empatía” y la “coherencia” de su sacrificio, que así definió su ofrenda el mismo sacrificado, con esa inmodestia de la realeza celeste o sanchista. Lo curioso es que Puente se había llevado una semana defendiendo su permanencia en el cargo con esas mismas razones. Que haya dignidad, coherencia y empatía en hacer una cosa y la contraria debe de ser otro de esos inescrutables milagros sanchistas, sólo para beatones sanchistas.
Sánchez está rodeado de cadáveres, señalado por cadáveres y hasta contagiado por cadáveres, los de su partido, los del pueblo, los de la democracia y los de sus desastres
Puente dimite, o lo dimiten, que se diría que lo activaron con una palabra gatillo, como a un hipnotizado, y enseguida sacó la carpetita roja como un revólver de nácar para volarse la cabeza. De repente, el incapaz y el aciago devenía en héroe, en mártir. Marcharse, o marcharlo, no era un acto de estricta justicia sino una especie de acto de expiación que borraba todos sus pecados y, sobre todo, los de todos los demás. Un ministro se iba por inútil y dañino y lo que quedaba era “dignidad” y, sobre todo, de nuevo, olvido. En el fuego o parrillada de la dimisión de Puente no sólo se consumía el ministro, sino toda la tragedia de Urda, todas las responsabilidades del Gobierno, todos los errores y maldades de la legislatura. Con Puente termina todo, las responsabilidades y las preguntas. Este perfil, lejos de la dignidad y la gloria, es el de simple chivo expiatorio, muy a mano y ya muy sollamado de barbas. Sánchez cree, de nuevo, que puede levantar un cortafuegos de cenizas o de huesos antes de que el incendio llegue a su colchón, que es como un zepelín muy orondo e inflamable. Lo ha hecho con Ábalos y Cerdán y, a otro nivel, con Leire. Y está a punto de hacerlo con Zapatero.
Puente era ese chato de la banda que ha caído el primero, como en la canción de Morrisey. No hay más justicia ni más perdón ni más olvido que se puedan extender a partir de esa caída particular, aparatosa, teatral y sin duda insuficiente. Los malvados e incompetentes no se convierten en héroes por abandonar, por huir o por caer con la pistola en la mano como una manzana en la mano. Ni borran la maldad y la incompetencia que hay por detrás o por encima de ellos. Puente ha sido el chato que ha caído primero, “el primero en hacer tiempo”, tiempo para el resto de la banda, para el héroe o el villano protagonista, para el guapo de la pistola de oro y la flor en el ojal. Sobre esta dignidad del indigno, que es la de Puente y la de Sánchez, o sea de nuevo con la inversión de todos los valores, todas las palabras y toda la realidad, el sanchismo pretende relanzar la campaña. Es lo de siempre, sólo que ahora con este material de muertos, de ladrón de tumbas.
Tiene poco Sánchez con lo que animarse. Apenas Trump, si ignora que es como su gemelo especular, y apenas Puente, si ignora que la gestión incapaz y mortal por la que ha dimitido la ha defendido y la ha dirigido él, como Puto Amo que es. Tiene poco Sánchez, pero es lo que hay. Sánchez está rodeado de cadáveres, señalado por cadáveres y hasta contagiado por cadáveres, los de su partido, los del pueblo, los de la democracia y los de sus desastres, que ya le están prestando el maquillaje de ceniza y la almohada de piedra. Sánchez está casi sepultado por cadáveres, que lo llaman con manos de cal y joyas podridas, o está protegido por cadáveres, que nadie parece darse cuenta de que la enfermedad que mata a todos los de su alrededor es él. Pero sólo tiene cadáveres y con los cadáveres jugará. El de Puente, dignificado por la fe o por la necesidad, que no por sus actos, será santo; los de Urda y Adamuz serán olvidados, y desfilarán los de Mazón, los de Ayuso, los de Netanyahu, los de Trump. Si no los hay, los inventará o los fabricará, como nietos. Será eslogan la dignidad de los indignos, como si fuera eslogan la vida de los muertos. Lo mismo Sánchez se ve un poco así, entre inmortal y Bruce Willis muerto casi desde que empezó todo.
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