Opinión

Un ministro con suficiente tiempo libre como para importar el "estilo Trump" en sus redes a diario

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, durante una rueda de prensa, en la sede del Ministerio, a 30 de octubre de 2026
El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, durante una rueda de prensa, en la sede del Ministerio | EP

Nada más normal que, cuando en la última entrevista de David Broncano a Pedro Sánchez este le preguntó si leía OKDiario, objeto de tanta controversia estos últimos días, o si estaba suscrito al ABC, Pedro Sánchez aclarara que, aunque ojeaba algunos periódicos que le eran más afines, dejaba el tema en manos de su responsable de prensa para que le hiciera unos resúmenes. Parece bastante razonable que un presidente del Gobierno, que además simultanea ese cargo con el de secretario general del PSOE, tenga suficientes ocupaciones como para no poder dedicar tres horas diarias a estar pendiente de lo que publican todos los medios y delegue esa función en sus responsables de prensa.

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Bien es cierto que los políticos tienen la obligación de cuidar la comunicación con su público, su militancia y la totalidad del electorado para explicar sus propuestas y rebatir las invectivas de sus competidores, pero Óscar Puente no es portavoz del Gobierno, ni portavoz del Comité Ejecutivo del PSOE ni portavoz del Grupo Parlamentario, cargos que ocupan ilustres compañeros de partido perfectamente capaces de difundir y distribuir lo que consideren oportuno. Pero se da la circunstancia de que Óscar Puente es el ministro de Transportes, uno de los ministerios que requiere un mayor despliegue, y, aun así, el ministro parece dar una gran prioridad a su actividad de publicación de mensajes en la red social X. Luis Cano, en El Debate, citaba hace unos días una media de 14 mensajes diarios que, en los últimos meses, había aumentado a 27 al día.

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En cualquier oficina en la que el empleado estuviera sujeto a un horario, sería inevitable que, si se detectara algo así, algún jefe le diera un toque de atención ante el frenesí tuitero para que no se distrajera de sus verdaderas obligaciones. Pero Pedro Sánchez, Patxi López y Rebeca Torró parecían encantados con que Puente antepusiera su labor tuitera a su labor ministerial.

El ministro más trumpista

Jesús Gil falleció en 2004 y el comandante Hugo Chávez, en 2013. Eso les impidió trasladar sus célebres verborreas de insultos y ridiculizaciones contra sus enemigos a un perfil en X, pero, en su ausencia, el papel de presidentes que usan la antaño red social del pájaro azul para explotar su afición al polemismo lo ha ocupado el mandatario de EEUU, Donald Trump, aunque últimamente se le acerca en el podio el argentino Milei.

Donald Trump ha demostrado que, más que debatir con rivales políticos, con lo que más disfruta es con las burlas desde su red social, Truth Social, para señalar y replicar a todo aquel que le incordie. Es una táctica útil para afianzar a los fans deseosos de sangre y para espantar a los medios que no tengan ganas de remangarse.

Trump no ha dudado en publicar mensajes llamando a la CNN "Clinton News Network" y a la cadena MSNBC "MSDNC" (para sustituir sus siglas por las de DNC, el Comité Nacional del Partido Demócrata), hasta el punto de que cabría preguntarse si aquello influyó en el cambio de nombre de MSNBC, harta del apodo (ahora es MS NOW). Y al grupo matriz propietario de la cadena, Comcast, Trump lo llama en sus mensajes "Concast" (que significaría "Grupo Estafa" o "Grupo Timo").

En lo que se refiere a presentadores y comentaristas políticos, el repertorio de Trump es amplio: a Joe Scarborough lo apoda siempre "Psycho Joe" y a su esposa y copresentadora, Mika Brzezinski, "Crazy Mika" (el tarado Joe y la loca Mika); a Don Lemon, "el ser más tonto de la televisión"; a Jimmy Fallon, "Whimpering Jimmy"; a Jimmy Kimmel, "Crooked Loser"; y a Jeff Zucker, "Little Zucker". Todos, o tontos o perdedores.

Algunos de sus insultos tenían un poco más de desarrollo: al presentador Chris Cuomo, Trump lo apodaba en sus mensajes "Fredo" (al ser hermano de un ilustre político demócrata, lo comparaba con el hermano cobarde de Michael Corleone en El padrino). A Neil Cavuto, aunque era de Fox y crítico con él, tampoco lo perdonaba y lo calificaba de "the worst on television" y "basura". Y a Jake Tapper, de la CNN, lo llamaba "Fake Tapper", mientras que al presentador de la ABC de Disney, George Stephanopoulos, Trump lo llamaba en sus mensajes "George Slopadopoulos", por el juego de palabras con "slop" (bazofia).

Son formas que, a quien le guste el polemismo, pueden hacerle gracia en un comentarista de radio o de televisión. En España hemos tenido a un José María García, un Carlos Llamas, una Encarna Sánchez, un Luis del Olmo, un Antonio Herrero, un De la Morena o el incombustible Federico Jiménez Losantos, que, cuando querían ridiculizar en las ondas, lo hacían sin piedad, como en el arte del columnismo destacaban Campmany, Haro Tecglen y tantos otros. Pero ninguno de ellos era presidente de Estados Unidos ni ministro de Transportes. Porque, al margen de todo el debate sobre si está feo o no "señalar", lo verdaderamente relevante es si quienes ocupan esos cargos pueden permitirse dedicar tanto tiempo a "las batallitas del clickbait".

Pablo Iglesias tuvo la prudencia de esperar a dejar de ser vicepresidente del Gobierno para volcarse de veras en las redes sociales con su grupete de amigos tuiteros incondicionales, pero Óscar Puente decidió que tenía tiempo de sobra para ser el primer miembro de un Consejo de Ministros de España que introdujera el modelo Trump en nuestro país, aunque su estilo, en ocasiones, era aún menos creativo que el del preboste de la Casa Blanca.

A Francisco Pascual, de El Mundo, le escribió que se pasaba el día "lamiéndole el dobladillo del pantalón a Ayuso" (febrero de 2024), y al investigador Javier Chicote lo llamó ese mismo mes "envestigador", diciendo que ojalá "como sastre tuviera mejor tino que como envestigador". En marzo de 2024 tuiteaba calificando de matón a Risto Mejide y burlándose del nombre de su programa: "Todo es mentira. Empezando por vosotros".

A lo mejor Óscar Puente se da cuenta de que jugar a ser el Trump español tal vez no fue la mejor idea. Y lo mismo deberían hacer quienes durante tres años se lo han permitido

Si Trump tiene en sus tuiterazos preferencia por calificar de inútil, fracasada o tonta a la gente, Puente, en los suyos, muestra preferencias más escatológicas: a The Objective lo llama "The Ojete", periódico al que también ha calificado de "contenedor de basura", y unas semanas después calificaba a Vito Quiles de "saco de mierda". Los excrementos parecen ser una gran fuente de inspiración para él, pues también ha llamado "mierda" a publicaciones del periódico El Mundo. Y en julio de 2026 retuiteaba un artículo de Jiménez Losantos, calificándolo de "auténtica mierda, hablando en plata".

En abril de 2024 se refería a José Alejandro Vara como "profesional del insulto" y en febrero de 2025 a Ketty Garat como "la inefable" de The Ojete. En diciembre de 2025 tuiteaba que Francisco Marhuenda era "el facha más paleto de España". Del ABC ha dicho que es un medio que lleva sembrando odio desde 1903 y de Antonio García Ferreras, que era otro matón, como ya le había dicho a Risto, pero añadiendo que, en su caso, lo había sido siempre y que ya se le había perdido el miedo.

Junto con sus propias descalificaciones, Óscar Puente también desplegaba una gran actividad retuiteando mensajes de otras cuentas que seguía y que le parecían interesantes, demostrando que, además del tiempo dedicado a escribir, empleaba una cantidad importante de tiempo en leer y elegir cuáles retuiteaba y cuáles no. Todo ello invita a reflexionar sobre cuánto tiempo dedica al día a estar pegado al ordenador.

Quizá Óscar Puente es un humano "todoterreno" capaz de combinar esa inmensa entrega al polemismo en su cuenta de X con el cumplimiento de todas sus obligaciones ministeriales. Y si todo lo que depende de Transportes funcionara de manera excelente, quizá a nadie le hubiera importado. Pero, por desgracia para él —y mucho más para quienes lo han padecido—, había muchas cosas pendientes en su ministerio que podrían haberse mejorado. Y aunque su labor en X no tiene nada que ver con las tragedias ocurridas este año, parece imposible que pueda evitar que alguien tenga la tentación de pensar si Óscar Puente quizá debería haber dedicado menos tiempo a tuitear y más a atender otros asuntos que tendría que haber antepuesto a su papel de portavoz camorrero del Gobierno.

Ante situaciones como esta, a lo mejor Óscar Puente se da cuenta de que jugar a ser el Trump español tal vez no fue la mejor idea. Y lo mismo deberían hacer quienes durante tres años se lo han permitido, si es que no lo han incentivado.

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