Íñigo Méndez Vigo (Tetuán 1956), aterrizó en el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte un 25 de junio de 2015 después de que se conociera su nombramiento con nocturnidad, pasadas las 11 de la noche del día 24. Secretario de Estado para la Unión Europea, parecía un candidato casi por descarte, alguien que se había cruzado con Rajoy de repente, un parche para ocupar el hueco dejado por José Ignacio Wert, empeñado en llevarse mal con todos los sectores educativos, incluidos los próximos al PP, y con las comunidades autónomas, también las gobernadas por los populares. Pero llegó él y todo comenzó a ser distinto en el número 34 de la calle Alcalá. El barón de Claret inauguró unos modos nuevos y, como quien no quiere la cosa, comenzó a «revisar» y enmendar la política de su antecesor así como a restablecer las cortocircuitadas relaciones con distintos colectivos.

Esa ejecutoria no ha pasado ni mucho menos desapercibida para Rajoy, a pesar de encomendarle un Ministerio que, en principio, se adaptaba poco a su trayectoria. Este políglota (habla inglés, francés y alemán), cuyo contacto con la educación viene de haber sido profesor de Derecho Constitucional y Comunitario, que hasta ganó el premio de periodismo Salvador de Madariaga en 1999 por difundir los valores de la Unión Europea, va a tener un gran protagonismo político al convertirse en la cara y voz del Gobierno en su calidad de portavoz. A él le corresponderá dar cuenta ante los periodistas de los acuerdos del Consejo de Ministros y responder a cuantas cuestiones le planteen sobre la situación política, por muy espinosas que sean éstas.

Hombre de perfil dialogante por su experiencia, le corresponde intentar sacar adelante el Pacto por la Educación

No es un puesto ni mucho menos fácil, pero los que le conocen de hace muchos años destacan de él que «es posiblemente el hombre más dialogante del gabinete por su herencia europea» y el único capaz de dar una rueda de prensa «de manera fluida en cuatro idiomas distintos», acotan. Estas facultades también le pueden ayudar para intentar sacar adelante el Pacto por la Educación, uno de los grandes capítulos de este país más necesitado de consenso y menos de luchas partidarias.

Con este cambio de organigrama, Mariano Rajoy libera a Soraya Sáenz de Santamaría al objeto de que pueda atender otras dos cuestiones capitales en una legislatura obligada al pacto: la negociación del nuevo modelo de financiación autonómica y el órdago separatista catalán. Desde el Ministerio de la Presidencia y para las Administraciones Territoriales, Santamaría tiene por delante una ardua tarea.