Los relatos reproducen de modo mimético lo que ha sido la vida en algunos municipios de Euskadi y Navarra para los colectivos situados en la diana de los grupos radicales afines al entorno etarra. Y la Guardia Civil ha sido probablemente el que encabezaba el ranking de los odios de los más violentos. La agresión a dos agentes y sus parejas en un bar de Alsasua la madrugada del pasado 15 de octubre ha vuelto a avivar episodios que parecían olvidados. Este caso acumula ya nueve procesados, siete de ellos encarcelados por un presunto delito de terrorismo.

La reconstrucción de hechos que, según se va conociendo de la instrucción judicial, se aleja muchos de la trifulca de bar en la que la izquierda abertzale quiere enmarcar los graves incidentes que terminaron con un agente ingresado en un hospital. La paliza fue brutal pero no acabó con los golpes. El procesamiento posterior de varios de los presuntos agresores ha encendido el clima de amenaza y coacción a las víctimas y sus familias y ha alimentado y ‘resucitado’ el clima de rechazo contra de la Guardia Civil en algunos sectores de Euskadi y Navarra.

Por lo que ha trascendido de las declaraciones judiciales de los agredidos ante la juez que lleva el caso en la Audiencia Nacional, Carmen Lamela, entre el grupo de agresores varios actuaron protegidos con capuchas, protección que a alguno de ellos se le cayó mientras golpeaba con fuerza a los agentes. Así lo relataron las víctimas, quienes subrayaron que en la paliza contaron con el apoyo de más de una treintena de personas que los habían identificado como agentes de la Guardia Civil. En la reconstrucción de hechos la juez llega a identificar a Jokin Unamuno y Nahia Bengoetxea como las dos persona que en primer lugar se dirigen a ellos. Lo hicieron en torno a las 3.15 horas de la noche para reprocharles que “no tenían derecho” a estar en el interior del local, el bar ‘Koxka’ de Alsasua.

Posteriormente, entre 20 y 25 personas les rodearon y comenzaron a insultarles y agredirles: “Tenéis lo que os merecéis, iros de aquí, hijos de puta, cabrones fuera de aquí, putos picoletos, txakurrak (perros), alde hemendik! (¡fuera de aquí!), utzi pakean! (¡dejadnos en paz!)”. Ya en el exterior la agresión continuó con más golpes. Según relata hoy la Cadena Ser, que ha tenido acceso a las grabaciones de las declaraciones judiciales, Maria José, novia del teniente agredido y natural de la localidad navarra, vio cómo “quienes más fuerte golpeaban iban encapuchados”. Golpearon sin miramiento, relata, dando patadas incluso en la cabeza: “No miraban dónde daban”.

Ese fue el primer nivel del infierno que viven desde hace mes y medio. Además de tener que abandonar su Alsasua natal, María José y el resto de los agentes han visto cómo la presión en torno a su familia se ha intensificado. La novia del teniente asegura que tras la paliza también sus padres están sufriendo el acoso. A todos ellos hace tiempo que “nos han retirado el saludo” la mayor parte de los vecinos. En el caso de sus padres, que regentan un bar en Alsasua, han visto cómo desde el 15 de octubre “se cancelan reservas, les colocan pancartas a la entrada del local con el lema ‘Alde Euskal herritik! (¡Fuera de Euskal Herria!) o les realizan pintadas en su portal de Aski da! (¡Ya basta!)”. Su testimonio continúa lamentando que “ahora les insultan, y mi madre tiene miedo a quedarse sola en el bar”. A su padre, continúa relatando Maria José, le llegaron a extorsionar instándole a retirar las denuncias para que cesara el acoso. Ella reconoce que cuando en el mes de marzo inició la relación con el agente de la Benemérita muchos en el pueblo le alertaron del riesgo que supondría: “Muchos me lo advirtieron”.

Pilar, la mujer del otro agente agredido, también describe una asfixia social en Alsasua. Asegura que no puede “ni salir a comprar una barra de pan, me da miedo” por si puede ser identificada como esposa de un guardia civil. Su marido, sargento del cuerpo, afirma que desde los incidentes el clima se ha vuelto aún más irrespirable. Muchos de los compañeros han tenido que darse de baja de actividades que realizaban en el pueblo, ya no acuden a talleres ni al bar u otro tipo de actividades y viven casi confinados en sus casas. El caso más llamativo es el de un guardia que acudía a un gimnasio de artes marciales y al que el monitor, acompañado de otros cinco clientes le instó a darse de baja. “Las cosas que enseñamos aquí son para pegar a los guardias, no para que los guardias sepan pegar”, relata el sargento de la benemérita. En su testimonio para describir el clima que se vive en Alsasua rememora lo ocurrido a la mujer de un compañero que cuando acudió a recoger a sus hijos al colegio “le escupieron a la cara”.

Asegura incluso que la situación de coacción y presión no es nueva, que Alsasua hace tiempo que vive con un entorno social muy hostil para la Guardia Civil allí destinada. “Cuando llegué me dijeron que el lado izquierdo de la avenida que divide el pueblo es la zona ‘de ellos’ y la de la derecha es ‘la zona nacional’”. Una realidad social que se ha traducido en una ley del silencio extendida que lleva a muchos vecinos del municipio a permanecer en silencio por miedo a represalias. “Te dicen que tienes hijos en el colegio, tiendas, coches en la calle… allí impera la ley del silencio”, relata el agente ante la juez. Unas calles, las de Alsasua, donde la existencia de pintadas y anagramas de ETA es habitual, pese a que sean retiradas por el Ayuntamiento.