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'Altsasu', un arriesgado ejercicio de catarsis que se queda a medio camino

Lejos de buscar la confrontación o la justificación, 'Altsasu' es una invitación a la reflexión y al cuestionamiento sobre un suceso que aún no se ha curado

Representación de la obra de teatro 'Altsasu', dirigida por María Goiricelaya.

Representación de la obra de teatro 'Altsasu', dirigida por María Goiricelaya.

El 15 de octubre de 2016 dos guardias civiles y sus respectivas parejas fueron agredidas en un bar de la localidad navarra de Alsasua. Desde entonces, todo lo que ha rodeado este triste suceso ha estado manchado por la polarización, el revanchismo y una marcada discordia social. Una mancha de la que no ha podido escapar la representación teatral de estos hechos, Altsasu, ideada por la dramaturga y directora, María Goiricelaya (Bilbao, 1983).

La obra de Goiricelaya llegó a Madrid tras un largo rodaje con más de 70 representaciones entre España y Latinoamérica. Lleva prendida la polémica desde su estreno en 2021 en el Teatro Arriaga de Bilbao, y su llegada a la capital ha reavivado el recelo de todos aquellos que no han estado de acuerdo con la versión de los hechos que ofrece. Altsasu se estrenó este jueves en La Abadía, con algo de alboroto tras la manifestación convocada por Vox a las puertas del teatro. "La libertad de expresión es un derecho que tiene límites, no todo es aceptable", defendía un Ortega Smith que, al ser preguntado si la había visto, respondía: "Yo no he visto la obra porque me da mucho asco". Lo que no ha impedido que se vendieran todas las entradas antes de su estreno y que este fin de semana el teatro también se haya llenado de gente con ganas de opinar por sí misma. Ya con más calma en el exterior, pero con la misma expectación y con seguridad privada controlando la entrada.

La afirmación del mandatario de Vox refleja a la perfección el grado de politización al que se ha visto sometido este caso. Lo que de verdad ocurrió aquel 15 de octubre dejó de importar en el momento en el que se volvió un hecho de interés político y, tanto los unos como los otros vieron la oportunidad de avivar las llamas de un enfrentamiento histórico y, de esta forma, seguir sumando mártires y adeptos a su causa.

El Altsasu de Goiricelaya tampoco busca la verdad de lo ocurrido. Se limita a reproducir un teatro verbatim que toma como referencia los documentos legales utilizados en el caso para reconstruir los hechos. Esto no quiere decir que no haya un posicionamiento; la objetividad no existe, y mucho menos en el arte. Sin embargo, la obra sí hace un esfuerzo por empatizar y contar, desde lo emocional, las dos caras de una misma tragedia. Aquí entra en juego la ficción, porque no hay que olvidar que esta obra lo es, y la habilidad de la dramaturga para bajar al barro de una herida aún sin cicatrizar para trascender las cuestiones humanas a las políticas.

Goiricelaya trata de conseguir cierto equilibrio, pero acaba pesando más su fijación en un procedimiento legal injusto y el énfasis en el papel de víctimas que acaban adoptando los agresores

Para ello, la obra se sirve de una puesta en escena minimalista y cuatro actores que soportan el peso de un amplio abanico de personajes: agresores, guardias civiles, madres y padres de ambos bandos, abogados de la defensa y la acusación, fiscal, jueza, peritos… Los cambios rápidos de ropa (sudaderas con capucha los abertzales, camisa y polo los guardias), permiten una identificación tan rudimentaria como eficaz. Una ambientación que se apoya en elementos sonoros, coreografías y juegos de luces que hacen que la acción transcurra ágil y vertiginosa.

Emociona el relato carcelario de los jóvenes agresores y la tristeza de su familia, y es muy frustrante la parcialidad de la Guardia Civil en la investigación del caso. Pero duelen también los insultos xenófobos de los anónimos extremistas abertzales, o el testimonio de la hija de migrantes ecuatorianos que, al iniciar su relación con el "picoleto" del pueblo, es automáticamente aislada socialmente, o el acoso que tienen que aguantar ambas familias tras ser agredidas, amenazas a sus hijos incluidas. Esa frase llena de intención en la que el personaje interpretado por Ane Pikaza dice: "ETA ya no dispara, pero sigue matando".

Entre medias, también hay momentos de empatía amistosa y reconciliadora. El relato biográfico del teniente que terminó herido, un guardia civil con vocación de servicio a la comunidad que llegó a la localidad navarra con sus mejores intenciones. O la representación de un pueblo preparándose para continuar con la tradición de los Momotxorros en el carnaval de Alsasua. Una celebración basada en la tradición y la identidad ancestral que sirve como apertura y cierre de esta catártica obra.

La obra de Goiricelaya trata de conseguir cierto equilibrio, pero acaba pesando más su fijación en un procedimiento legal injusto, la minimización de los daños infligidos y el énfasis en el papel de víctimas que acaban adoptando los agresores. Sin embargo, en lo único en lo que se muestra verdaderamente contundente es en lo desproporcionado de la condena (de dos a nueve años), algo en lo que casi todo el mundo concuerda. Aunque el texto pierde coherencia cuando compara este caso con otros sucesos de agresión a los cuerpos de seguridad del Estado, pues como bien se muestra durante el resto de la representación, el caldo de cultivo de este tipo de violencia no significa lo mismo en Valencia que en el País Vasco.

Lejos de buscar la confrontación o la justificación, como han querido hacer ver quienes censuraban la obra, Altsasu es una invitación a la reflexión y al cuestionamiento sobre un suceso que aún no se ha curado.

Al final, una conversación sin mirarse entre las madres afectadas de ambos bandos demuestra lo lejos de alcanzar el perdón que están sus discursos. La clave está en el alegato de la progenitora de uno de los chicos que acaban presos, quien a pesar del sufrimiento prefiere quedarse en la dimensión política del asunto. Sin darse cuenta de que, mientras la política siga marcando el fondo de la cuestión, una pelea de bar seguirá siendo algo más que una pelea de bar.

ALTSASU

Reparto: Aitor Borobia, Nagore González, Ane Pikaza y Egoitz Sánchez

Dirección y dramaturgia: María Goiricelaya

Escenografía: Eider ibarrondo e Isabel Acosta

Vestuario: Betitxe Saitua

Diseño de iluminación: David Alkorta

Música: Adrián García de los Ojos

Espacio sonoro: Ibon Aguirre

Producción: La Dramática Errante

En la sala Sala José Luis Alonso del Teatro de la Abadía hasta el 28 de enero

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