En realidad, murió al poco de nacer. Tuvo una vida breve, apenas unos días. Fue espontáneo, intenso y sincero, un parto natural en plena calle, entre contracciones de rabia, angustia y dolor que luego alguien llamó ‘espíritu’ y apellidó ‘de Ermua’. Irrumpió en el mismo instante en el que Miguel Ángel Blanco era secuestrado y se diluyó poco después con el silbido de dos tiros. En aquellos días de julio no hubo colores, ni ideologías. La imagen a las puertas del consistorio vizcaíno era cierta, nada de espectros. Una realidad hecha de ancianos y niños, derechas e izquierdas, abertzales y constitucionalistas, obreros y patrones e incluso votantes de HB que gritaban al unísono, “¡ETA, aquí tienes mi nuca!”, alzaban sus manos blancas proclamando “¡Libertad!, ¡libertad!” y suplicaban un desgarrador “¡Miguel!, ¡Miguel!, ¡Miguel…!”. Ahí terminó todo.

Después vinieron sucesivos intentos por prolongarle la vida pero ya nada fue igual. Ni la vitalidad, ni la unidad, ni la espontaneidad. Menos aún los intentos que veinte años después se han hecho por rememorar, -dicen unos-, o resucitar, -dicen otros- aquel sentimiento de unidad que por una vez y durante tres días de julio de 1997 unieron a un país. Lo vivido esta semana de recuerdo a Miguel Ángel Blanco ha terminado por sellar la defunción del aquel espíritu al que hoy no hay pulso que tomar.

En realidad, murió al poco de nacer. Tuvo una vida breve, unos días. Espontánea, intensa y sincera, un parto natural en plena calle

Cuando la lápida de Miguel Ángel Blanco se cerró el llamado ‘Espíritu de Ermua’ comenzó a marcharse con él. El pulso que ETA acababa de librar lo perdió en la sociedad vasca y española pero de alguna manera lo ganó en el tablero político que dejó resquebrajado para siempre. Dos décadas después la banda, a punto de echar la persiana, parece haber recogido su segunda cosecha de la ejecución del joven concejal. Lo que comenzó como una disputa por una pancarta en Madrid pronto se extendió como la pólvora en otros muchos municipios de España en forma de amargo déjà vu vivido a finales de los 90.

En estos días no sólo se ha recordado la muerte de Miguel Ángel. También han resucitado a la memoria episodios que parecían olvidados, como la división entre nacionalistas y no nacionalistas y entre derechas e izquierdas e incluso entre víctimas e instituciones. No han faltado reproches, insultos y gestos que parecían de otro tiempo.

Reproches políticos en todas direcciones

En la semana en la que se certificó que el ‘Espíritu de Ermua’ no tenía pulso con el que revivir hemos visto que las dispuestas políticas han circulado en todas direcciones y contra todos. En el entorno nacionalista moderado, el PNV, han optado por un recuerdo discreto, respetuoso en los actos institucionales pero sin iniciativa propia. El abertzalismo radical, representado por EH Bildu, se ha decantado por un lavado de cara basado en asistencias medidas a actos de recuerdo pero sin gestos de rechazo por lo ocurrido y menos aún de condena. Tampoco han faltado críticas a las formaciones constitucionalistas, al PP por “utilizar” la memoria de Blanco y al PSE por evitarla.

De las tres capitales vascas sólo en una, Vitoria, ha sido posible celebrar un acto de recuerdo a Miguel Angel Blanco. En el municipio donde el concejal apareció asesinado, en Lasarte, fueron incapaces de consensuar una declaración municipal. El PP lo intentó en el Pleno, y el resto de partidos le reprochó por utilizar el aniversario y no presentar su propuesta en el foro adecuado. El resultado es que no hubo recuerdo.

Rajoy visita hoy Euskadi, donde el recuerdo a Miguel Ángel Blanco ha contaminado la relación política con reproches entre partidos

En el Congreso de los diputados el PNV y EH Bildu se quedaron fuera de la declaración institucional que negociaron el resto de partidos. Los de Andoni Ortuzar cuestionaron el procedimiento “a sus espaldas” y que en realidad no se buscara su firma. Los de Otegi, en cambio, prefirieron recurrir al relato como argumento de crítica. En Ermua, en la delegación de EH Bildu que acudió al homenaje del Ayuntamiento, hubo quien incluso acudió a honrar la memoria de Miguel Ángel pero con la boca pequeña, rechazando la rosa que se le invitaba a colocar y sin condenar de modo expreso su ejecución. Tampoco ha faltado quien desde el ámbito abertzale ha reprochado al PP resucitar viejos fantasmas del pasado para volver a utilizar la figura de Miguel Angel Blanco.

Este sábado el Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, visita Bilbao, junto al ministro de Interior, Juan Ignacio Zoido en el que será el último acto de recuerdo al edil de Ermua. Los populares vascos les han dejado un clima algo tenso. El presidente del PP vasco, Alfonso Alonso, no desaprovechó el pasado martes la ocasión para enterrar aún más el espíritu de unidad de Ermua y arremeter contra EH Bildu asegurando que algunos de sus integrantes “sobran” en los homenajes. Incluso ha habido reproches contra el PNV por no suscribir declaraciones y actos de recuerdo. Ni siquiera la buena relación que desde hace unos meses preside el entendimiento PNV-PP ha sobrevivido a estos días de amargo déjà vu.

En el PNV no han tardado en calificar de “insulto” la actitud de la dirección del PP vasco. La sensación de un retorno al pasado ha estado favorecida por el resurgir de algunos de los protagonistas de aquellos días de julio del 97 que han vuelto a ocupar el primer plano, como el presidente del PP en Euskadi entonces, Carlos Iturgaiz, o el entonces ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja. Este último elevó el tono de crítica contra el Gobierno de Navarra, un Gobierno “de ETA”, dijo.

‘Menuda bronca me echó!

Incluso entre las propias asociaciones de víctimas el ‘Espíritu de Ermua’ parece haber saltado por los aires. Mientras la hermana de Blanco, María del Mar, presidenta de la Fundación Víctimas del Terrorismo y máximo representante de la Fundación que lleva el nombre de su hermano, apelaba al valor del Espíritu de Ermua. En otras asociaciones han recordado estos días que existen “otras víctimas”. Desde la AVT su presidente, Alfonso Sánchez, alertó de los intentos de “apropiarse” de las víctimas. Desde el Colectivo de Víctimas del Terrorismo, Covite, se prefirió tener un perfil bajo en estos homenajes y limitarse a criticar la posición del Ayuntamiento de Madrid al negarse a colocar una pancarta y escudarse en las asociaciones de víctimas para ello.

Y si en el País Vasco la disputa es entre nacionalistas y no nacionalistas ha hecho revivir viejos enfrentamientos que parecían superados, en el resto de España no ha sido menos. En Getafe se llegó incluso a quemar las flores y fotografías instaladas en la calle que lleva el nombre de blanco. En Madrid se ha certificado que las nuevas formaciones están dispuestas a poner de su mano para enterrar, palada a palada, aquel espíritu de unidad que una vez surgió contra la violencia terrorista. Decisiones, rectificaciones, abucheos y descalificaciones han sido el eje sobre el que se han desarrollado los actos de recuerdo de Miguel Ángel Blanco en la capital de España.

La alcaldesa, que es juez y no política, no imaginó la controversia que generaría una decisión basada más en criterios de gestión que de ideología

Aún el jueves Mari Mar Blanco lo recordaba a los suyos en Ermua, “¡menuda bronca que me echó!”. Se refería al reproche de la alcaldesa de Madrid después de que le reclamara en público la colocación de una pancarta en memoria de su hermano y Carmena le afeara el modo y momento elegido para solicitárselo, “no son formas, Marimar, no es el lugar”, le dijo la primera edil.

Todo comenzó por un mail del presidente del presidente de Movimiento contra la Intolerancia. Esteban Ibarra solicitaba a la alcaldesa la instalación de la pancarta en la fachada del Ayuntamiento. Parecía una petición razonable. Sin embargo, Carmena lo descartó aduciendo varios motivos: en primer lugar, la colocación de la pancarta debía cumplir una serie de requisitos y contar con un informe favorable del servicio de Patrimonio de la Comunidad para no dañar elementos de la fachada. Por otro lado, al Ayuntamiento le llegan centenares de peticiones similares, por lo que a la regidora le preocupaba crear un precedente. Por todo ello, descartó la colocación. Argumentaría después que no convenía personalizar en una víctima el recuerdo de todos los asesinados por los terroristas. A la pregunta ¿hay que lamentar sólo las que se producen en Europa, o también en países como Irak? El Consistorio optó por seguir el criterio de la Federación de Municipios y Provincias (FEMP) y sumarse a todos los minutos de silencio que se convoquen.

La alcaldesa, que es juez y no política, no imaginó la controversia que generaría una decisión basada más en criterios de gestión que de ideología. Desde su entorno aseguran ahora que Carmena se ha visto muy sorprendida por el revuelo suscitado y acusan al PP de intentar hacer un uso partidista del aniversario de la muerte de Miguel Ángel Blanco.

Del ‘Espíritu de Ermua’ al Pacto de Lizarra en un año

En realidad, tras siete días de recuerdo intenso y agitado, no queda sino confirmar que la unidad del espíritu de Ermua fue breve, muy breve. Los reproches de “utilización” de la memoria de Miguel Angel se lanzaron contra el PP terminaron por desvirtuar aquel movimiento y las desavenencias no tardaron en llegar y hacerlo con consecuencias importantes.

Tras los tres días de julio de 1997 sólo hizo falta que transcurriera poco más de un año para que todo el tablero hubiera saltado por los aires. Hasta el Pacto de Ajuria Enea -nacido una década antes para promover la unidad frente a ETA en Euskadi-, terminó por romper para siempre. Las llamadas al aislamiento de HB que sucedieron el asesinato de Miguel Angel Blanco tensionaron el ambiente en no pocos consistorios. Doce meses después todo cambio. El PNV intentó reconducir la situación acercándose a la izquierda abertzale para sacarla del asilamiento y para reforzar de paso su perfil soberanista. El 12 de septiembre de 1998, 14 meses del asesinato de blanco nació el Pacto de Lizarra.

En poco tiempo, el nacionalismo había pasado de aupar a Aznar en su primera investidura, en 1996, a firmar un acuerdo con el entorno abertzale radical

En poco tiempo, el nacionalismo había pasado de aupar a Aznar en su primera investidura, en 1996, a firmar un acuerdo con el entorno abertzale radical para promover un “dialogo sin exclusiones” en clave soberanista para propiciar un supuesto desarme de ETA. La tregua posterior pronto demostraría que ETA en ningún momento se planteó dejar las armas y que el pretexto real pasaba por una alianza soberanista.

Aquel acuerdo supuso la ruptura definitiva y abrupta entre el PP y el PNV y abrió el tiempo de mayor división entre nacionalistas y no nacionalistas de la historia reciente. Para entonces, el ‘Espíritu de Ermua’ era un recuerdo sólo esgrimido por el PP.  El eje que dividía a la sociedad ya no pasaba por demócratas y violentos sino por constitucionalistas y nacionalistas.