La nueva política cada día se parece más a la vieja política. Los movimientos asamblearios no encajan bien en un sistema parlamentario protagonizado por partidos políticos, organizaciones que cuentan con una estructura orgánica jerarquizada, disciplina interna, un sistema de financiación reglado y una potente maquinaria de agitación y propaganda.

Si Podemos se considera como el hijo natural del 15-M, la lección que se desprende de lo ocurrido en estos últimos cinco años es que el fruto de aquel movimiento, que tenía un alto componente de espontaneidad, ha devenido en una organización que se parece bastante a las que denigraban los acampados en la Puerta del Sol con la consigna: “No nos representan”.

Los estatutos del partido liderado por Pablo Iglesias establecen ya una clara diferenciación entre militantes, afiliados y participantes (o simpatizantes). La distinción no es baladí, ya que será la dirección la que determine quiénes tendrán derecho a participar en las primarias o en las diferentes consultas. El secretario general podrá optar entre restringir o ampliar el número de participantes. Lógicamente, las votaciones más comprometidas para la dirección quedarán vedadas para los que no cumplan con los férreos requisitos de la militancia.

El militante tendrá derecho a un carnet, con el que, según los estatutos, “podrá mostrar el orgullo de pertenecer a un movimiento popular” y hacer gala de “unos valores” inherentes a la organización.  El carnet se convierte así no ya en la certificación de pertenencia a un grupo al que se pagan unas cuotas y que exige una serie de compromisos, sino, sobre todo, en una especie de aval de pureza ideológica.

Los que dinamitaron IU por anquilosada están transformando Podemos en una organización parecida al PC

Si a eso añadimos la posibilidad que se arroga la dirección de sancionar a los dirigentes que filtren noticias que pueden ser consideradas como perjudiciales para el partido y que la capacidad de decisión que se otorga al secretario general es casi ilimitada, tenemos un esquema muy parecido al de una organización de corte leninista.

Resulta paradójico que el movimiento que pretendió y que ha conseguido, de hecho, dinamitar a Izquierda Unida por sus cerrados esquemas vaya pareciéndose cada día más al Partido Comunista. Al menos, desde el punto de vista organizativo. De hecho, la mayoría de sus líderes proceden de las juventudes de dicho partido.

Uno de los mayores méritos de Iglesias y su grupo de fieles ha consistido en rentabilizar con habilidad su travestismo político. Primero, se confundieron con un movimiento ciudadano ideológicamente diverso, pero con el denominador común del hartazgo del viejo sistema que había derivado en una corrupción endémica; posteriormente, transformaron la movilización en una organización abierta y flexible; para, finalmente, convertirla en un partido tradicional al estilo leninista.

Seguramente, el secretario general de Podemos haya querido con estos estatutos ganar en coherencia y uniformidad, pero el proceso no será fácil, como pone de manifiesto la situación en Cataluña o en Andalucía.

El reto al que se enfrenta Iglesias es precisamente ahormar un movimiento que nació con la vocación de romper con todo lo anterior. Apretar demasiado las tuercas puede hacer saltar el mecanismo por los aires.