Este viernes se cumplen seis años desde que ETA anunció el cese de su actividad terrorista. Aquel 20 de octubre de 2011 muchos de los empresarios vascos respiraron aliviados tras décadas de amenaza y soledad. Ha sido necesario más de un lustro para que incluso sin la banda activa los empresarios pierdan el temor a dar la cara y a mostrarse en público como uno de los colectivos más amenazados por ETA.

Esta tarde será la primera vez que lo reconozcan abiertamente, la primera en la que saldrán del silencio y la oscuridad en la que vivieron y padecieron durante décadas la extorsión de ETA. Se estima que cerca de 10.000 empresarios se enfrentaron a la temida carta de la banda terrorista en la que se les exigía el denominado ‘impuesto revolucionario’. Muchos de ellos han sido citados por las tres patronales vascas para recibir un homenaje y agradecimiento a la resistencia y valentía con la que soportaron no sólo la amenaza terrorista sino también la presión y justificación social del entorno de la banda.

También será momento para recordar a los cuarenta empresarios asesinados por ETA, el medio centenar que fueron secuestrados y a quienes se tuvieron que enfrentar al dilema moral de pagar la extorsión para salvar su vida y la de los suyos. Incluso a los que se tuvieron que enfrentar a un proceso judicial, a declarar ante un juez por haber accedido por razones de supervivencia a abonar la extorsión.

El empresariado considera que la izquierda abertzale aún no ha reconocido el daño que les causó al jalear la extorsión de ETA contra ellos

Un acto en el que no participará ningún representante de la izquierda abertzale, que no ha sido invitada por los organizadores del acto que tendrá lugar a las 18.00 horas en el palacio Euskalduna de Bilbao. El secretario general de Sortu, Arnaldo Otegi se mostró ofendido por haber sido excluida la formación que lidera la oposición. En amplios sectores del empresariado vasco aún no se percibe la necesaria condena por parte de EH Bildu de lo sucedido y menos aún de un “reconocimiento del dolor causado” durante años a miles de familias contra las que se jaleaba para que accedieran a la extorsión de ETA.

Olvidados y en soledad

El empresariado vasco ha denunciado en reiteradas ocasiones haberse sentido “olvidado” también por las instituciones y por amplios sectores de la sociedad vasca. Una soledad, han recordado estos días las patronales vascas, que además se vio agravada por el “hostigamiento” impulsado por una parte de la sociedad vasca que durante casi cuatro décadas “llegó a jalear los asesinatos, secuestros y amenazas”. En el comunicado previo al acto que se celebrará esta tarde apuntaban incluso que aún “resuenan en nuestra mente gritos y pintadas hirientes” contra el empresariado. Un colectivo que fue “marcado”, recuerdan, en sus pueblos, “ante sus vecinos, familias y amigos” por los sectores que justificaron la acción terrorista de ETA y su entorno.

Para muchos no será un acto sencillo. Hoy se volverán a revivir aquellos días en los que abrir el buzón se convertía en una angustiosa lotería. La amenaza de ETA llegaba oculta en el correo ordinario, en el de la empresa o en el de casa y casi siempre confirmando una premonición imaginada antes en demasiadas ocasiones. Al miedo inicial le sucedía el silencio para ocultarlo, a éste el dilema moral sobre cómo actuar y a él, estar dispuesto a asumir las consecuencias de una u otra opción.

Además de la extorsión de ETA miles de empresarios padecieron la presión social de ser ‘marcados’ por el entorno abertzale más radical

La secuencia la sufrieron en silencio alrededor de 10.000 pequeños y medianos empresarios a los que ETA extorsionó durante el casi medio siglo de existencia de la banda y a los que en el peor de los casos, ante el impago, asesinó o secuestró. Al resto les condenó a vivir bajo la amenaza y la falta de libertad durante años.

Un estudio impulsado por el Centro de Ética Aplicada de la Universidad de Deusto, titulado ‘Misivas del terror, análisis ético-político de la extorsión y violencia de ETA contra el mundo empresarial’ recrea, a través del testimonio de más de 200 empresarios que sufrieron la extorsión de la banda, aquellos otros ‘atentados’, terrorismo ‘de baja intensidad’ se le llamó. Sus responsables subrayan que a día de hoy continúa siendo “una de las dimensiones de la violencia de ETA más oscuras” y menos reconocidas del legado cruel de la banda.

Las ‘misivas del terror’

El trabajo de investigación ha requerido tres años de encuentros y entrevistas. Ha estado dirigido por Izaskun Sáez de la Fuente, -junto con los doctores Galo Bilbao, Xabier Etxeberria y Jesús Prieto-. Tras abordar en profundidad esta realidad, su directora concluye que tras escuchar decenas de testimonios aún le impresiona “la absoluta soledad y los dilemas morales en los que han tenido que vivir y que en algunos casos aún hoy viven”. Una soledad y deuda que llama a resarcir con un reconocimiento y reparación social hacia un colectivo con miles de víctimas y que fue especialmente golpeado desde los inicios de la banda terrorista. Lo hizo en los 70 a través de los robos, con los que se financiaba ETA, en los 80 con los secuestros –y asesinatos- de empresarios y en las últimas tres décadas con la extensión de la extorsión como fórmula para financiar las acciones criminales.

A través de 66 testimonios recabados en personas y otros 140 mediante un cuestionario, los investigadores aseguran que la primera pregunta que se hacían los empresarios en cuanto recibían la primera carta de ETA “siempre era la misma, por qué a mí, aunque fueran conscientes de que les podría llegar”. La segunda también se repetía, descubrir “quién fue el chivato” que les puso en la lista: “Los empresarios sospechaban siempre de personas de su entorno, bien en la empresa o en el banco donde tenían sus cuentas o de personas con las que jugaban a pala o comían en la sociedad gastronómica”, asegura Sáez de la Fuente.

Los testimonios recuerdan que dos preguntas se repetían, ‘¿por qué a mi?’ y ‘¿quién ha sido el chivato?’

ETA enviaba las remesas de cartas de forma periódica y por cientos. Llegó a convertir la práctica de la extorsión vía ‘impuesto revolucionario’ en un hábito asumido con cierta rutina e indiferencia por la sociedad. Cruel rutina en la que instituciones y víctimas conocían perfectamente el protocolo a seguir: callar y buscar un mediador para responder. La amplitud en el número de afectados por la extorsión respondía a la construcción de un “caldo de cultivo”, recuerda Sáez de la Fuente en su investigación, que el entorno de ETA supo alimentar para lograr instalar una “justificación social” extendiendo prejuicios y una estigmatización de la figura del empresario.

El tercer ingrediente fue “una perversión del lenguaje”. “Al empresario se le llegó a hacer prácticamente corresponsable de su propia victimización al aplicarse una falaz lógica terrorista según la cual la violencia era fruto de una situación de ‘conflicto político’ a la que el empresario estaría contribuyendo”. Un modo de implantar el ‘tenía lo que se merecía’ o la idea de que el dinero, que por ser empresario debía ser abundante, bastaba para resolver el problema.

Estigmatizar al empresariado

La siguiente fase en la que se basó la estigmatización del empresariado requirió de la implicación de una amplia red de colaboradores, informantes y delatores procedentes del entorno de ETA y la izquierda abertzale. Fueron clave para engrasar los canales de financiación a través de la extorsión a empresarios. “Fueron ellos los que decidieron qué palabras utilizar y cómo legitimar esa extorsión”. “ETA no secuestraba, sino que ‘recluía a los enemigos en cárceles del pueblo’. Tampoco asesinaba, simplemente ejecutaba una condena. Y no extorsionaba, sólo exigía un ‘impuesto revolucionario’ para contribuir a la liberación de Euskal Herria”.

La ‘vanguardia juvenil’ de la izquierda abertzale pervirtió el lenguaje. ETA no asesinaba, ejecutaba; no secuestraba, ‘recluía’

Recuerda que sin el impulso de “la vanguardia juvenil” de la izquierda abertzale la extensión de esta práctica no hubiera sido de la misma envergadura: “Es la que jaleó a los victimarios y legitimó y contribuyó a la dinámica de la extorsión como una realidad que no se podía cuestionar. Ha sido un sector cómplice activo de la victimización de miles de personas, por eso tiene especial responsabilidad a la que deben hacer frente si quieren favorecer la reconstrucción de la identidad cívica y la regeneración de la democracia”.

Empresarios que tras recibir la temida carta no sólo debían decidir si comunicarlo a su entorno o guardar silencio, sino también si pagar o no. Resistir obligaba a tomar otra dura decisión: seguir en Euskadi o abandonar el País Vasco. Sáez de la Fuente detalla que en la mayoría de los casos se optaba por no pagar y por permanecer residiendo en el País Vasco, pero en un ambiente de gran tensión y angustia. “Todo ello ha provocado en muchos de ellos y su entorno trastornos psicológicos, temporales o crónicos, retraimiento social además de una limitación severa de su libertad”.  Subraya que el “dilema moral” al que se veían sometidos los extorsionados no se limitaba únicamente a tener que decidir si resistir al chantaje o no ceder ante él, “sino por qué ellos debían dar a ETA un dinero ganado con el sudor de su frente y por qué debían abandonar su tierra si estaban apegados a ella”.