La figura del primer presidente de la Generalitat, Josep Tarradellas, cobra hoy una dimensión añadida al carácter histórico que tuvo desde el primer momento en que se produjo su regreso a España y la reinstauración de la institución de autogobierno catalán, antes -esto es de una radical importancia- de que se aprobara y entrara en vigor la Constitución Española, que establece para todo el país un régimen de autonomías que quedó perfilado antes también de que se constituyeran las distintas unidades autonómicas.

Mañana se cumplen 40 años de la histórica aparición de Tarradellas en el balcón de la Generalitat. Mañana, 4o años después de ese acontecimiento que fue el que dio paso y abrió para toda España el modelo autonómico y descentralizado que hasta hoy estaba vigente en nuestro país, empieza la cuenta atrás definitiva para que esa autonomía catalana quede en suspenso y pase a ser controlada por el Gobierno central durante un período que el presidente Mariano Rajoy, el líder socialista Pedro Sánchez y el líder de Ciudadanos Albert Rivera quieren lo más breve posible pero cuya duración e intensidad es una completa incógnita.

La obra y la contribución de Josep Tarradellas al éxito del proceso de transición a la democracia en España ha quedado ahogada por sus herederos políticos, Oriol Junqueras de ERC, el partido que él fundó, y por Carles Puigdemont, sucesor de uno de sus  grandes enemigos políticos, sino el mayor: Jordi Pujol.

Tarradellas vivió toda su vida vinculado a la política y a la defensa del autogobierno en Cataluña

Tarradellas vivió toda su vida vinculado a la política y a la defensa del autogobierno en Cataluña. Siendo aún un veinteañero ocupa el puesto de secretario particular de Francesc Maciá, un ferviente defensor de la República Catalana, cosa que, años más tarde, en 1931, proclamó desde el balcón de la presidencia de la Generalidad de Cataluña. Tres días después de esa proclamación y tras una negociación con tres miembros del gobierno provisional de la República recién instaurada, Maciá renunciaba a la República catalana a cambio del compromiso del gobierno republicano de elaborar un estatuto de autonomía para Cataluña y de que, a partir de aquel momento, el gobierno catalán recuperara la denominación de Generalitat.

Cuando se establece la Generalitat de Cataluña, Tarradellas entra a formar parte de aquel gobierno como consejero de Gobernación. Pero un año después de aquello comienzan sus desavenencias con Maciá y el joven Tarradellas no sólo deja el gobierno sino que se aleja de la vida política. Pero en 1936, cuando estalla la Guerra Civil, el presidente Luis Companys le nombra representante de la Generalitat en el Comité Central de las Milicias Antifascistas, que acabaría disolviéndose pocos meses más tarde. Después asumió la cartera de Economía, luego la de Finanzas para a continuación hacerse cargo también, en plena guerra, de las consejerías de Agricultura y de Gobernación. En noviembre de 1938, cuando la derrota de la República ya era una evidencia anunciada,  el gobierno de Cataluña le da plenos poderes para que organice el «nuevo orden» o más bien el desorden económico y social surgido durante la guerra.

El 5 de febrero de 1939, 10 días después de la entrada en Barcelona de las tropas victoriosas de Franco, Tarradellas, Companys y Pi i Suñer pasan la frontera. Tarradellas se instala en París y más tarde se traslada al pueblo de Saint Martin-le Beau, donde sus padres han comprado una finca. Tras el fusilamiento de Companys por el régimen franquista, Josep Irla es nombrado presidente de la Generalitat en el exilio y Tarradellas asume el cargo de consejero primero. Pero Irla dimite y Tarradellas es elegido presidente de la Generalitat por un puñado de parlamentarios reunidos en el local que ocupaba la embajada de la república española en México.

Durante todos los años en que ocupó la presidencia de la Generalitat en el exilio, siguió viviendo en su modesta casa de Saint Martin-le-Beau y se negó sistemáticamente a dos cosas que no dejaron de pedirle los exiliados catalanes de la época: a formar gobierno y a participar en pactos interpartidistas. Él consideraba que no tenía más que una misión política en esta vida: preservar la institución catalana de autogobierno y procurar en la medida de sus fuerzas que fuera restituida a la muerte de Franco.

Después de la entrada en Barcelona de las tropas de Franco, Tarradellas, Companys y Pi i Suñer pasan la frontera

Muy ácidamente criticado por las fuerzas antifranquistas de la izquierda catalana durante la década de los años sesenta, Tarradellas asiste atento y muy preocupado al nacimiento de las organizaciones unitarias catalanas de oposición democrática antifranquista. No le gustó en absoluto el eslogan reivindicativo que tuvo  tanto éxito en la época y que aún se recuerda en nuestros días: «Libertad, Amnistía y Estatut de Autonomía». Le parece que eso responde a un movimiento que, dice «está influido por el inmovilismo, la confusión y el folclorismo» y amenaza de hecho con hacer pública esa disconformidad si todos esos vicios continúan contaminando el único movimiento que él considera que se puede defender: la reclamación del regreso a Cataluña de la Generalitat como institución de autogobierno.

Por eso fue enemigo declarado de toda iniciativa surgida en Cataluña que no pusiera por delante y en único lugar la exigencia del restablecimiento de la Generalitat. Este era, en síntesis, su pensamiento político: unidad en torno a la institución de autogobierno, disciplina catalana y no injerencia, ojo, en la política española a través de los partidos. Por ese motivo Josep Tarradellas se opuso siempre a que la Asamblea de Cataluña -organismo unitario que agrupa a partidos organizaciones políticas, sindicatos y asociaciones ciudadanas- entrara a formar parte de la Junta Democrática que puso en marcha Santiago Carrillo, uno de los dos organismos unitarios de la oposición democrática española.

A partir de ahí las relaciones de Tarradellas con la oposición democrática catalana son extraordinariamente tensas. El viejo republicano, cuyo nombre se hace cada vez más presente en la vida política catalana al tiempo que sus diferencias con los planteamientos políticos dominantes se hacen cada vez mayores, intenta controlar los movimientos de la Asamblea y del Consell de Forces Polítiques de Catalunya, el organismo unitario de partidos políticos. Pero fracasa en los dos casos.

A pesar de eso, el regreso de Tarradellas a España como presidente de la Generalitat forma parte indisoluble de las reivindicaciones de los partidos catalanes que reclaman al gobierno de Adolfo Suárez que dé respuesta a la imperiosa necesidad de que la cuestión catalana no quede marginada en el planteamiento global de la recuperación de la democracia en España. A pesar de lo cual el político republicano sigue oponiéndose rotundamente a que la reivindicación catalana se mezcle con los planteamientos de los partidos políticos estatales. El miedo que tiene es que los organismos de oposición democrática de Cataluña acaben ayudando a las plataformas nacionales a obtener sus reivindicaciones  políticas pero no obtengan a cambio nada respecto a la Generalitat.

El regreso de Tarradellas como presidente de la Generalitat forma parte de las reivindicaciones de los partidos catalanes

Simultáneamente, se producen movimientos en el seno del gobierno de Adolfo Suárez. El empresario catalán Manuel Ortínez llevaba tiempo intentando convencer al vicepresidente Alfonso Osorio de la conveniencia política de que el gobierno reconociera cuanto antes la realidad singular de Cataluña, su historia y sus derechos y los aspectos positivos que tendría el restablecimiento de la Generalitat en la persona de su actual presidente, el honorable Josep Tarradellas, que lleva 23 años preservando desde el exilio la institución catalana de autogobierno. Ortínez insiste una y otra vez: una Cataluña a la que se devuelva la Generalitat y que acepte a cambio la Monarquía y la unidad de España será una salvaguarda para el proceso democratizador que el gobierno se dispone a llevar a cabo con el respaldo del Rey. Se trataría de reconciliar a catalanes y castellanos bajo el manto de una Monarquía democrática.

A finales de noviembre de 1976 Josep Tarradellas se entrevista en su casa de Saint Martin-le-Beau con un enviado de Suárez, Andrés Casinello, militar formado en Estados Unidos, antiguo miembro del Servicio del Alto Estado Mayor en tiempos de Carrero Blanco, y en ese momento al servicio del presidente Suárez. El informe que Casinello hace a la vuelta no puede ser mejor: habla del viejo político como un hombre de Estado, que acepta al Rey y al Ejército, que no desea tomar partido por ninguna de las opciones políticas existentes en ese momento sino situarse por encima de ellas, que pide el reconocimiento de la Generalitat por parte del gobierno y que afirma que el restablecimiento de esta institución bajo su presidencia salvará el entendimiento entre Cataluña y el resto de España.

Y se produce, de hecho, un principio de acuerdo. Pero las conversaciones no siguen adelante por decisión del presidente del Gobierno. Adolfo Suárez piensa en ese momento que todavía puede evitarse ese paso del restablecimiento de la Generalitat. Cree que en las próximas elecciones democráticas que va a convocar para el mes de junio las fuerzas centristas van a superar a la izquierda y a los nacionalistas y que eso le va a otorgar una amplia libertad de movimientos. Los contactos con Tarradellas quedan, pues, congelados. Tardarán varios meses en ser retomados.

Fricciones en aumento

Mientras tanto, las fricciones entre el presidente de la Generalitat en el exilio con las formaciones políticas catalanas van en aumento. De hecho Jordi Pujol, líder de Convergència Democrática de Catalunya desobedece las órdenes de Tarradellas en sentido contrario y se suma, en representación de los partidos catalanes a la llamada Comisión de los Nueve, destinada a negociar con el gobierno Suárez las condiciones mínimas exigibles para que la oposición acepte participar en las futuras elecciones y les otorguen así el marchamo de credibilidad democrática que sin su participación esas elecciones no tendrían ante el mundo. Tarradellas se ve con Pujol el 12 de diciembre en París. El presidente de la Generalitat le conmina entonces a que abandone la Comisión de los Nueve. Pujol se niega y no le obedece. Las relaciones entre ambos políticos se deterioran entonces de modo irreversible. Nunca más se entenderán.

El 15 de junio de 1977 se celebran en España las primeras elecciones libres en 41 años

El 15 de junio de 1977 se celebran en España las primeras elecciones libres en 41 años. Los resultados en el conjunto  del país dan la victoria al centro pero en Cataluña dibujan una clara hegemonía de socialistas y comunistas. Los partidos nacionalistas moderados quedan en tercera posición y la Esquerra, con un escaño, ocupa el sexto lugar de siete partidos con representación parlamentaria, sólo por delante de Alianza Popular, que obtiene otro escaño.

Ése es el momento en que Adolfo Suárez comprende que, si no alcanza un acuerdo con Tarradellas, sus interlocutores en Cataluña van a ser los socialistas y los comunistas y que cualquier restitución de la institución de autogobierno iba a estar inevitablemente presidida por el vencedor en estas elecciones en el territorio catalán, el socialista Joan Raventós. Y decide actuar rápidamente.

El 22 de junio Josep Tarradellas recibe a través del enviado de Suárez, Carlos Sentís, la invitación del presidente para venir a Madrid a conversar con él. El día 27 de ese mes el presidente de la Generalitat viaja a Madrid en el avión privado del empresario vasco Luis Olarra, senador por designación directa del Rey. Esto se produce en medio del estupor absoluto entre los políticos catalanes, que no tenían la menor noticia de este encuentro.

Suárez recibe a Tarradellas en el palacio de La Moncloa en la misma tarde de ese 27 de junio. La conversación es muy difícil y no hay acuerdo. El presidente del gobierno busca que Tarradellas renuncie a la única exigencia que explica su vida política de los últimos 40 años: el restablecimiento de la Generalitat como medida previa a cualquier otra. El viejo político va rechazando, una a una, todas las fórmulas que le propone Suárez: Mancomunidad, gobierno provisional, Consejo…

En un momento determinado Suárez le recuerda lo evidente. «Señor Tarradellas, yo soy el presidente del Gobierno y represento a 36 millones de españoles y usted no es sino el representante en el exilio de una institución vigente durante la República que perdió la guerra hace ya muchos años». Tarradellas contraataca con un argumento inapelable: un jefe de gobierno que no sepa solucionar el problema de Cataluña pone en peligro la Monarquía y el proceso democratizador.

No hay acuerdo ninguno, ni siquiera lo hay sobre la redacción del comunicado final que ha de hacerse público al término del encuentro. Suárez incluso se niega a dar a Tarradellas el tratamiento de presidente de la Generalitat. Tarradellas se opone a que se le trate de «señor» porque él ha venido a Madrid única y exclusivamente en representación de la institución autonómica catalana. Por fin se alcanza un pacto: en el comunicado se le dará el tratamiento de «honorable», algo que para los catalanes tiene un significado inequívoco.

Suárez recibe a Tarradellas en La Moncloa el 27 de junio. La conversación es muy difícil y no hay acuerdo

Pero sucede algo inesperado que da un vuelco a la situación y es que, a la salida de la entrevista y ante las preguntas de los periodistas, Tarradellas dice, evidentemente mintiendo, que ha sido una conversación cordial, que se ha tratado el asunto de la autonomía de Cataluña,  que él ha hablado como presidente de la Generalitat y que espera haber sido escuchado como tal. Y no sólo eso: califica el encuentro de «histórico» a pesar de que él sabe mejor que nadie que ha constituido un estrepitoso fracaso.

Para acabar de hundir sus esperanzas, Tarradellas, que se aloja en la casa de Manuel Ortínez, recibe la noticia de que su audiencia con el Rey, prevista para el día siguiente, ha sido aplazada. Desolado, llega a la conclusión de que todo está perdido y se dispone a adelantar su regreso a París. Mientras tanto, en Cataluña se esperan con impaciencia noticias de este encuentro y sobre todo una explicación verosímil de qué hace Tarradellas en Madrid, quién y por qué le ha hecho venir y cuál es la operación política que se esconde detrás de todo esto. El presidente de la Generalitat les da finalmente una somera explicación de sus objetivos.

Al mismo tiempo, en Madrid, el ministro de la Gobernación, Rodolfo Martín Villa, relata a Adolfo Suárez con pelos y señales el comportamiento de Tarradellas ante la prensa y le dice: «Estamos ante un hombre con sentido del Estado». El presidente del Gobierno, que aún no había dado por cerradas las negociaciones, reacciona y al día siguiente manda a Martín Villa a invitar a Tarradellas a reanudar las conversaciones.

Los escollos empiezan desde ese momento a ser sorteados. El día 29 el Rey recibe en el palacio de La Zarzuela a Josep Tarradellas. El clima de ese encuentro es excelente a pesar de que algunos mandos militares se muestran muy críticos ante la visita del viejo político republicano a los más altos representantes del Estado. De hecho, el capitán general de Cataluña, teniente general Coloma Gallegos, se había permitido el siguiente comentario: «El Rey no debería entrevistarse con un rojo y un vencido». Así era el clima entre los sectores cercanos al franquismo, que seguían siendo todavía muy poderosos en España. Pero Don Juan Carlos sabe lo que le conviene al país y a su proceso democratizador y le dice a Tarradellas que hablará con el presidente Suárez para que todo siga su curso normal. Es más, el Rey dice algo más al presidente de la Generalitat: «Espero poder muy pronto darle a usted el tratamiento de «honorable»que le corresponde por su posición».

El día 29 el Rey recibe en el palacio de La Zarzuela a Josep Tarradellas. El clima de ese encuentro es excelente

De nuevo toda la operación se pone en marcha y, en el comunicado oficial que se hace público después sobre las conversaciones mantenidas con Tarradellas, el gobierno habla de la necesidad de constituir «una fórmula transitoria que, apoyada en la legalidad vigente, permita […] recuperar las instituciones seculares del pueblo catalán». Pero, atención, se añade una coletilla de la máxima importancia porque ya apunta lo que va a ser la política de Adolfo Suárez en esta materia: «Se precisó por parte del Gobierno, en lo que mostró su conformidad el honorable Tarradellas, que las autonomías deben ofrecerse a todas las regiones españolas, sin que las formas concretas de las mismas hayan de ser uniformes [… ] dentro de la irrenunciable unidad de España».

Culminación de las negociaciones

Tras la culminación de las negociaciones entre el Gobierno, Josep Tarradellas y los líderes de los partidos políticos que forman parte de la Asamblea de Parlamentarios, con quienes el honorable mantenía muy serias diferencias de criterio sobre el presente y el futuro de la autonomía catalana, el 20 de septiembre de 1977 un real decreto-ley restablece la Generalitat. El 17 de octubre, el Rey de España nombra, a propuesta del presidente del Gobierno, presidente de la Generalitat de Cataluña a don Josep Tarradellas i Joan.

El 23 de octubre de 1977 -mañana hará 40 años- Tarradellas pronunciaba desde el balcón de la plaza de Sant Jaume ante miles de ciudadanos su famosa frase: ¡Ja soc aquí!». El presidente de la Generalitat cerraba así cuatro décadas de vida política en el exilio y España se abría a un proceso que desembocaría en el Estado autonómico que hoy conocemos. Y, sin embargo, cuarenta años después de aquel acontecimiento histórico que pareció cerrar para siempre las heridas de tantos desencuentros, asistimos al desafío independentista del gobierno de la Generalitat que ha obligado al Gobierno de España a asumir temporalmente las competencias autonómicas. Mal cierre para el 40 aniversario de un éxito político que ha proporcionado cuatro décadas de libertades y bienestar desconocidos en nuestra historia.