El presidente de EEUU, Donald Trump, ha permitido que el Congreso desvele exactamente 2.891 documentos inéditos de los Archivos Nacionales  sobre el asesinato de John Fitzgerald Kennedy (JFK), bajo secreto oficial en virtud de una ley del Congreso de 1992, pero retrasa la publicación de algunos informes «por cuestiones de seguridad nacional». La presión de última hora de la CIA, el FBI y otras agencias gubernamentales ha impedido que se desclasifique ahora todo el material. El magnicidio encierra uno de los grandes enigmas de la historia del siglo XX, que ha alimentado mil y una teorías de la conspiración.

Trump era partidario de que se accediera libremente a los informes en lugar de prorrogar su secreto en aras de la “transparencia” sobre este crimen que sobrecogió al mundo. Sin embargo, la CIA y el FBI expresaron a última hora su gran preocupación por el contenido de los documentos más recientes, de los 90, donde podría aparecer información «que podría dañar la seguridad nacional de forma irreversible». En un memorandum de la Casa Blanca, se explica que el presidente Trump «no tenía elección» debido a que las agencias invocaron «razones de seguridad nacional, protección de la ley y consecuencias internacionales». La medida se revisará en seis meses.

Larry Sabato, experto en el caso, del Centro Miller de la Universidad de Virginia, expresó en su cuenta de Twitter su decepción: «Cincuenta y cuatro años después del asesinato de JFK, y 25 años después del secreto que concluía HOY, y ahora hemos de esperar otros seis meses para QUIZÁ ver el material interesante».

De todas formas, los expertos ya aventuraban previamente que no se desentrañará el misterio sobre el trágico final de JFK, si bien se conocerán detalles sobre el autor de los disparos, Lee Harvey Oswald, su viaje a México previo al crimen y lo que de él sabía la CIA antes del magnicidio. Incluso algunas pistas sobre un supuesto plan de atentar contra Fidel Castro.

La mayoría de los estadounidenses, un 61% según una encuesta de SurveyMonkey para FiveThirtyEight, cree que JFK fue víctima de una conspiración, y sólo un 33% asiente con la versión de que fue obra de un solo hombre, Lee Harvey Oswald, como dictaminó la Comisión Warren.

Más que desentrañar si hubo un segundo tirador o quiénes estaban realmente detrás de la supuesta conspiración, Philip Shenon y Larry J. Sabato, periodistas que han investigado profundamente el caso, publicaban recientemente en un artículo en Politico que estos informes posiblemente den pistas sobre “ese viaje de seis días a México DF de Oswald, a finales de septiembre de 1963, sus encuentros con espías soviéticos y cubanos, y en qué medida la CIA estaba al tanto de sus pasos, incluso de su amenaza abierta de matar a Kennedy”.

La información que se ha hecho pública, finalmente de forma parcial, se refiere sobre todo a la actuación de las agencias de inteligencia, CIA, FBI y el Departamento de Justicia, en la investigación del caso. La ley JFK Records, de 1992, dio lugar a la creación del archivo y estipulaba que el material se haría público como máximo en 25 años, que se cumplían el jueves 26 de octubre.

Sólo el presidente tenía la potestad de retrasar el proceso, como finalmente ha hecho de forma parcial. Trump ya anunció el pasado sábado con un tuit que daría su luz verde y lo confirmó horas antes del límite con otro mensaje en su red social favorita. «¡Qué interesante!», comentaba Trump, si bien luego se ha visto obligado a aceptar que se revisen más a fondo una parte de los informes. Hoy viernes ha asegurado en un tuit que finalmente se impondrá la transparencia y que todo se hará público. Dentro de seis meses se revisará la decisión y puede darse a conocer el resto de los informes, total o parcialmente.

Los documentos relativos al magnicidio en poder de Administración Nacional de Archivos y Registros (NARA, en sus siglas en inglés) son más de cinco millones. El 88% de ese material ya ha sido desclasificado, mientras que otro 11% lo ha sido solo en parte, con omisiones o segmentos borrados. El 1% restante ha permanecido en secreto y es lo que ahora sale parcialmente a la luz.

Roger Stone, consultor político cercano al presidente y autor de un libro que alienta la teoría de la conspiración por la que el vicepresidente Lyndon B. Johnson estaría implicado en la muerte de JFK, ha reconocido que había pedido a Trump que desclasificara los documentos, a lo que, según Stone, se oponía el director tajantemente de la CIA, Mike Pompeo. “Deben de dejar muy mal a la CIA a pesar de que casi todo el mundo relacionado con el caso ya está muerto”, había dicho Stone en su web la semana pasada.

Un magnicidio ante los ojos del mundo

La muerte de Kennedy fue contemplada en directo el 22 de noviembre de 1963 por los miles de personas que acudieron a la Plaza Dealey de Dallas, en Texas, a saludar el paso en el Lincoln negro descapotable del presidente, su esposa Jackie y el gobernador John Connally. Eran las 12:30 pm. Media hora más tarde, dictaminaron su muerte en el hospital Parkland. Contaba 46 años y llevaba poco más de 1.000 días como presidente. Habría optado a la reelección un año más tarde.

Decenas de periodistas cubrían el acto, del que hay dos grabaciones fundamentalmente, la más conocida la realizada por Abraham Zapruder, un fabricante de ropa de origen ruso con una cámara de 8mm. Zapruder estaba situado en un lugar privilegiado, uno de los pilares próximo a la pérgola de la Plaza Dealey. Son las imágenes de la muerte en directo de un presidente de EEUU.

Murió de una herida en el cerebro causada por una bala que le alcanzó mientras desfilaba en descapotable por Dallas», relató el NYT

“Murió de una herida en el cerebro causada por una bala que le alcanzó mientras desfilaba en descapotable por el centro de Dallas”, relataba el New York Times en su portada.  El asesinato lo ejecutó Lee Harvey Oswald, un ex marine fascinado por Fidel Castro, que había vivido entre 1959 y 1962 en Rusia. Oswald, se había casado allí con la hija de un coronel de la KGB, Marina.

Sobre su autoría no hay dudas, si bien hay especulaciones sobre un segundo tirador.  La Comisión Warren, creada por el presidente Lyndon B. Johnson, dictaminó que actuó solo y que recibió dos impactos de bala, que Oswald, tirador mediocre, disparó desde el sexto piso de un edificio del sistema de bibliotecas de Texas. Oswald había logrado empleo allí poco antes.

Oswald, que negó su responsabilidad en el asesinato aunque fue reconocido por testigos, fue detenido tras matar al agente JD Tippit ese mismo día. Apenas 45 minutos después de matar a JFK, atacó al agente y trató de huir. Le arrestaron en una sala de cine donde había tratado de esconderse. Jack Rubinstein o Ruby, dueño de clubs nocturnos, acabó con Oswald dos días después de la muerte de JFK cuando era trasladado a la cárcel del condado. Aseguró que quería vengar al presidente y ahorrar a la viuda el juicio. Falleció de cáncer tres años después.

El vicepresidente Lyndon B. Johnson, que juró el cargo en el avión presidencial ante una Jackie Kennedy aún con manchas de sangre en su ropa, ordenó la creación de la llamada comisión Warren, por Earl Warren, presidente del Tribunal Supremo que la presidió, para investigar el magnicidio. Determinó que JFK había muerto por los disparos de Lee Harvey Oswald. Una bala le hizo perder parte de masa encefálica y otra entró por la traquea y no está claro por dónde salió. Descartó esta comisión que hubiera sido víctima de una conspiración.

En 1979 el comité sobre asesinatos admitió que «probablemente fuera víctima de una conspiración», sin más pruebas ni detalles

En 1979 el Comité Selecto sobre Asesinatos de la Cámara de Representantes admitió que “probablemente fuera asesinado como resultado de una conspiración”, si bien reconocía que le faltaban datos para confirmarlo y no apuntaba quiénes podrían formar parte del complot. En aquellos momentos, en plena guerra fría, un año después de la crisis de los misiles, apuntar a Cuba o a la Unión Soviética habría desencadenado probablemente un conflicto. Pero no son las únicas teorías.

En la campaña electoral el entonces candidato Trump incluso insinuó que el padre de uno de sus rivales, Ted Cruz, había estado en contacto con Oswald. De ahí a la confabulación del “estado profundo” (deep state), ese gobierno en la sombra contrario al presidente del que por supuesto forman parte las agencias de inteligencia y todo lo que se opone a su agenda, hay un paso para Trump y sus leales seguidores. Sin embargo, en esta ocasión a Trump le han convencido de que convenía obrar con prudencia y guardar aún cierta información en secreto. El misterio continuará.