El PSOE anunció la semana pasada que pediría la comparecencia de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría ante la comisión secreta de gastos reservados para informar sobre la posible injerencia rusa en el proceso independentista de Cataluña. Sáenz de Santamaría respondería en esa comisión como vicepresidenta y por tanto responsable del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), aunque el Gobierno no tiene intención de que esos trabajos avancen antes de las elecciones del 21-D, dada la presencia en la comisión de representantes tanto de ERC como del PDeCat.

El asunto de la injerencia rusa lleva años sobre el tablero político en muchas partes del mundo, pero es novedoso en España y genera multitud de dudas.

  • ¿En qué consiste? La injerencia online en procesos políticos se ha convertido en una característica más de los procesos electorales del siglo XXI. Y consiste en ejercicios de propaganda masiva, ideados por grupos concretos y distribuidos en las redes sociales por ejércitos de cuentas robotizadas. Se trata de generar inestabilidad y de promover o desahuciar a candidatos u opciones concretas, en muchas ocasiones desde el exterior y bajo el amparo de una potencia extranjera.
  • ¿En qué procesos ha influido? En muchos, pero su presencia ha sido especialmente relevante en dos: la victoria de Donald Trump en las elecciones norteamericanas de 2016 y el referéndum sobre el Brexit en el Reino Unido. Precisamente, los dos asuntos con más relevancia política y potencial desestabilizador de los últimos meses. En ambas ocasiones se ha acusado a grupos pro-rusos, cuando no directamente al Kremlin, de estar detrás de estas maniobras. El gobierno de Vladimir Putin lo desmiente categóricamente cada vez que tiene ocasión.
  • ¿Cómo se desarrolla? La estrategia es sencilla. Se genera contenido en páginas web creadas ad hoc que posteriormente se distribuye masivamente en redes sociales, generando la impresión de que la conversación surge de manera natural y no organizada por un poder superior. Pasa lo mismo con memes o mensajes concretos, que consiguen viralizarse en pocas horas y asentarse en la opinión pública. El Senado de los Estados Unidos investiga, junto a Facebook, Google y Twitter, cómo se concretó esto durante las elecciones presidenciales de 2016. Los responsables de Facebook han presentado informes en los que se detalla que éstos grupos pagaban por posicionar sus contenidos en Estados clave y ante perfiles de votante muy determinado.
  • ¿Qué dice el CNI? Por el momento, nada, aunque el Centro Criptológico Nacional ha informado este martes de que España sufrió en los últimos meses unos 70 ataques informáticos a sus administraciones públicas, ninguno promovido por Rusia ni por ningún otro gobierno. Esos datos, sin embargo, no hacen referencia a campañas de desestabilización o desinformación en redes sociales.
  • ¿Por qué se acusa a Rusia? Por la relevancia que los grupos procedentes de este país tuvieron durante el proceso electoral norteamericano. Y porque una de las mayores fábricas de trolls del mundo, la Internet Research Agency, tiene su sede en San Petersburgo. Diversos relatos de ex trabajadores aseguran que la IRA trabaja casi exclusivamente para el Kremlin, pero no es una entidad pública, sino una agencia privada a la que, en teoría, podría contratar cualquiera. En el caso español, algunas herramientas detectaron en los días previos y posteriores al 1-O que las cuentas tradicionalmente asociadas al IRA incrementaron sus referencias al proceso independentista de manera exponencial. El gobierno de Vladimir Putin asegura que estas acusaciones son sólo “histeria”.
  • ¿Sucede sólo en Rusia? Ni mucho menos. Estados Unidos, sin ir más lejos, desarrolló un programa militar para hacer esto mismo. Igual ocurre en Israel o en China. Esto a nivel estatal. A nivel privado, las granjas de trolls operan en todo el mundo. Durante las elecciones norteamericanas, de hecho, fue célebre la investigación publicada por Buzzfeed en la que se demostraba que la mayor parte de las noticias falsas distribuidas en la campaña de 2016 se habían producido en un pequeño municipio de Macedonia, en los Balcanes, cuyos jóvenes habían encontrado un filón.