Victor d’Hondt fue un reconocido jurista belga del siglo XIX, profesor de Derecho en la Universidad de Gante hasta que murió en mayo de 1901. Antes, en 1878, describió por primera vez el sistema D’Hondt de reparto de escaños, el método que se utiliza para calcular la representación parlamentaria en España y en muchos otros países. Entre ellos, cómo no, Bélgica.

Con cada elección son un clásico las dudas sobre cómo funciona el reparto de escaños bajo este sistema de cálculo proporcional. O teóricamente proporcional: entre las críticas que se le hacen al método destaca la ventaja que proporciona a los partidos grandes y las trabas que pone a los partidos minoritarios para conseguir representación. Por eso el sistema D’Hondt es el mayor aliado del PP en las elecciones generales, pero su peor enemigo en unos comicios como los catalanes de este 21-D a los que llega como previsible última fuerza.

D’Hondt es pura matemática y sólo tiene en cuenta para el reparto de escaños a los partidos que alcancen un mínimo del 3% del voto en la circunscripción. Entre los demás, se relacionan el número total de votos y el total de escaños a repartir. Así, por cada partido se establece una lista de la siguiente manera: número de votos dividido entre uno, número de votos dividido entre dos, número de votos dividido entre tres…y así sucesivamente hasta el total de escaños que se repartan. En el caso de la provincia de Barcelona, 85. En Tarragona son 18, en Gerona 17 y en Lérida 15.

Una vez que esa operación está hecha, los escaños se reparten en función de los resultados. El mayor cociente recibe el primer escaño, el segundo mayor cociente recibe el segundo y así sucesivamente, como se aprecia en el ejemplo anterior. En el improbable caso de empates entre cocientes, se resuelve siempre a favor del partido con mayor número de votos. Si hay dos partidos empatados también a votos, el primer empate se resuelve por sorteo y los siguientes de manera alternativa.

Disputas entre los extremos

Por todo esto, los partidos minoritarios suelen disputarse los escaños con los partidos mayoritarios, y no con los cercanos a ellos en votos. En el caso del ejemplo que ilustra esta pieza el partido D no consigue ningún escaño, pese a obtener sobre un 9% de los votos. Y no compite por su primer escaño con el partido C, al que prácticamente iguala en votos, sino con el B y con el A, que le triplican y quintiplican respectivamente.

Es exactamente lo mismo que sucede con el PP en provincias como Gerona, Tarragona o Lérida, donde es previsible que se impongan candidaturas independentistas. Así, el partido de Xavier García Albiol no estaría disputando sus escaños con partidos como la CUP o Catalunya En Comú, con los que las encuestas les sitúan en un nivel parejo. Lo haría con ERC y en algunos casos con JxC. En el caso de la provincia de Barcelona, el aglutinador de escaños como primera fuerza previsiblemente será Ciudadanos y es más probable que los escaños bailen entre el partido naranja y ERC, o entre el PSC y Junts per Catalunya en las posiciones medias.

El sistema electoral catalán, que comparte Ley con el Estado, tiene además una particularidad: infrarrepresenta a Barcelona y sobrerrepresenta a las tres provincias restantes. Lo cual actúa de lastre para fuerzas como Ciudadanos o el propio PP, que encuentran en la capital su mayor nicho de votantes. Barcelona, pese a representar al 73,8% de la población catalana, reparte sólo el 63% de los escaños en el Parlament. Y Lérida, donde sólo viven el 5,7% de los catalanes, decide el 11% de la representación política.

El caso de Unió

Ciudadanos propone una reforma de la Ley Electoral que de el mismo valor a todos los votos. Pero el problema en este caso no tiene nada que ver con el método matemático tras la Ley D’Hondt, sino con el diseño de las circunscripciones. Sin ir más lejos, el resultado de las autonómicas del 27-S de 2015 habría sido muy distinto si se hubiera votado con circunscripción única y sin barrera de entrada, repartiendo los 135 escaños del Parlament entre el total de votos obtenidos.

Junts pel Sí, por ejemplo, habría pasado de 62 escaños a 55, mientras que la CUP habría pasado de 10 a 11. En lugar de una mayoría absoluta holgada de 72 diputados, el independentismo se habría quedado en 66, insuficientes para controlar el Parlament. Ciudadanos se habría mantenido en 25, el PSC habría ganado uno (de 16 a 17), CSQP otro (de 11 a 12) y el PP se habría mantenido en 11. La debacle de Junts pel Sí, por tanto, habría ido a parar casi íntegramente a los partidos minoritarios: Unió, que consiguió 100.000 votos en 2015 pero se quedó sin representación, habría obtenido tres diputados. Al PACMA, con sus 30.000 apoyos, también le habría correspondido uno.

El Congreso con circunscripción única

Exactamente lo mismo sucede a nivel nacional. En las elecciones del 26-J de 2016, el PP obtuvo 137 escaños, el PSOE 85, Unidos Podemos 71 y Ciudadanos 32. 9 fueron para ERC, 8 para Convergència, 5 para el PNV, 2 para EH Bildu y 1 para Coalición Canaria.

Con un sistema de circunscripción única sin mínimo de votos, la foto del Congreso habría sido radicalmente diferente. El PP obtendría 119 diputados (-18), el PSOE 82 (-3), Podemos 76 (+5), Ciudadanos 47 (+15), ERC 9 (=), CDC 7 (-1), PNV 4 (-1), PACMA 3 (+3), EH Bildu 2 (=) y Coalición Canaria 1 (=).