La lluvia no cesa. Hace tres días que no deja de caer con fuerza. Tampoco el viento da tregua. Es lo único que rompe el silencio en el lugar de los llantos, las despedidas y las preguntas. En el camposanto esta mañana de los Santos Inocentes no hay nadie que visite a sus muertos, apenas dos operarios rematan arreglos, nada más. Como en todos los cementerios, los panteones ocupan el espacio principal, el de a quienes les fue mejor en vida y los nichos, más humildes, se reservan para quienes lo tuvieron más difícil. Ni siquiera la muerte nos iguala. Descansar en paz puede resultar difícil incluso una vez muerto, una vez asesinado. En Galdácano (Vizcaya) se podría pensar que es así. Aquí, en el cementerio municipal, almas de víctimas y de verdugos comparten algo más que silencio y lluvia, también espacio, incluso pasillo.

Su lapida es fácil de encontrar. No tiene flores. Sobre ella aparece su imagen, sonriente, con gafas y un polo rosa similar al que lucía cuando fue detenido. Aquel era verde. Bajo su fotografía, una ikurriña con una estrella roja y un puño. El lema “preso político vasco asesinado en París” completa la pista que el nombre termina por desvelar: Xabier López Peña. Su alias no aparece, ‘Thierry’. Es con el que fue conocido quien fuera jefe militar de ETA hasta su arresto en 2008. La despedida incluye en su lápida una llamada al propio López Peña: “En víspera del Estado vasco, mira, Xabi, porque estarás con nosotros”.

‘Thierry’, quien fue jefe militar de ETA, está enterrado a sólo unos metros de dos víctimas de ETA

A pocos metros de allí, en otra lápida similar, con el mismo recipiente para flores que ‘Thierry’ y, que como muchas de las del cementerio ha perdido parte de sus letras, descansa Eloy García Cambra. Lo hace junto a su mujer. Él murió asesinado por ETA a los 44, ella falleció a los 73. Cambra y López Peña no se conocían. Cuando este policía municipal de Galdácano fue asesinado por varios etarras el 29 de agosto de 1972, ‘Thierry’ aún era Javier, el de los López Peña, un adolescente de 14 años que trasteaba en un municipio que como el resto del País Vasco atravesaba tiempos convulsos. Aún faltaban ocho años para que aquel chico con el que hoy comparte silencio y camposanto cometiera su primera acción en nombre de ETA.

El etarra de Almendralejo

Algo más lejos, a unos doscientos metros, reposa otra víctima de la ETA. El suyo es un panteón familiar. A Víctor Legorburu Ibarreche ETA lo ametralló cerca de su casa. Para ello empleó 40 casquillos, once de ellos impactaron sobre su escolta, que resultó gravemente herido, un joven de Valdepeñas de sólo 26 años. Entonces ‘Thierry’ tenía ya 18 años. Quienes le precedieron en la dirección de la banda en aquel mes de febrero de 1976 ya habían dictado sentencia contra el alcalde de su pueblo. A Legorburu le amenazaron primero atacando su negocio y terminaron por asesinarle poco después.

Hace menos de cinco meses, en este mismo cementerio, se despidió a otro miembro de ETA: Kepa del Hoyo. Allí fue incinerado, arropado por cientos de simpatizantes de la izquierda abertzale. Del Hoyo resume bien la realidad social en la que crecieron verdugos y víctimas en Galdácano. Hijo de una familia procedente de Almendralejo (Badajoz), llamada por la búsqueda de empleo en la floreciente Euskadi, el joven Pedro pronto se convirtió en Kepa. Fue su modo de integrarse en aquella Euskadi de los 80 y que llevaría mucho más lejos hasta formar parte de ETA con sólo 25 años. Condenado por asesinato, atentado y colaboración con ETA, un infarto acabó con su vida mientras practicaba deporte en prisión. Su final también se escribió en este sencillo cementerio.

Imagen de la lápida del nicho en el que reposan los restos de Javier López Peña, 'Thierry', ex jefe militar de ETA.

Imagen de la lápida del nicho en el que reposan los restos de Javier López Peña, ‘Thierry’, ex jefe militar de ETA.

En realidad, víctimas y verdugos han compartido camposanto menos de lo que pudiera parecer. La lista de militantes de ETA nacidos en Galdácano es larga, algunos de ellos con un historial criminal abultado. La de víctimas asesinadas en sus calles no lo es menos. Este pequeño municipio obrero de 29.000 habitantes, a sólo quince kilómetros de Bilbao, tiene el triste pasado de haber visto asesinar a diez personas a manos de ETA. Víctimas que van desde un cobrador de peaje, hasta un cocinero, un químico, policías municipales, guardias civiles, militares…

Once etarras de Galdácano cumplen condena hoy en prisión. En el municipio ETA ha provocado diez asesinatos

Víctimas y verdugos que además de cementerio compartieron calles, barrio y clima social. Cuando ‘Thierry’ nació, el 30 de mayo de 1958, ETA aún no existía. Quedaba algo más de un año para que un grupo de jóvenes críticos con el PNV fundaran la banda y una década para que cometieran su primer atentado mortal. López Peña ya tonteaba con los entornos más radicales cuando en el mismo barrio de Galdácano, Aperribai, nacieron otros referentes del historial etarra, Javier García Gaztelu (Txapote), en 1966, y Jon Bienzobas (Karaka), sólo tres años después, en 1969.

Thierry, Txapote y Bienzobas, los chicos de Aperribai

En aquel barrio en el que crecieron y convivieron en los años 80 Aperribai evolucionó al calor de la expansión industrial en Vizcaya y con el eco de los años de plomo de ETA. Los bloques homogéneos, de cinco alturas, dispersos por la ladera del Ganguren y rodeados de una carretera serpenteante, salpicada de escaleras peatonales, no eran ajenos al difícil clima social de la época repleto de silencios, sospechas y miedos.

‘Thierry’, como luego harían ‘Txapote’ y Bienzobas, no tardaría en desaparecer de aquellas calles. Siempre se caracterizó por su discreción. Fue la que le permitió no sólo vivir gran parte de su vida en la clandestinidad sino alcanzar los niveles más altos en la jefatura de la banda terrorista. López Peña fue quien negoció durante la tregua de 2006, hasta que la imposibilidad de entenderse con los interlocutores del Gobierno de Rodríguez Zapatero llevó -a comienzos de 2007- a ETA a cambiar de interlocutor en favor de Josu Urrutikoetxea, Josu Ternera. Sólo un año después, en 2008, López Peña fue detenido.

Javier García Gaztelu, ‘Txapote’, llegó incluso a adelantar a ‘Thierry’ en la carrera por alcanzar la cúpula etarra. Ha sido uno de los más duros y sanguinarios miembros de ETA. Entre 1996 y 2001 fue jefe militar de ETA. Hoy cumple condena de 450 años en la prisión de Huelva, lejos de su Galdácano natal. Está condenado por múltiples asesinatos, como el de Miguel Ángel Blanco, Fernando Múgica, Jorge Díez, Fernando Múgica, Gregorio Ordóñez, José Luis López de Lacalle…

Los métodos de ETA en Galdácano: desde el disparo por la espalda, hasta una bicicleta-bomba, una ametralladora o un coche bomba activado a distancia

Quien fuera portero del Olimpia, el equipo del pueblo, también optó por el camino de la violencia. Hoy, Jon Bienzobas, como Txapote, está en prisión. Cumple condena por, entre otros crímenes, el asesinato del magistrado del Tribunal Constitucional Francisco Tomás y Valiente el 14 de febrero de 1996. Dos años antes había participado en el que podría haber sido uno de los atentados más graves de la banda si no fuera por el fallo de la bomba preparada por el comando Madrid al paso del furgón del ejército, con once ocupantes a bordo.

Entre los históricos de ETA nacidos en Galdácano también figura Javier Martínez Izagirre, ‘Javi de Usánsolo’. Su alias hace referencia a otro de los barrios de la localidad vizcaína. Desde 2013 está libre tras pasar 29 años en prisión por 13 asesinatos. En su vuelta al pueblo fue recibido con cohetes y vítores a los presos de ETA por algunos de sus vecinos. Sus condenas sumaban 744 años de prisión. Entre ellas, 85 años por el asesinato del pequeño Fabio Moreno de sólo 3 años. La bomba que el comando al que pertenecía colocó en los bajos del vehículo del Guardia Civil, Antonio Moreno, acabaron con la vida del niño y provocaron serias heridas a su hermano gemelo y el agente, padre de los niños.

Son sólo los nombres más conocidos de militantes de ETA nacidos en el pueblo. No los únicos. La pasada Nochebuena los colectivos de apoyo a los presos de ETA instalaron una mesa recordando que en once familias de la localidad habría “una silla vacía”, en referencia a los etarras en prisión. No hubo mención alguna a las otras “sillas vacías”, las de sus víctimas. En Galdácano ETA ha asesinado a diez personas, la mayor parte de ellas procedentes de fuera del País Vasco. Lo ha hecho empleando los métodos más crueles; desde el disparo por la espalda, hasta una bicicleta-bomba, una ametralladora o un coche bomba activado a distancia.

Galdácano no es Hernani

Galdácano no es Hernani ni Mondragón. Este no es un territorio dominado por la izquierda abertzale, nunca lo ha sido. Situado en el radio más obrero del área metropolitana de Bilbao, esta localidad ha estado controlada por el PNV desde el inicio de la democracia. La formación de Andoni Ortuzar siempre se ha movido entre los 4.000 y 5.000 votos frente a los entre 2.000 y 3.000 de la izquierda abertzale.

En el barrio de Aperribai nada hace imaginar que por allí jugaron algunos de los etarras más sanguinarios. Menos aún que de allí salieron hasta dos jefes militares de la organización terrorista y quien fue designado para negociar con el Gobierno de España en 2006. Entre la treintena de bloques de edificios no se ven ni pintadas, ni murales, ni pancartas de apoyo a los presos. Nada. En dos semanas la izquierda abertzale ha llamado a movilizarse por los presos en una gran manifestación en Bilbao, pero en Aperribai no hay rastro de la convocatoria. Apenas algún mural descolorido, alguna pegatina minúscula en una farola y un par de pintadas casi ilegibles apelando a la amnistía en la pared de la escuela pública.

En Galdácano el peso de la izquierda abertzale es moderado y los movimientos de apoyo a los presos no están muy presentes

Quizá será por el tiempo transcurrido. Los atentados con muertos se sucedieron entre 1972 y 1991. Hoy nadie quiere hablar. Hace seis años que ETA no mata y mirar hacia atrás se hace incómodo para muchos. Mucho más tarde, en 2008, el concejal del PSE Carlos Domingo sufrió un atentado con una bomba lapa del que resultó herido, junto a su escolta.

Pese a los intentos por pasar página, algunos episodios han quedado demasiado marcados. Sin duda el más grave ocurrió el 7 de diciembre de 1984. Aquel día ETA hizo estallar un coche bomba al paso por Galdácano de un microbús con personal del acuartelamiento militar de Munguía. Fallecieron dos militares –Juan Enríquez Criado y Francisco Javier Fernández- y el cocinero del cuartel, Luis Alberto Asensio. Otros once militares resultaron heridos.

«No soy yo, no soy yo»

Otros episodios han sido especialmente crueles en Galdácano. Jesús Ildefonso García Vadillo era un analista químico de Aceros Echevarria. La tarde del 29 de abril de 1985 había ido a recoger a la escuela su hija Idoia, de cinco años. A las puertas de su casa y delante de la niña, tres terroristas le dispararon por la espalda. Varios testigos relataron que murió diciendo que se habían equivocado, “no soy yo, no soy yo”, en referencia a un policía del cuartel de Basauri con el que tenía gran parecido.

En circunstancias similares mató ETA al sargento de la Guardia Civil Pedro Carbonero Fernández el 19 de noviembre de 1991. Mientras paseaba con su novia, Juan Carlos Iglesias Chouzas, Gadafi, le disparó y le remató en el suelo. Le acompañaba un vecino de Galdácano, ‘Javi de Usánsolo’.

La historia de la banda en este municipio incluye el 16 de marzo de 1978 el asesinato de un cobrador de peaje de la autopista Bilbao-Behobia, a su paso por Galdácano. A Esteban Beldarrain, antiguo teniente de alcalde de Artea, ETA le acusó de ser un “elemento antivasco” por manifestarse en contra de la ikurriña.

A José Ortiz Verdú lo asesinó cuando este policía municipal de Alicante entraba en su portal el 6 de abril; fallecería doce días más tarde.

La triste lista de víctimas mortales en Galdácano, el municipio donde víctimas y verdugos comparten cementerio, la completa el asesinato de José Ignacio Pérez Álvarez, a quien ETA colocó una bicicleta-bomba cerca del bar donde acostumbraba a tomar vinos.