Iran, Iran, Iran. Chun-o-marg-o-osjan (Irán, Irán, Irán, es sangre, es muerte, es rebelión)”. Ryszard Kapuscinski recuerda en El sha este cántico de los manifestantes en los tiempos de la revolución que llevó al ayatolá Jomeini al poder en 1979. “Aunque trágica, ésta parece ser la definición más acertada de lo que es Irán. Desde hace siglos y sin interrupciones”. El régimen de los ayatolás ha visto cómo arranca 2018 con una oleada de protestas, bajo el nombre de eteraz-e-omoni (huelga general), que de momento han provocado más de una veintena de muertos y unos mil detenidos. Es la economía por lo que grita Irán.

Irán es el país del mundo con más ejecuciones per capita. Amnistía Internacional ha hecho un llamamiento por ese millar de presos, que pueden sufrir tortura e incluso están expuestos a la condena capital. Sus familias no pueden verles, a algunos les exponen ante los medios para que confiesen, y hasta los abogados tienen dificultades para acceder a ellos. Aún están en las cárceles numerosos arrestados por las revueltas de 2009.

Aunque saben que se exponen a la represión, miles de iraníes en decenas de ciudades han salido a las calles desde los últimos días de 2017. Irán ha inaugurado 2018 con una revuelta popular, no tan numerosa como la de 2009, motivada por las acusaciones de fraude por la victoria de Mahmud Ahmadineyad, pero muy significativa.

En este caso, es la economía por lo que grita el Irán más marginado y empobrecido. Los iraníes más decepcionados con las promesas de los llamados reformistas, encabezados por el presidente Hasan Ronani. El nuevo presupuesto ha enardecido a los más desfavorecidos, que ven cómo ellos han de pagar más hasta por bienes de primera necesidad como los huevos mientras que los sectores privilegiados del régimen, como instituciones religiosas o las Fuerzas Armadas mantienen y mejoran sus ingresos.

Las protestas empezaron el 28 de diciembre en Mashhad, la segunda población del país, bastión del conservador Ebrahim Erbasi y podrían haber sido alentadas para poner en dificultades a Rohani, que le venció en las urnas el 19 de mayo de 2017. Rohani logró entonces casi 25 millones de votos.

“Muchos iraníes, especialmente de clase media baja y de clase trabajadora, se sienten ‘olvidados’ por el gobierno del presidente Hasan Rohani. Son los que más han sufrido. El gobierno reformista hizo promesas, y les creó grandes expectativas, una vez que cerró el acuerdo nuclear, pero no ha cumplido. Peor aún, la desigualdad entre ricos y pobres es cada vez mayor en los últimos años, el paro (especialmente entre los jóvenes) es altísimo y los ingresos no alcanzan para una cesta de la compra básica”, explica Paul Aarts, profesor de Relaciones Internacionales especializado en Irán y Arabia Saudí de la Universidad de Amsterdam.

Los iraníes primero clamaron “Muerte a Rohani”, “Muerte al dictador” (por el Líder Supremo, Ali Jamenei) y de ahí pasaron a criticar la política exterior  “Dejad Siria, pensad en nosotros”. Como la pólvora las manifestaciones recorrieron el país: desde la ciudad sagrada de Qom, a localidades como Kermanshah, en el oeste, Isfahan, en el centro, Rasht, en el norte, pero también en Shahr-e-Kord, Bandar Abbas, Izeh, Arak, Zanjan, Abar, Dorud, Khorramabad, Ahvaz… e incluso en Teherán, aunque menos numerosas que en 2009.

«Lo que me ha sorprendido es la magnitud de las protestas. Casi cuatro décadas de represión no han logrado acabar con el deseo de la gente de libertad y de soberanía. Motivados por la crisis económica, critican la República Islámica como sistema político. Los eslóganes son nacionalistas, y algunos a favor de la monarquía… Rechazan por igual a conservadores y reformistas», afirma Houchan Hassan-Yari, profesor de Ciencia Política en el Royal Military College de Canadá.

Muchos iraníes se quedaron de piedra al ver cómo se dedica más dinero a instituciones religiosas y militares y se recortan subsidios»

El detonante inmediato ha sido el anunciado presupuesto para 2018. “Muchos iraníes se quedaron de piedra al ver cómo se dedica cada vez más dinero a instituciones religiosas y militares, mientras que se aplican recortes en bienes básicos y atención social. Están desesperados. Las protestas nacen de una motivación económica, pero en Irán todo tiene una dimensión política, más aún cuando la economía está controlada por el gobierno”, añade el profesor Aarts.

El presupuesto permite que sigan fluyendo millones a organizaciones religiosas conservadoras, militares y a la Guardia Islámica Revolucionaria. Sin embargo, reduce subsidios a los combustibles (en un país productor de petróleo), los huevos y favorece la privatización de escuelas públicas. Las Fuerzas Armadas logran un incremento del 20% con unos 10.000 millones de euros, y un instituto regido por un clérigo conservador ocho veces más que hace una década.

La inflación es de un 12%, muy por debajo del 40% con el que arrancó el primer mandato de Rohani en 2013. Sin embargo, el paro juvenil sobrepasa el 40% en un país donde más de la mitad de sus más de 80 millones de habitantes tiene menos de 30 años. El uso de redes sociales, especialmente Telegram con 40 millones de abonados, explica cómo se han propagado tan rápidamente las manifestaciones a puntos tan distantes y diversos. Por eso el régimen de Teherán bloqueó los accesos y EEUU ha facilitado vías alternativas.

Teherán, donde se concentra la clase media más favorecida, ha sido escenario de protestas, aunque más contenidas. También fue donde el régimen ha escenificado esta semana el apoyo con el que cuenta el presidente Rohani, que ha recibido finalmente el respaldo de los más conservadores. El Líder Supremo, Ali Jamenei, acusó a “enemigos extranjeros” de la revuelta. Rohani defendió el derecho a la protesta pacífica.

Los jóvenes están hartos de no tener empleo y de las restricciones sociales y religiosas que rigen la sociedad iraní»

Desde la capital iraní el periodista Nozhan Etezadosaltaneh, de 31 años, nos cuenta cómo la mayoría de los que han salido a las calles eran aún más jóvenes que él. “Muchos de los manifestantes eran adolescentes o jóvenes menores de 25 años. Es una generación distinta de nosotros, los que salimos en 2009. Están cansados de no tener empleo, y de carecer de perspectivas económicas ni de posibilidades en el futuro. También están hartos de las restricciones sociales y de las leyes religiosas que rigen la sociedad iraní. No había organización ni coherencia. Sin embargo, lo diferente es que por primera vez clamaron contra los líderes de la República Islámica, conservadores y reformistas”.

Los iraníes renovaron a Rohani en la Presidencia el pasado 19 de mayo. Creían todavía que el acuerdo nuclear y el consiguiente levantamiento de sanciones beneficiaría a la mayoría. No ha sido así. También confiaban en una mayor apertura política y social.

Rohani sabe que en las calles están quienes le votaron y por eso contiene a los sectores más duros que abogan por una represión aún más dura y suele mostrarse como alguien con las manos atadas pero muchos han dejado de creerle. La decepción es mayúscula porque no deja lugar a la esperanza.

“Muchos están ya cansados de los eslóganes reformistas… No han llevado a cabo reformas políticas ni económicas. Cuentan con el apoyo de la clase alta y media alta pero se han olvidado de los más desfavorecidos… No son muy diferentes de los conservadores: luchan por su supervivencia. Son los principales perdedores ahora”, señala el joven periodista iraní.

Coincide con él Rima Shermohammadi, activista iraní de derechos humanos residente en España. “Los iraníes creen que Rohani forma parte del sistema. Los reformistas reciben ahora ataques porque han decepcionado a la población. Por ejemplo, las mujeres apoyaron a Rohani y llenaron los estadios de fútbol, pero su situación no ha mejorado. Ni siquiera pueden acudir a los partidos y en Irán hay mucha afición. Hasta las elecciones Jamenei jugó la ficha de Rohani para hacernos creer que si ganaba un reformista, algo cambiaría. Ahora sabemos que todo es fachada”.

En 2009 el grito era contra los conservadores, a los que se acusaba de fraude, pero había esperanza en el sector más reformista. También entonces había líderes, ahora no. Por un lado, eso dificulta al régimen ser ejemplarizante sin aplicar una represión masiva, pero a la vez hace más complejo que el movimiento salga adelante. Ahora la motivación es económica, con su derivada política. Y tiene también un componente de crítica a la política exterior. Irán ha dedicado muchos recursos a ejercer de potencia regional con intervenciones en Siria, Líbano y Yemen, principalmente.

Irán ha ganado peso en el exterior pero a la vez la frustración económica, social y política dentro del país es cada vez mayor»

“Irán ha ido ganando peso en el exterior como resultado del vacío de poder en Oriente Próximo, especialmente después de las primaveras árabes de 2011. Su influencia en esa zona ha crecido mucho, pero a la vez es cada vez mayor la frustración económica, social y política dentro de Irán”, afirma en Slate Karim Sadjhadpour, experto del Carnegie Endowment for International Peace. Sadhadpour cree que las revueltas “se alimentan del mismo tipo de ira que alienta las protestas antigubernamentales en otras partes del mundo: una combinación de elevado coste de vida, corrupción y represión”.

La corrupción es otro de los males de la sociedad iraní. Como los salarios son bajos, con una media de unos 300 euros al cambio, muchos, incluso los funcionarios, completan sus ingresos con sobornos. Cualquier gestión requiere un complemento si se quieren garantías de que se llevara a cabo.

Pese a las quejas del régimen sobre la injerencia extranjera, pocos dan crédito a esta versión, al menos en lo que se refiere al origen de las protestas. Es cierto que saudíes, israelíes y el presidente estadounidense, Donald Trump, han aplaudido a los iraníes que se han atrevido a plantar cara al régimen en las calles de múltiples localidades del país. Trump tuiteó a su favor en los primeros días. «El mundo está mirando», advertía a los ayatolás. En enero revisará los términos del acuerdo nuclear y, como parece previsible, decide no seguir adelante, la economía iraní se verá perjudicada.

Junto a eslóganes a favor de la monarquía, a la que algunos pedían perdón, también había jóvenes que reclamaban su derecho a deponer el régimen. La demanda desde hace años es que se celebre un referéndum y que haya elecciones libres. “Si mis padres os pusieron en el poder, yo tengo derecho hoy a no quereros”, decía el cartel de un joven.

“No hay un referente en el exterior, como ocurrió con Jomeini en 1979. El hijo del sha es una figura nostálgica que algunos invocan. Asegura que se presentaría si hubiera elecciones libres, como hizo el rey Simeón en Bulgaria. De momento no ha cometido errores”, afirma Shermohammadi.

Es difícil saber qué pasará a partir de ahora, pero los rescoldos del fuego de la frustración siguen vivos entre los iraníes. El general Mohamad Ali Jafari, a cargo de los Guardianes de la Revolución, dio por terminada “la sedición”, tras la demostración de fuerza del régimen al convocar a miles de seguidores en las calles el miércoles 3 de enero. Sin embargo, hay cada vez más gente en Irán que no tiene nada que perder y continúan los llamamientos a la huelga general.

“El poder político en Irán no cedería pacíficamente porque conocen la experiencia del sha, de Mubarak en Egipto, y de Ben Ali en Túnez. Hay potencial para la revuelta en el interior, pero no hay una oposición coherente en el exterior. Quizá, después de esta oleada, puede crearse una alternativa. Otro punto importante es que los europeos han estado bastante silenciosos por intereses comerciales y financieros”, señala Etezadosaltaneh.

Para Hassan-Yari, el  éxito de este movimiento popular depende de si los manifestantes pueden continuar arriesgándose a penas de cárcel y torturas, y de que reúnan más apoyos dentro y fuera del país. «Puede desembocar en un cambio de régimen en un futuro si a las manifestaciones se unieran maestros, y especialmente empleados del sector del petróleo y de la energía, y fueran a la huelga; si instituciones de seguridad se negaran a actuar contra los que están en las calles; y si algunas grandes potencias realmente amenazan a la República Islámica por usar la fuerza contra su población», afirma el politólogo.

Aarts también da por hecho que antes o después los iraníes volverán a las calles. “Ahora podrán acallarse las protestas pero como las causas siguen ahí, habrá nuevas manifestaciones. Rohani hace frente a una situación delicada: si se echa atrás y reinstaura algunos subsidios, la medida será bienvenida por los que han salido ahora, pero si lo hace en perjuicio de instituciones religiosas o militares, serán ellos los que se opondrán y son muy poderosos”, señala el catedrático de la Universidad de Amsterdam. A su juicio, el gobierno tratará de campear el temporal con pequeñas concesiones, pero el futuro no pinta bien, especialmente si se restauran algunas sanciones por decisión de Trump.

Ve improbable un cambio de régimen o una guerra civil. “Nadie quiere otra Siria”, concluye, si bien “a veces la Historia toma un curso sorprendente”. Efectivamente, así fue en 1979, cuando el sha Mohamad Reza Palhevi huyó del país. En agosto de 1978, la CIA se mostraba confiada en el futuro de la monarquía en Irán. “No hay una revolución en ciernes”, decía la agencia de inteligencia de EEUU. Cinco meses más tarde, el sha, enfermo aunque ni su familia lo sabía, dejó Irán y nunca regresó.