Cuando Artur Mas y Marta Pascal pactaron las condiciones bajo las que cedían todo el poder sobre la campaña electoral del 21D a Carles Puigdemont -la configuración de la candidatura, la dirección de campaña y la gestión de todos los recursos económicos- a cambio de que concurriera a los comicios para evitar un desastre electoral le pusieron una condición: si JxCat ganaba las elecciones y él no ocupaba la presidencia de la Generalitat, lo haría un miembro del PDCat. También ese pacto ha quedado en papel mojado con la elección de Quim Torra para la presidencia de la Generalitat.

De hecho, el sucesor de Muriel Casals al frente de Òmnium Cultural es uno de los pocos miembros de la lista de JxCat que podría ser aceptado por la CUP y despierta simpatías también en Esquerra. Donde menos gusta es, paradójicamente, en el PDCat, desde que en 2015 propuso forjar una lista única independentista sin partidos, en contra de la candidatura unitaria de CDC y ERC que reclamaba Artur Mas. Finalmente se impuso la voluntad de Mas, pero los herederos de CDC no lo han olvidado.

Torra despierta simpatías en la CUP y ERC, donde menos gusta, paradójicamente, es en el PDCat, el partido que debía designar al sucesor de Puigdemont

Abogado, editor y escritor, Torra se ha destacado siempre como un defensor a ultranza de la independencia de Cataluña. Pero carece de cualquier experiencia institucional o de gestión de gobierno. Militó brevemente en Reagrupament, partido surgido de una escisión de Esquerra ahora integrado en el PDCat liderado por su cuñada, Rut Carandell. Era toda su experiencia política hasta que Carles Puigdemont lo captó para su candidatura “de país”.

En 2011 Oriol Junqueras intentó “ficharlo” como cabeza de lista por Girona, pero la cúpula del partido en esta provincia lo vetó cuando ya había aceptado. Tras sustituir a Casals al frente de Òmnium durante unos meses, Raül Romeva lo repescó desde la consejería de Exteriores como director del Centro de Estudios de Temas Contemporáneos.

Sus intervenciones en estos tres meses de mínima actividad parlamentaria se han caracterizado por sus formas suaves y contenidos implacables contra el Gobierno, la justicia española y el “blioque del 155”, es decir, populares, socialistas y ciudadanos, a los que culpa directamente del encarcelamiento de los líderes del procés procesados por el Tribunal Supremo.