Hubo un tiempo en el que había más cristales tintados, pinganillos y gafas oscuras en el exterior que simpatizantes. Días en los que los escoltas eran más numerosos que quienes acudían a escuchar el último mitin casi clandestino. Fueron años en los que salir con el coche para hacer campaña, repartir propaganda por la calle o celebrar un acto público requería protección y cierta dosis de valentía. Hubo un tiempo sí, en el que el carnet de militancia política jamás salía de la cartera y en el que la sede a la que acudir cada mañana era, con suerte, un fortín blindado y seguro, y sin ella, una lotería matutina al albur de pintadas, amenazas y ataques.

Así se forjó la «referencia moral» del PP vasco que todos han enarbolado estos días. Vencedores y vencidos, los de Casado y los de Santamaría. Se alimentó de resistencia ante el acoso de ETA y de la «socialización del sufrimiento» que su entorno se encargó de propagar. Fueron los años más duros de la derecha española en Euskadi, también los de mayor crecimiento. Remar contracorriente y crecer en el sufrimiento permitió a los populares llegar incluso a liderar la oposición en Euskadi.

En 15 años el PP vasco ha tenido cinco presidentes, tres dimisiones, fracturas internas y ha perdido dos de cada tres votantes

Hoy sería imposible. De eso han pasado casi veinte años. En lo que a apoyo electoral se refiere, el PP vasco actual, el de Alfonso Alonso, al igual que el de su antecesora, Arantxa Quiroga, y el de los últimos tiempos de Antonio Basagoiti, se parece más a la débil formación política de los finales de los 80. Ahora, en la recién estrenada era Casado, la dirección de los populares vascos ha sumado su última derrota, su enésima crisis capaz de dividir una reducida estructura en el País Vasco. Gran parte de la dirección, con Alonso al frente, junto a su secretaria general Amaya Fernández o su presidente en Guipúzcoa, Borja Sémper, y otros destacados nombres de la formación en Euskadi se decantaron por la carta perdedora, por el Sorayismo.

El nuevo escenario amenaza con debilitar el peso del PP en Euskadi. Sus últimos tres lustros se escriben entre crisis, dimisiones y sobre todo, una pérdida imparable de votos. En la última década los populares vascos han vivido la dimisión de tres presidentes del partido, la pérdida de presencia en todos los  niveles de las instituciones vascas y la fuga de votantes incesante hasta certificar los peores resultados electorales de los últimos 25 años en el País Vasco.

Alonso, la última esperanza

Alfonso Alonso abandonó el Ministerio de Sanidad para hacer cumplir la directriz dada por el entonces presidente del partido, Mariano Rajoy, de reflotar el PP que la salida de Arantza Quiroga había dejado dividido y debilitado. La innegable influencia que entonces atesoraba en la estructura del partido se antojaba como un aval para lograrlo. Hacerlo además con el respaldo de todo el partido ayudaría. Por ahora no ha sido así. Ni los resultados logrados en las últimas elecciones generales ni en las autonómicas de 2016 han frenado la caída del PP vasco.

El respiro que insufla esperanza en el PP vasco de Alonso está en el Parlamento Vasco. Los populares confían en que el cambio de escenario político -relevo en la Moncloa, cambio de líder en el PP y el enfriamiento de la sintonía PNV-PP en Madrid- no suponga perder la capacidad de influencia que su reducida representación parlamentaria ha cosechado en el último año y medio. El PP de Alonso ha logrado ser determinante en el juego de mayorías en la Cámara de Vitoria en cuestiones como la política fiscal o la aprobación de los presupuestos de Urkullu.

Pero la inercia que acumula el partido es su conexión con los votantes costará reconducirla. El «referente moral» del partido ha continuado desmoronándose elección tras elección. Hoy el PP tan sólo ostenta 3 de las 251 alcaldías de los ayuntamientos vascos. Y lo que es peor, los sondeos le auguran que la sangría continuará.

A ello se suma que Alonso y parte de los suyos han perdido la apuesta que hicieron. Su apoyo a Soraya Sáenz de Santamaría no ahorró implicación. Muestra de ello fue el acto que con motivo del XXI aniversario del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco organizaron para facilitar la presencia de la candidata en Euskadi. Ermua parecía un lugar idóneo para escenificar y rebatir su cuestionada implicación con las víctimas y esgrimir el «referente moral» de los populares vascos como guía de la candidatura. La misma que días antes y en el mismo lugar había alzado la otra candidatura, la vencedora.

Alonso y gran parte de su dirección apoyó a Santamaría. La victoria de Casado debilita de modo importante la influencia de los populares vascos

La integración promovida por Casado ha permitido que, pese a todo, el PP vasco no diluya su capacidad de influencia en el nuevo organigrama. Sin duda, Javier Maroto ha sido uno de los grandes apoyos con los que ha contado el joven presidente del PP. Pero el exalcalde de Vitoria hace tiempo que dejó de tener peso en los populares vascos. Sus obligaciones son ahora de ámbito nacional. Entre los ‘sorayistas’ vascos que Casado ha incorporado también figura el europarlamentario Carlos Iturgaiz. Alonso, y Sémper, pese a su apoyo a Sáenz de Santamaría, tienen asegurada su presencia en los nuevos órganos de dirección como miembros natos que son por su condición de presidentes territorial y provincial. Quien pese a no haberse posicionado en favor de la vicepresidenta también estará en el equiopo de Casado será Raquel González, presidenta del PP en Vizcaya.

Ocurrió en las autonómicas de 2001, cuando el rechazo a ETA tras el asesinato de Blanco y el secuestro de Ortega Lara acumulaba cuatro años de apoyo social creciente al PP. En las elecciones de aquel año, con Iturgaiz de presidente, el partido alcanzó la cima de su historia en Euskadi. Los 19 escaños de la Cámara vasca –hoy tiene 9 y las encuestas le adjudican 7 en una futura convocatoria electoral- le convirtieron en la segunda fuerza tras el PNV.

Líderes de la oposición

Los 326.933 votos logrados por el PP vasco triplicaban los resultados de las autonómicas de quince años más tarde, las últimas de 2016 (107.771 votos). La llegada de Aznar al Gobierno, la ofensiva de ETA y el discurso contundente en favor de la libertad y en contra del terrorismo sumaron para sellar el lustro de mayor crecimiento del PP en Euskadi 1996-2001.

Desde entonces, la caída ha sido imparable. El PP se desangra y lo hace dejando heridas en el camino: tres dimisiones, fracturas internas y fuga de votos a PSE, PNV y la abstención. En esta última campaña por la sustitución de Rajoy ha reaparecido la que fuera sucesora de Iturgaiz al frente del PP vasco entre 2004 y 2008: María San Gil. En ella se simbolizaron muchos de los mensajes que Casado ha subrayado durante su campaña y que contribuyeron a fotografiar su reciente y fugaz reaparición.

De alguna manera, la victoria de Casado supone un regreso a las «esencias» del PP que San Gil defendió en Euskadi durante sus cuatro años como presidenta de la formación y se sintetizan en la defensa de la libertad, la lucha contra los nacionalismos y la unidad territorial.

Las dimisiones de San Gil, Quiroga y Basagoiti se produjeron por discrepancias entre la dirección nacional y vasca en el modo de hacer política en Euskadi

Fue con ella cuando el clima en el PP vasco comenzó a enrarecerse sin que lo haya dejado de hacer desde entonces. En el partido muchos no han olvidado su salida. El desgaste de San Gil se produjo cuando la llegada de Rajoy a la presidencia del PP comenzó a diluir la sombra y el mensaje heredado de Aznar.

Junto a José Manuel Soria y Alicia Sánchez Camacho, San Gil integró el equipo que debía redactar la ponencia política del congreso de 2008. No llegó a terminar su cometido, las «diferencias de criterio», fundamentalmente en lo relativo a cómo abordar la relación con las formaciones nacionalistas fueron la gota de un vaso que llevaba cuatro años llenándose. Sólo una semana más tarde, San Gil, la secretaria que vio asesinar a Gregorio Ordóñez y que lideró al partido en años difíciles, abandonaba para siempre la vida política.

Adaptarse a la política sin ETA

De Antonio Basagoiti, su sucesor, tampoco se ha vuelto a saber nada. Relevó a San Gil al frente del partido tras una buena gestión en el Ayuntamiento de Bilbao. Basagoiti no era San Gil y su discurso pronto intentó dejarlo claro. El contexto en el que le tocó ponerse al frente del PP vasco no era el mismo. La amenaza terrorista comenzaba a menguar y durante su mandato, 2008-2013, lo haría definitivamente. Apostó por reorientar el discurso más crítico con los nacionalismos y dejar atrás los mensajes basados casi en exclusiva en conceptos como la resistencia ante la violencia y la victimización ante ETA para comenzar a dar mayor presencia a otras cuestiones con las que «hacer país». Quiso marcar la iniciativa política y dejarse escuchar en todos los debates, incluidos los destinados a construir la paz y la convivencia a la que obligaba el fin de ETA.

Fueron los años más fructíferos institucionalmente para el PP. La ilegalización de la izquierda abertzale había brindado una oportunidad desconocida para los constitucionalistas en Euskadi. En 2009, en unas elecciones que ganó el PNV pero sin mayoría, la suma de los 25 escaños del PSE y los del PP facilitaron un acuerdo con el PSE para llevar a Patxi López a la lehendakaritza.

La falta de capacidad para adaptar el discurso ha provocado una fuga de apoyos al PNV y el PSE y fortalecido las opciones de Ciudadanos

El giro discursivo en el que profundizó esa legislatura no fue bien entendido en las estructuras de Madrid. Tampoco resolvió la pérdida de votos que continuó imparable. El espejismo de las elecciones generales de 2011 en las que Basagoiti logró que el PP alcanzará los 210.000 votos se diluyó un año más tarde, en las autonómicas de 2012 con un desplome hasta los 130.000 votos, el peor resultado hasta entonces en dos décadas. Fue entonces cuando Basagoiti anunció que abandonaba la política. Así fue en mayo de 2013. Se marchó a México y desde entonces no ha vuelto a dejarse ver en el partido.

El siguiente ‘mirlo blanco’ de los populares vascos se llamaba Arantxa Quiroga. Llegó ahí de la mano de Basagoiti. Había sido presidenta del Parlamento Vasco y su discurso firme le había granjeado simpatías fuera de Euskadi, en el PP nacional y en el vasco. Sus posiciones más conservadoras comenzaron como un lastre pero Quiroga se sobrepuso. De lo que no se recuperó fue de su intento por actualizar y adecuar a los tiempos el PP en Euskadi. En un nuevo tiempo sin ETA se debía reconducir el discurso. Su reinado fue breve. La presidenta guipuzcoana pronto encontró resistencias internas insalvables, fundamentalmente en el PP alavés que lideraban entonces Javier Maroto, Iñaki Oyarzabal o Alfonso Alonso. Aquel triunvirato, hoy separado, venció.

Tocar suelo, 3 alcaldías y 107.000 votos

La gota que colmó el vaso de su paciencia fue semántica. O de fondo, según se mire. En realidad, se trató de una oportunidad más que de un motivo que aprovechó el PP alavés, el sector más fuerte en el partido, que nunca vio con buenos ojos a Quiroga. Los desplantes acumulados hicieron que su iniciativa para acercar una ponencia que atrajera a EH Bildu hacia un desmarque de la violencia colmara el vaso. Quiroga consideró un paso que la izquierda abertzale aceptara un «rechazo», pero en el PP de Alonso y con el PP nacional le exigieron que la iniciativa parlamentaria del PP incluyera una «condena explícita» a ETA. Una desautorización que derivó en su dimisión el 14 de octubre de 2015.

Desde entonces, Alfonso Alonso ha intentado remontar el vuelo. Pocos meses despues de ponerse al frente del PP, sin apenas tiempo para imprimir cambio, las autonómicas de 2016 a las que concurrió como candidato a lehendakari, le recordaron que el reto sería muy complicado. En aquello comicios el PP en Euskadi cosechó el peor resultado de los últimos 25 años: 107.000 votos. Los últimos sondeos insisten en vaticinar la entrada de Ciudadanos en el Parlamento vasco.

Al menos, esta legislatura el exministro y exalcalde ha logrado rentabilizar sus nueve escaños. La fortuna y las urnas quisieron que la suma de PNV y PSE se quedara a sólo un escaño de la mayoría absoluta en Euskadi y que Rajoy dependiera de los cinco diputados en el Congreso. El PP vasco era relevante. Con el Ejecutivo de Rajoy en la oposición y el horizonte repleto de incertidumbres remontar el vuelo popular se antoja un reto complicado. Veremos.