Centenares de taxistas acampan desde el pasado viernes en el centro de Barcelona con la convicción de que la suya es la lucha de David contra Goliat. “Esto va más allá del sector del taxi” repiten muchos de los consultados. Esto va de anónimos trabajadores autónomos luchando contra las grandes multinacionales de la nueva economía colaborativa. Así, al menos, se ven ellos, que han encontrado la fuerza en una unión que se ha extendido mucho más allá de lo esperado, y no piensan dejar la batalla hasta conseguir sus objetivos: que se regule la proporción de 1/30 entre licencias de VTC y taxi y que se traspasen las competencias a los ayuntamientos. “Estamos a muerte con Colau”.

La alcaldesa de Barcelona se ha convertido en ídolo para muchos de los movilizados, que ven en la líder de los Comunes a la última defensora de las clases trabajadoras. Otros, sin embargo, reclaman que no se politice el conflicto y reconocen que ya no se fían de ningún político. Es el caso de Jordi, de Aquitaxi, que recuerda que “llevan mareándonos desde 2013” con la regulación de las licencias de transporte VTC. Instalado desde el viernes en la confluencia de Paseo de Gracia con Gran Via, comparte paro con su mujer y sus dos hijas menores, algo asustadas por las atronadoras tracas que convocan a la asamblea unos metros más abajo.

“Nosotros condenamos totalmente la violencia, somos gente normal” argumenta señalando a su familia para desmentir la imagen de los últimos días y las denuncias de Uber y Cabify, que hablan ya de un centenar de coches destrozados y varios heridos por enfrentamientos con los taxistas en huelga. Sus compañeros de Elitetaxi son más contundentes, acusan a los conductores de estas plataformas de “provocar” y auguran una “guerra de guerrillas” en el área metropolitana entre taxistas y VTC.

Guerra de guerrillas

Ese es el temor de Cami, que narra los incidentes de los últimos meses en Hospitalet de Llobregat, Cornellà o Badalona, donde se han multiplicado los casos de taxis con las lunas rotas, agresiones que atribuyen a conductores de Uber y Cabify. Solo en Hospitalet amanecieron quince taxis con los cristales rotos, certifica Luz. “En mi plaza coincidimos cuatro vecinos taxistas y hemos sufrido ataques” asegura la taxista, que no duda a la hora de señalar culpables. “Hemos denunciado a los Mossos y ahora hay más presencia policial, pero no los van a coger” se lamenta.

Durante el fin de semana, han circulado por Gran Via coches de Cabify “provocando y grabando con una cámara para buscar imágenes de violencia” aseguran, y narran el caso de un conductor de la APP que rompió su retrovisor y grabó a continuación un taxi parado en las inmediaciones para atribuirle la agresión. “Un vecino lo grabó todo, están intentado presentarnos como unos radicales” lamentan los líderes de Élitetaxi.

“La licencia me ha supuesto una inversión total de 163.000 euros” prosigue Cami, para lo que ha necesitado el aval de su padre, también taxista. “Si se reducen los ingresos y me rompen el taxi, mis padres tendrán que responder con su piso, esto es un problema social” que va mucho más allá de los modelos de negocio en el transporte público, argumenta.

Los taxistas fijan entre un 35 y un 40% la reducción de ingresos por la proliferación de conductores de Uber y Cabify.

Los taxistas fijan entre un 35 y un 40% la reducción de ingresos por la proliferación de conductores de Uber y Cabify. Y aseguran no tener nada en contra de sus trabajadores, conductores sometidos a unas condiciones de trabajo indignas, advierte Jordi: “jornadas de 12 horas por unos sueldos de 1.200 euros brutos y con contratos de falsos autónomos” para nutrir un entramado de hasta 17 empresas, según este taxista, que defiende su condición de servicio público frente a la oferta de unas empresas que juegan al dumping con el taxi.

En boca de todos, el ejemplo de San Francisco. Una ciudad en la que Uber ha conseguido expulsar prácticamente de las calles a los taxis, y ahora los clientes están sometidos al vaivén de “precios dinámicos” de la multinacional. Una primera muestra de eso se vio en Madrid con el Mad Cool, señala Jordi. “Las carreras de ida se cobraban a 24 euros, a la vuelta les llegaron a cobrar 90 por el mismo trayecto”. Es la ley de la oferta y la demanda en versión economía colaborativa.

“Estamos luchando por que se cumpla la ley” se lamenta Juan, “no es una lucha contra la competencia”. Para este taxista, movilizado desde la primera hora y dispuesto a aguantar “lo que haga falta”, Uber y Cabify “son multinacionales que pisotean al trabajador, cuando acaben con el taxi irán a por el transporte, y después a por las farmacias” con una dinámica de precarización que perjudica a trabajadores y usuarios. “Es lo mismo que pasa con AirB&B, y por su culpa me han echado de mi piso” asegura uno de sus compañeros de acampada.

Pijos de entre 25 y 35 años, que se van al Sutton y se pagan una botella de Moët, pero a la hora de pagar un taxi juntan monedas entre cuatro” así definen los taxistas a los usuarios de Uber y Cabify

Respecto su imagen ante el público afectado estos días por los paros, Juan lo tiene claro: “el cliente nos entiende a la perfección” porque ya no se nutre de los “tópicos se han creado” sobre los taxistas. Otra cosa son los usuarios de las plataformas de VTC, a los que tiene perfectamente definidos: “son pijos de entre 25 y 35 años, que se van al Sutton y se pagan una botella de Moët, pero a la hora de pagar un taxi juntan monedas entre cuatro”. “Esto va más allá del taxi” repiten unos y otros, convencidos de que la acampada amarilla y negra de Gran Via se ha convertido ya en su 15-M.