Cuando María Dolores de Cospedal llegó a la secretaría general del Partido Popular, en junio de 2008, las crónicas hablaban al unísono de una “carrera meteórica” con destino inevitable en Génova, 13. Ya era entonces presidenta del PP de Castilla-La Mancha, y antes había sustituido a Francisco Granados en la consejería de Transportes e Infraestructuras de la Comunidad de Madrid. Era un rostro “amable” que se endureció con el tiempo. Una década después Cospedal, convertida en “aparato” con mayúsculas tras liderar la fontanería diaria del partido, ha caído. Resistió a la hegemonía socialista en Castilla-La Mancha, a la irrupción de Podemos y Ciudadanos, a una dura derrota en las primarias del partido…pero no a la filtración de los audios de su reunión con el excomisario José Manuel Villarejo.

Esos cortes, en los que Cospedal se interesa por el avance de la investigación de Gürtel y encarga “trabajos puntuales” al polémico comisario, invitado a la sede del PP por su marido Ignacio López del Hierro, han acabado con la carrera de la prometedora abogada del Estado -aunque aún no ha dejado su escaño- que accedió a su puesto con 26 años tras licenciarse en Derecho por la Universidad CEU San Pablo.

Cospedal ha vivido altos y bajos muy acentuados en su aspiración de llegar a la presidencia del PP y del Gobierno. No parecía haber otra opción de futuro más que ella cuando en 2011 desalojó al PSOE del gobierno de Castilla-La Mancha, comunidad que había dominado siempre en democracia, primero con José Bono (1983-2004) y después con José María Barreda (2004-2011).

Cospedal llevó a un partido impotente contra el socialismo de José Bono a la mayoría absoluta, aunque no resistió electoralmente a la llegada de Podemos

Cospedal había heredado un PP por debajo del 39% del voto con Adolfo Suárez Illana, impotente ante el socialismo manchego, que rozaba el 60% en las elecciones. En 2007, sus primeros comicios, ya le robó 3 escaños a Barreda y creció casi un 6%. Mientras asentaba su posición en Madrid, preparaba su asalto a Toledo. Se produjo en 2011: 564.000 votos populares en un feudo que hasta entonces se equiparaba a Andalucía, y una mayoría absoluta histórica de 25 escaños. Cospedal parecía entonces una fuerza electoral de primer nivel, una más en el favorable contexto que por entonces empujaba al PP tras las dos legislaturas de José Luis Rodríguez Zapatero.

El plebiscito perdido de 2015

Sin embargo, los cuatro años de Cospedal en la presidencia fueron una carrera de obstáculos. En su afán por colocarse a la vanguardia política del PP se acomodó a la corriente de entonces y la lideró también. Castilla-La Mancha fue una de las comunidades que más se apretaron el cinturón en la ofensiva contra los efectos de la crisis, y algunas decisiones de Cospedal, como cerrar las urgencias nocturnas en algunas localidades sin gran demanda, terminaron incluso tumbadas en los tribunales. También en esta época nació su indisimulada enemistad con Luis Bárcenas, y se produjeron sus declaraciones en sede judicial por el caso de los sobresueldos y la trama Gürtel. Hacía algo más de dos años que había recibido a Villarejo en su despacho para interesarse por los detalles.

Enfrentó las elecciones autonómicas de 2015 como un plebiscito, que acabó perdiendo. Pese a que superó por poco a Emiliano García-Page, perdió 150.000 votos, nueve escaños y la mayoría absoluta, que correspondió al PSOE con la ayuda de Podemos. Ciudadanos no consiguió representación, pero captó un 8% suficiente para descabalgar a Cospedal de la presidencia. Languidecía su fuerza política, su tirón electoral y su perspectiva de futuro. Rajoy la rescató, sin embargo, para confiarle el ministerio de Defensa, que ha actuado en su trayectoria como plataforma un tanto gris.

Contemporizó los tiempos de su candidatura pendiente de Feijóo y especialmente de Soraya, su rival dentro del partido desde hace años

Cospedal ha tenido que gestionar un PP acribillado por la corrupción. Ha definido líneas y argumentarios y ha puesto la cara en intervenciones no siempre afortunadas. En su currículum queda aquello de su archienemigo Bárcenas y la “indemnización en diferido”. También ha pilotado la gradual renovación del partido hacia la promoción de perfiles como los de Pablo Casado o Andrea Levy, que en los últimos años han ganado peso en Génova.

Su candidatura a la presidencia del PP era vox populi, porque no habría otro momento más claro que ese para asaltar una aspiración de décadas. Pero contemporizó con los tiempos, pendiente de Feijóo y especialmente de Soraya Sáenz de Santamaría, con la que en los últimos meses antes de la moción llegó a escenificar en público un alejamiento incómodo, que habían mantenido soterrado durante años en el Consejo de ministros.

Cospedal movilizó a Castilla-La Mancha, donde tenía un apoyo prácticamente unánime, y consiguió penetrar en Andalucía, donde las posiciones oficiales del partido se alinearon mayoritariamente con Soraya, empezando por el presidente regional del partido, Moreno Bonilla. Con exministros fieles como Juan Ignacio Zoido, Rafael Catalá o Dolors Montserrat pretendió vencer una batalla que comenzó durante los días de la moción de censura, cuando defendió que el PP perdiera el poder y se rearmara desde la oposición, antes de pactar un gobierno interino de la que luego fue su rival en las primarias del partido.

Durante todo ese tiempo, siempre tuvo, silenciosa, la espada de Damocles sobre su cabeza. Hasta que cayó, en formato .mp3