Era día 11, debíamos haberlo recordado. Ese día del mes acumula demasiadas jornadas negras. Pero no siempre se tiene la oportunidad de pasear por unos de los mercados navideños más bonitos de Europa. Tiene decenas de casetas en torno a la Catedral, la construcción más alta de Europa en la antigüedad, iluminando de luces, colores y angelitos sus calles. Tampoco falta el vino caliente, los dulces y los balcones decorados con osos, renos y papás Noeles.

En esas estábamos unos compañeros de la prensa, entre compras y prácticas del francés, cuando faltaba poco para que el día se oscurecerá aún más. La gente, abrigada, hace frío en estas fechas en Estrasburgo, disfrutaba del ambiente. Muchos de ellos saben que la posibilidad estaba ah. De alguna manera se lo llevan recordando desde hace días cada vez que acceden al centro de la ciudad. Los controles intentan blindar desde hace días el área más concurrida de la ciudad que acoge el Parlamento Europeo. Es evidente que no lo ha conseguido. Enseñar los bolsos o intimidar con militares armados hasta los dientes caminando junto a los viandantes no ha sido suficiente.

Fue precisamente ésa la primera imagen que vimos en el aeropuerto la delegación de periodistas que viajamos desde España para cubrir el pleno que este miércoles debía votar el informe con más de 200 medidas elaborado por una comisión especial para combatir al yihadismo en la UE. Esta tarde habíamos asistido al debate previo. En él quedó patente que Europa es débil, que los problemas de descoordinación son graves y que las grietas que aprovechan los terroristas siguen siendo difíciles de tapar.

A las 18.30 horas la labor estaba hecha, la crónica enviada y quedaba el resto de la jornada para descansar respirando navidad. El tranvía E, el de color lila, el que conecta con el Parlamento Europeo, nos acerca al centro, a las luces de colores y a la fantasía. El famoso mercado navideño es bonito, algo recargado, pero digno de ver. La zona, teóricamente acordonada, está a esa hora repleta de gente, familias, dispuesta a descansar tras el trabajo y seguir preparando la Navidad. Yo quiero una bola de Navidad especial, mi hijo me lo reclamó antes de venir para ampliar su colección navideña que cuelga del árbol. Otros compañeros buscan alguna figura o probar el dichoso vino caliente. La oferta es amplia, interminable.

La gente sigue corriendo, más gente, más caras de susto. La sorpresa ya es preocupación y en cuestión de segundos, miedo

Más calles, más gente, más luces, más magia. El entorno de la imponente catedral tiene algunas de las casetas y los balcones más impresionantes. El paseo ha sido largo y nos disponemos a acudir al restaurante en el que la delegación española queríamos encontrarnos. Son las 20.10 horas aproximadamente. Dejamos atrás la catedral y dudamos hacia qué calle continuar. Google Maps nos orienta. Seguid recto…

Y recto seguimos. En ese momento vemos gente correr, alguna bicicleta a toda velocidad y caras de susto, confusión y desconcierto. “¿Qué pasa?”, preguntamos a una mujer asustada. «Un hombre, un hombre…”,  acierta a decir mientras hace el gesto de la pistola alzando el  brazo. “¿Policía?”. “¡No, no, un hombre…!”, con una pistola, nos da a entender mientras mira de reojo a su espalda. La gente sigue corriendo, más gente, más caras de susto. La sorpresa ya es preocupación y en cuestión de segundos, miedo. No vemos policía ni protección. Dudamos un instante pero la gente no para de correr. Les seguimos y nos introducimos en el primer bar que vemos.

En ese instante la hipótesis del atentado toma fuerza en nuestra cabeza, la misma que en silencio habíamos imaginado algunos sin decirlo al reservar el vuelo para viajar a la ciudad de los mercadillos navideños un 11 de diciembre.

Ahora la imagen que poco antes habíamos visto tomaba forma. Hacía apenas 10 minutos que en una vía peatonal, mientras terminábamos las compras, un policía nos había desviado. La calle estaba acordonada. A escasos 100 metros, en la calle Orfebres, un hombre era atendido por unos viandantes en el suelo, herido. “Parece un infarto o algo parecido», dijimos. Quizá no. Quizá el terrorista acababa de pasar por allí e iniciado su ruta criminal entre mercadillos, familias y magia navideña. Así debió de ser.

A escasos 100 metros, en la calle Orfebres, un hombre era atendido por unos hombres en el suelo y herido. “Parece un infarto o algo parecido», dijimos

Refugiados en el bar Jeanette, junto a la Plaza Gutenberg, desde el que escribo ahora la crónica a la espera de poder salir, los camareros aparentan normalidad. Es solo apariencia. Saben que algo va mal pero mejor no asustar. En la planta baja comienzan a tapar los cristales -poca protección, pensamos-. Aquí nos sentimos vulnerables. El susto ya se nos ha instalado en la cara y la duda de protegernos o ejercer nuestra labor como periodistas. Haremos lo que podamos desde aquí. Las puertas ya se han cerrado.

En la planta de arriba nos sorprende la música y el gentío. Cervezas y un juego que no entendemos para reconocer músicas tiene entretenidos a medio centenar de jóvenes. Siguen ajenos a lo que acaba de suceder a pocos metros de allí. Después sabríamos que el terrorista cruzó la plaza adyacente y algunas de las muchas calles que pateamos nosotros. La música sigue sonando, los responsables del local ya se han puesto en contacto con la policía. “Que no salga nadie», es la orden. Y así durante horas. Son las 23:28 y seguimos aquí. Han pasado tres horas.

La situación y la confusión se incrementa y ya no se puede hacer como si nada ocurriera. Las redes están que arden y los jóvenes ya no prestan atención al juego, sino a sus terminales. También los nuestros empiezan a echar humo y quedarse sin batería. Baja la música y el responsable informa: “Seguiremos aquí, no se puede salir, pero tenemos comida y bebida, así que tranquilos», dice. La euforia es ahora una leve risa.

Baja la música y el responsable del bar informa: “Seguiremos aquí, no se puede salir, pero tenemos comida y bebida, así que tranquilos»

El cruce de información no hace sino disparar la confusión y las preguntas sobre qué hacer, qué pasará con la agenda prevista para mañana, las entrevistas cerradas y los encuentros programados. Pero eso será mañana. Avanzada la noche parece que la normalidad empieza a aflorar, el terrorista parece localizado y se le persigue lejos de aquí. “¿Salimos?”. “Y ¿cómo vamos al hotel?”. “¿Habrá taxis, tranvía?”.

Asomamos al exterior y un policía asegura que mejor seguir dentro, que ahora no encontraremos forma de trasladarnos. Decenas de personas son dirigidas por los agentes hacia un edificio cercano: “Serán testigos», pensamos.

Y de nuevo para dentro, a esperar en el primer piso del bar Jeanette. Hasta que la policía lo permita. Es medianoche y está crónica sigue sin novedad en el primer piso de un bar de una de las ciudades más bellas en Navidad en un día 11, de otro mes oscuro, otra ciudad marcada, y otro mercado de magia maldito.