La tarde fue unitaria, tranquila y hasta festiva como una Diada en miniatura, 40.000 personas según la Guardia Urbana. Pero la mañana había sido de caos en Barcelona, y no sólo por los enfrentamientos entre los Mossos d’Esquadra y los CDR que trataban de impedir la celebración del consejo de ministros. No lo consiguieron, pero además el independentismo terminó la jornada desmotivado y enfrentado, perdido en reproches organizativos para buscar un responsable del fracaso de unas protestas que acabaron deslucidas, ineficaces y lejos de las previsiones. Ni siquiera tuvieron que intervenir los policías nacionales y los guardias civiles desplazados a Cataluña: la foto de las cargas volvió a ser de los Mossos y por tanto de Miquel Buch y, por elevación, de Quim Torra.

La jornada se había preparado con tono grandilocuente. Grupos Autónomos de Acción Rápida, Aturada de País, sabotaje de infraestructuras claves, mapas de planificación en los que Cataluña parecía más un campo de batalla que una comunidad autónoma. Y al final, poco. Ya al principio del día, en los telegrams organizativos del independentismo se detectaba la tendencia: «Somos pocos en todas partes». «De momento un fracaso, seamos sinceros», añadían otros, mientras Twitter se llenaba de comentarios con la impresión de los que se unían a las ‘columnas’ de CDR’s que debían confluir en la Llotja: «Poca gente».

En Barcelona reinó la dispersión: la ‘marcha lenta’ de la ANC fue un fracaso y el acto popular de Òmnium pareció un concierto sin sentido

En realidad, como siempre, el independentismo sacó a una cantidad relevante de gente a la calle, pero en Barcelona reinó la dispersión y la desorganización. La ANC había propuesto una «marcha lenta de vehículos» con el fin de colapsar los accesos a la ciudad que resultó ser un absoluto fracaso. La intención era impedir que los ministros pudieran llegar a la Llotja de Mar, pero el montaje fue ridículo: mientras los coches que participaron en la performance daban vueltas por Barcelona a 10 kilómetros por hora, Sánchez y su Gobierno ya estaban en el edificio o desayunando tranquilamente con la alcaldesa Ada Colau. Como efecto añadido, los manifestantes de fuera de Barcelona que pretendían llegar a la ciudad en coche tampoco podían hacerlo.

Las dos grandes organizaciones del independentismo civil volvieron a pinchar en hueso este viernes. También Òmnium, que había convocado a las 11 de la mañana un ‘Consejo Popular de Ministros’ a 400 metros de la sede del oficial. El concepto era confuso: antes de acudir, mucha gente no sabía de qué se iba a tratar. Cuando acabó, la mayoría seguían igual. Entre medias, discursos densos, referencias a los presos y música festiva. «Un conciertito», criticaban los más radicales mientras se enfrentaban a los Mossos en la Via Laietana.

«Ni se ha sido capaz de bloquear el consejo de ministros porque no éramos 300.000, ni de evitar la acción de los descerebrados/incontrolados, porque no hay una autoridad clara en el movimiento», escribía por la tarde Eduard Voltas, ex vicepresidente de Òmnium y exsecretario de Cultura del Govern de la Generalitat. Era un diagnóstico compartido por buena parte del independentismo, que ya durante la semana había criticado los intentos de los partidos de «criminalizar» a los encapuchados y «desmovilizar» a los manifestantes creando una exagerada expectativa de violencia.

La paranoia de los encapuchados

«La desmovilización que habéis provocado hoy no tiene nombre. Se os debería caer la cara de vergüenza», decía otro usuario en respuesta a la asociación de Jordi Cuixart, en cuyas menciones se acumulaban durante todo el día las críticas a su particular consejo popular de ministros. «Patético». «Me estoy pensando muy seriamente dejar de ser socio. Muy avergonzado de vuestra desmovilización». «Habéis dejado solos a los CDR en la única movilización que ha importado y ha tenido impacto». «Os estáis cubriendo de gloria». Y así, hasta el infinito.

Respuestas de usuarios a los tweets de Òmnium sobre su particular consejo de ministros popular.

Respuestas de usuarios a los tweets de Òmnium sobre su particular consejo de ministros popular.

La tensión interna entre facciones del independentismo es cada vez más recurrente. Y es la misma lógica que enfrenta a la CUP con sus teóricos compañeros de viaje de ERC y el PDeCat. Esa batalla política se traslada de forma constante a la calle, instalada en una cierta paranoia.

La llamada de los líderes políticos a «aislar» a los encapuchados se toma cada vez más al pie de la letra y durante todo el viernes fueron varios los hilos de independentistas indignados porque aseguraban haber sido expulsados de las concentraciones de Òmnium por llevar pañuelos, gorros o caretas. Esta ‘persecución’ se recrudeció tras la agresión al periodista de Intereconomía Cake Minuesa, perpetrada por encapuchados. La consecuencia última de esto acaba siendo más dispersión: los encapuchados por un lado, haciendo ruido y generando imágenes incómodas para el independentismo; y el resto por el otro, con las cámaras dándoles la espalda y cayendo en la irrelevancia mediática.

Y más desmovilización. Paula, una CDR que salió a cortar carreteras a las 4 de la mañana, no soportó los numeritos festivos del mediodía: «Me he ido de la mani triste y cabreada. Cualquier grito que no fuese ‘libertad presos políticos’ o ‘libertad’ se miraba con recelo. Cualquier actitud que no sea levantar los brazos y lanzar piropos se critica».

Para Puigdemont, los críticos son infiltrados

Muchos usuarios denunciaban también que entre los asistentes al acto de Òmnium, uno de los comentarios más escuchados era «nosotros no tenemos que hacer nada». «Nos ponen una valla y en vez de saltarla, le ponemos lazos», protestaba en Twitter un habitual influencer de los hiperventilados, mientras Sánchez y su Ejecutivo iban y venían con tranquilidad por una zona despejada.

Las críticas de parte de la base independentista, cansada desde hace meses de simbolismo y gestos, han puesto nervioso al establishment político y mediático en Cataluña. «Hoy en las manifestaciones puede ser que haya infiltrados, pero en Twitter hay más todavía. Todos presuntos indepes recién aparecidos, sin seguidores y con nombres falsos venga a decir que todo es una mierda», escribía por la mañana Vicent Partal, director de Vilaweb.

Como un resorte, el expresidente Carles Puigdemont retuiteaba el mensaje para dar pábulo a la teoría de la conspiración, mientras el mensaje de Partal se llenaba de respuestas de usuarios, con nombres, apellidos y filiación independentista a los que todo lo de este viernes les había parecido, también, «una mierda».