En Galapagar (el pueblo donde se encuentra el chalet de Pablo Iglesias e Irene Montero) Íñigo Errejón no va a perder votos por haber “engañado” al jefe de Podemos. De hecho la pareja “de los de abajo” podría haber no cosechado ni un voto más de los 3.183 votos recibidos en las generales de 2016 (PP y Ciudadanos obtuvieron casi 10.000).

En seis meses nadie les ha visto. No se pasean por el pueblo, no han ido a estrechar manos ni a tomar un vino. Cierto, la salud de sus dos mellizos ha sido la prioridad. Sin embargo, la familia Iglesias Montero es un fantasma para los 33.000 vecinos de Galapagar. “Como mucho, al pasar por La Navata (el barrio donde se encuentra el chalet de 600.000 euros de la pareja), entrando y saliendo del portal”, dice un vecino.

Una actitud que no trae votos después de meses de sobreexposición mediática para un pueblo desconocido hasta el pasado mayo. Es más, aunque el cisma en Podemos sea un terremoto político, para los ciudadanos de a pie de Galapagar, Pablo e Íñigo siguen siendo lo mismo. Diferencias entre los dos, si es que las hay, no se aprecian.

Algunos están convencidos que Errejón no se atreverá a dar un mitin al lado del chalet sus ex jefes de Podemos, cuando sea oficialmente candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid en la lista de Carmena. Una señora le aconseja más bien que “se vaya a Málaga a terminar la tesis que dejó sin acabar”.

El sentimiento de incordio es palpable. Será porque Galapagar es considerado un pueblo facha de la Sierra de Madrid, pero la única simpatía que se percibe es hacia el dispositivo de Guardia Civil que vela sobre la tranquila baja de paternidad de Pablo (interrumpida a ratos por la crisis de su partido).

Muchos están “indignados” por que los agentes de la Benemérita ve vean obligados a “hacer sus necesidades dónde y cómo puedan” porque en la zonas de chalets donde vive el líder de Podemos no hay ni un bar.