El Gobierno ha filtrado en las últimas horas que baraja el 14 de abril como fecha de un hipotético adelanto electoral. Pedro Sánchez trata de presionar así a los independentistas en la semana decisiva de cara a la tramitación de los Presupuestos Generales del Estado. La fecha evitaría coincidir con las municipales, autonómicas y europeas del 26 de mayo y despejaría la posibilidad de un súperdomingo electoral. Pero estaría cargada de simbolismo, tanto para España como, especialmente, para Cataluña.

El país volvería a vivir un 14 de abril histórico, 88 años después del que sacudió los cimientos del Estado en 1931. Aquel día Alfonso XIII condujo su flamante Duesenberg negro hasta el puerto de Cartagena, donde cogió un barco que le llevó a Marsella y por tanto al exilio. Su familia partiría al día siguiente en tren desde Madrid. Para entonces ya se habían proclamado dos Repúblicas en España. Una en Madrid y otra en Cataluña, mientras en las calles se daban vivas a la huida del Rey y las armas se ponían mansamente del lado del Comité Revolucionario.

Resistencia no hubo mucha. El monarca asumía desde las elecciones municipales del día 12 que su tiempo en el trono se había agotado. Las fuerzas republicanas habían ganado en 41 de las 50 capitales de provincia españolas y las urnas habían dado sustento a una operación que se gestaba desde un año antes. Sólo un absurdo fallo de organización propició que la intentona de Jaca de 1930 fracasara antes de nacer.

La primera tricolor se izó de forma efímera en Vigo, pero oficialmente en Eibar

Aquel tropiezo acabó con los capitanes Galán y García Hernández fusilados, y varios miembros del Comité Revolucionario exiliados en Francia. Por eso la mañana del 14 de abril de 1931, cuando el director de la Guardia Civil, el general Sanjurjo, se dirige a la vivienda donde se reúnen los principales líderes republicanos, se encuentra sólo a Niceto Alcalá-Zamora, Francisco Largo Caballero, Fernando de los Ríos, Santiago Casares Quiroga y Álvaro de Albornoz, además de Miguel Maura. “A sus órdenes, señor ministro”, le dijo a éste último, dueño de la casa. Acto seguido se hizo salir de la clandestinidad a Manuel Azaña y Alejandro Lerroux, escondidos en Madrid desde hacía meses. Desde el otro lado de la frontera se movilizaban ya los cuatro de Francia: Diego Martínez Barrio, Indalecio Prieto, Marcelino Domingo y Nicolau d’Olwer.

En aquel momento, la bandera tricolor ya se había izado en otros puntos de España. Primero en Eibar, pero después en Valencia y en muchos más lugares. En puridad, el primer ayuntamiento que izó la republicana fue el de Vigo, a la una de la madrugada, aunque fue obra de unos asaltantes y la Guardia Civil la retiró 45 minutos después. Confusión generalizada, agravada en Barcelona.

Los tres días de la República Catalana

Allí, en realidad, hubo tres proclamaciones. La primera, de Lluis Companys, pasado el mediodía. Desde el balcón del Ayuntamiento en la Plaza Sant Jaume se dirigió a una modesta concurrencia para izar la tricolor y anunciar la proclamación de la República. Una hora después, al mismo balcón se asomó Francesc Macià para matizar que lo que se proclamaba era la República de Cataluña, un Estat Català que “con toda la cordialidad procuraremos integrar en la Federación de Repúblicas Ibéricas”. El propio Macià volvió a asomarse esa misma tarde a la plaza, ahora desde el balcón de la Diputación, para asegurar que se habían hecho con el gobierno de Cataluña y que de allí no les sacarían “ni muertos”.

El Gobierno Provisional, que tomó posesión en la Puerta del Sol hacia las ocho de la tarde, se encontraba antes de nacer con un problema monumental. Lo solucionó tres días después con el viaje a Barcelona de los ministros Domingo, d’Olwer y De los Ríos, que consiguieron que Macià renunciara a la República a cambio de un Estatuto de Autonomía que reconociese la vieja institución de la Generalitat de Cataluña.

La solución fue aceptada de forma prácticamente unánime por la clase política y popular en Cataluña, hasta el punto de que Niceto Alcalá-Zamora se permitió un auténtico baño de masas en su primer viaje a Cataluña, que precedió a la aprobación de los decretos por los que se permitía el uso del catalán en la vida pública. El Gobierno había desactivado su primera bomba, y a Macià lo habían sacado del balcón, ni mucho menos muerto: terminó de diputado en Cortes antes de morir, de apendicitis, en 1933.